Échale bolas, Diosdado

Siga la historia. Este es el libro de los 15 años de chavismo. Pero de chavismo, dinero y poder. Por lo pronto, aparece en escena Diosdado Cabello


Échale bolas, Diosdado 

Comienza a encajar lo que se dice antes. Son los mismos ojos verdes. Sin embargo, no es el mismo hombre. ¿Quién se atreve a desautorizar a Chávez en público y salir sin un hueso roto? En lo que va de Era Chávez, Diosdado Cabello ha perfilado una imagen propia. Ascenso rápido para un modesto teniente que en la campaña de 1998 ocupaba un tímido lugar en el anillo de seguridad, en el anillo de colaboradores más cercano del candidato. Se ganan las elecciones y los grupos económicos mueven sus fichas para el cargo de director de Conatel, el organismo responsable de las telecomunicaciones, el sector de mayor crecimiento entre 1999 y 2003.

A Chávez le habían advertido lo atinado que sería nombrar a alguien sin intereses ni conexiones con los grupos económicos ni de las telecomunicaciones, por ejemplo, el Grupo Cisneros, dispuesto a cobrar el apoyo brindado a la candidatura en los finales de 1998. Pero muy rápido, febrero de 1999, comenzaron los rumores de que Chávez se desenganchaba de todo compromiso con Cisneros y este, en marzo 17, anunciaba que Miami sería el centro operativo de la Organización Diego Cisneros, dada la incertidumbre política que se apoderaba de Venezuela. Dos días después Chávez replicaba, lo atacaba, revelando que Cisneros le había pedido favores a los cuales él no había accedido. Se supone que la dirección de Conatel la quería para uno de los ejecutivos de confianza de la ODC.

La revelación de Chávez pasaba a ser advertencia contra uno de los grupos emblemáticos que había disfrutado del poder en gobiernos anteriores, también una manera de zanjar toda relación con Cisneros y una forma de decirle al capital privado que nada les debía, pese a que algunos de ellos –casi todos- hubieran contribuido a las finanzas de la campaña electoral. La disputa con Cisneros sería larga y tendría sus consecuencias: el choque de trenes llegaría en abril de 2002. Chávez lo señalaría de ser el cerebro detrás del golpe de Estado. (En mis libros Plomo más Plomo es Guerra. Proceso a Chávez, 2000, y El Suicidio del Poder, 2012, hay más detalles).

De modo que en este contexto, la decisión de Chávez, sorprende: el escogido para Conatel será Diosdado Cabello, todo un desconocido en el estatus empresarial, pero de máxima confianza del nuevo Presidente.

En 2004 conversé con Cabello y me reveló que Chávez, ya en calidad de presidente electo, le preguntó:

–¿Y tú dónde quieres que te ponga, Diosdado?

–Este equipo no le pide nada, presidente. Lo único es que no nos subestime.

Hay que tomar nota de los dos momentos. El “usted dice, presidente”. El  “usted decide” era de antes. Así fue en 1999. En 2012, canta el gallo en la mañana: un momento, aquí estoy yo. El Parlamento es mi puesto de combate. No todo está dicho. Falta mi palabra.

Aquella primera respuesta le gusta a Chávez. Va en la dirección esperada. Y tal vez para poner a rabiar a unos y a otros, lo hace a propósito. Le entrega Conatel. En esta segunda, Chávez lo admite: el PSUV tomó otra decisión. Para explicarla hay que hacer memoria y recordar que en la Comisión Nacional de Telecomunicaciones se luce como gerente, «buen técnico», reconocerá el comandante Jesús Urdaneta Hernández, primer jefe de la Disip, la policía política; se lo dice en un libro-entrevista a Agustín Blanco Muñoz.

Artífice de la nueva Ley de Telecomunicaciones, Cabello obtiene el reconocimiento de los empresarios del sector, tanto nacionales como internacionales. Si una gestión hizo la diferencia en los dos primeros años del gobierno chavista, es la de Cabello. Él asume la cruzada de convencer a compañeros de partido. Va al Parlamento y derriba los muros. En memorable sesión de 1999, invita a los altos ejecutivos de las distintas operadoras, a quienes va presentando, uno a uno, ante los ojos de los diputados. Introduce cada nombre y a su vez la operadora, la empresa para la cual labora, destacando que aquellos ejecutivos, en «campaña admirable» digna de reconocer, habían logrado que sin marco legal, las multinacionales arriesgaran grandes sumas de dinero en el país. Luego los empresarios le endosan todo el logro de que Chávez firme y ponga el ejecútese a la Ley.

Imposible no volver la mirada a 2012 y comparar. Luce remoto 1999, y remota la victoria por la Ley. Él mismo contará en privado cómo perseguía al presidente, cómo le montaba guardia en el Palacio de Miraflores, cómo lo acompañaba en los vuelos de avión, cómo le explicaba los detalles, las ventajas y los beneficios del instrumento, hasta que un día, después de tanto tira y encoge, Chávez firma y hay Ley. A partir de allí viene el despegue de la telefonía celular. Se habla de un marco legal moderno, de avanzada, sin referencias en América Latina. A partir de allí se abre un período de grandes inversiones con la entrada de Bell South y Global Crossing de Estados Unidos, TIM de Italia y Telefónica de España, entre otras. El entonces embajador de los Estados Unidos, John Maisto, confesaba que el gobierno de Chávez sería otro si contara con varios Diosdado en el gabinete.

Por supuesto, había otros que dentro y fuera del Gobierno pensaban distinto. La diferencia pasaba a convertirse en intriga. Todavía en agosto de 2004, Cabello me recordaba el caso específico del ministro de Trabajo, Leopoldo Puchi, jefe del MAS, partido aliado en el Polo Patriótico, la alianza con la que Chávez gana en 1998. Cabello supo que Puchi le había  advertido a Chávez que «yo era neoliberal y que la Ley era muy abierta». Era la época en que el MAS pugnaba por ganar influencia en el gobierno, sin prever que los jóvenes militares medían, centímetro a centímetro, el terreno que pisaban, y desde el primer momento habían decretado la confrontación, la disputa silenciosa con los partidos que habían usufructuado el poder en el pasado, tal era el caso del MAS, la tercera pata de la democracia representativa diseñada por AD y Copei. Los jóvenes militares ya tenían listo el plan. ¿Y para qué se habían alzado, pues? ¿Para qué arriesgado la carrera y hasta la estabilidad familiar? Luego, en 2002, el camino les lucía más despejado. Había ocurrido la pugna y purga de los comandantes jefes de la intentona de 1992, Jesús Urdaneta Hernández, Yoel Acosta Chirinos y Francisco Arias Cárdenas. Ya se habían ido Miquilena y su grupo. ¿Y el MAS? El MAS estaba a punto de dividirse. Diosdado parecía perfilarse como uno de los jefes de la nueva camada del poder.

–Ese fue un comentario informal que le hice a Chávez y Diosdado nunca me lo perdonó –me apuntó el exministro Puchi, al cabo de tantos años de aquellos eventos.

–Puchi era más chavista que Chávez –indicaba, por su parte, Cabello.

A él, no le han quedado dudas del verdadero fondo del asunto. Se desprende de esta apreciación:

 –El cargo en Conatel lo quería todo el mundo. Hasta Luis Miquilena trajo a su hijo de Colombia, confiado en su nombramiento.

     Un hombre de perfil múltiple sale a relucir en ese período. El implacable Diosdado que no perdona a Puchi y se cuadra, también de manera implacable, del lado de Chávez cuando comiencen las purgas en el chavismo. Pero también se construye la imagen del Diosdado gerente, del Diosdado amplio, del diálogo, negociador, del Diosdado de las excelentes relaciones con los empresarios. Es más, pasa a convertirse en el enlace necesario entre el Palacio de Miraflores y el capital privado, y eso explica que sea suya la responsabilidad de organizar el encuentro de empresarios con Chávez, en los días de diciembre de 2001, el tiempo en que Pedro Carmona Estanga levantaba las banderas del primer paro empresarial desde la trinchera de Fedecámaras, el cual desembocaría el 11 de abril de 2002.

Previamente, cuando en el año 2000 se anuncia que el presidente lo quiere más cerca de él, designándolo ministro de la Secretaría de la Presidencia, hay quienes aplauden y celebran, rindiéndole sonora despedida, confiados en que estando más cerca de Chávez habrá más celeridad en el gobierno en materia económica, en materia de las relaciones con los empresarios. Resultó lo contrario. Diosdado Cabello cambió. Se transformó. ¿Se contagió del chavismo de Chávez? Nadie le pedía que no defendiera al gobierno, pero de ahí a verlo organizando los temibles círculos bolivarianos y agitando masas en la calle, hay buen trecho. Y de ahí a verlo, nueve años más tarde –2009– encabezando la operación contra Globovisión y los circuitos radiales, amenazante, insultante, al peor estilo del Hugo Chávez de galería, era todo un descubrimiento. Nada que ver con el Diosdado modesto, todo oído a propuestas e ideas en Conatel. El de 2009 era un hombre nuevo, que cerraba 34 emisoras de un solo plumazo y, además, apuntaba que el espectro radioléctrico no podía ser manejado por empresarios vinculados a la oposición.

¿Qué buscaba? ¿Qué pretendía? ¿Ganar puntos con Chávez? ¿Despejar dudas en el PSUV? ¿Convencer a los camaradas de que estaba hecho para grandes decisiones y posiciones? ¿Lo logrará solo hasta el 2102? ¿Lo había alcanzado en 2013? ¿Era la presidencia de la Asamblea Nacional el punto culminante? ¿Había alcanzado la cúspide? ¿O soñaba con la Presidencia? ¿Se creía el sucesor? ¿Sabía o al menos sospechaba que la enfermedad de Chávez era más grave de lo que este aparentaba?

El de 2009 ya era un hombre transformado por el poder, convertido en el poder, conduciendo el Ministerio de Obras Públicas, y teniendo otra vez bajo su mando a Conatel y, servido de este instrumento, era que revisaba las concesiones radiales, iba a la Asamblea Nacional a detallar el nuevo mapa radial que acabaría con lo que llamaba «el latifundio mediático» de los propietarios, de los oligarcas, de los enemigos de la revolución. Las cámaras de televisión que captaron el discurso de una mañana de principios de julio de 2009, mostraron también algo más, al Diosdado que al descender de la tribuna de oradores era rodeado, adulado, manoseado, buscado, necesitado, urgido, por las manos, los ojos, las frentes, las bocas, las piernas, los estómagos, los bolsillos de los parlamentarios del chavismo, reconociendo, en su figura, la encarnación del segundo hombre de la revolución. Pero allí no estaba Chávez. Y por ello es que la imagen de enero de 2012 es clave.

Si todavía en agosto de 2004 –cuando recordaba la anécdota de Puchi– conservaba intacto el fondo y el espíritu de la Ley de Telecomunicaciones que promovió, en cambio, en julio de 2009, imbuido y envuelto en la pompa del poder, atizando la piara contra los propietarios de Globovisión y los circuitos radiales, era otro su parecer, pues sorpresivamente confesaba, sin teatro, aunque con estruendo, que aquella Ley, que esa Ley, la Ley Diosdado, había sido un error.  O sea, tuvo que esperar diez años para darle la razón a Puchi.

Otra vez: ¿a cuenta de qué el cambio? ¿Para complacer a Chávez? ¿Para que nadie dudara de su compromiso revolucionario? ¿Ponerle punto final a las especulaciones en torno a él y su compromiso con Chávez?

 Urdaneta Hernández le dice a Blanco Muñoz en el libro Habla Jesús Urdaneta Hernández, que después de hacerlo bien en Conatel en 1999, Chávez lo coloca en un cargo político, secretario privado, a «defender lo indefendible».

–En una oportunidad –explica Urdaneta Hernández– refiriéndose al cardenal, oí a Diosdado Cabello decir: bueno, cuando yo vea que los curas no anden en esos carros lujosos. Entonces le dije: ¡Pero por Dios! ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Se puso a atacar a la jerarquía eclesiástica de este país porque tenían carros lujosos. Allí está poniendo la torta este muchacho. Allí lo está moliendo Chávez, porque está agarrando a todos estos muchachos buenos para meterlos en esos cargos políticos y empiezan a defender lo que no se puede defender.

El comandante Urdaneta Hernández hace referencia a los comienzos del gobierno, a los comienzos románticos de la revolución, cuando los altos funcionarios no se desplazaban en aviones de lujo, ni en carros de lujo, ni ganaban elevados sueldos, ni engordaban, ni se inflaban y veían el dinero como la peste que corrompe. Y también, refiere a aquellos que no estaban ganados para un proyecto de inspiración castrista. Querían el poder. Querían desplazar a AD y Copei del poder. Soñaban con construir otro país. Pero en el camino, algunos se fueron montando en la estrategia de Chávez. Hubo quienes se convencieron del camino. Hubo quienes asumieron el chavismo. Se lo aprendieron de memoria como se aprendían de memoria las lecciones que Chávez y sus asesores impartían en la residencia presidencial sobre los puntos a debatir en las próximas horas en la Asamblea Constituyente de 1999. Hubo quienes por puro pragmatismo se quedaron del lado de los vencedores. Hubo quienes se movieron por puro interés crematístico. ¿Dónde se ubicaba Diosdado Cabello?

Del cambio experimentado de Conatel al Ministerio de la Secretaría, él ofrece su propia versión:

–El primero era un cargo técnico. El segundo, un cargo político.

Lo que quiere decir es que cuando le correspondió ser gerente, asumió con responsabilidad el rol; y cuando le tocó ser político, actuó en consecuencia.

–De lo contrario no estuviera al lado de Chávez –me dijo.

Lo cual es una manera de reconocer que había superado la prueba. Y la versión más cercana que ha sido posible encajar es la de un Chávez explicándole a las fichas claves del gobierno –por supuesto también a Diosdado- que ellos no llegaron para ser gerentes sino para tomar el poder, para desplazar a los otros del poder, y que antes que autopistas o leyes neoliberales, la garantía del poder estribaba en la atención al pueblo, en ganarse al pueblo, y ello no tenía otra traducción que distribuir la renta, capturar y distribuir la renta petrolera, e incorporar ese pueblo a las decisiones, a la militancia partidista, a los organismos de poder que se irían creando, en primer lugar los círculos bolivarianos, después los consejos comunales, luego las comunas, los colectivos, los frentes de acción y las unidades de batalla para la lucha electoral, entre otras.

 En cuanto a Diosdado, fueron ocho meses en el Palacio de Miraflores. Casi un año de transfusión de sangre, transfusión política, resistiendo, reconoce, las tentaciones, resistiendo sin caer en los errores de un Yoel Acosta Chirinos o un Francisco Arias Cárdenas. Porque las tentaciones eran de este tenor, según me apuntó en la conversación:

–El gobernador de Bolívar, Antonio Rojas Suárez, llegó a insinuarme que yo era el hombre idóneo para dirigir la transición.

Rojas Suárez hoy es un desterrado del chavismo. En las elecciones regionales de 2008 era el candidato de un sector de la oposición para la gobernación de Bolívar, en donde ya había sido derrotado cuatro años antes. Fue el abanderado de Primero Justicia, partido con el que Diosdado Cabello se ha negado a establecer puentes de ninguna especie. O, mejor dicho, le ha declarado guerra abierta, al partido y a sus dirigentes, Julio Borges, Henrique Capriles Radonski, Richard Mardo y Juan Carlos Caldera.

Por el papel cumplido en el Ministerio de la Secretaría es que después pasa a ocupar la vicepresidencia ejecutiva. Me reveló que al fragor de una reunión, Chávez le pasó un papelito en el que leyó:

–Te voy a designar vice. ¡Échale bolas!

Ingeniero electrónico, antes de que Chávez lo designara en Conatel, Urdaneta Hernández lo quería en la Disip al considerarlo, según confiesa a Blanco Muñoz, «un teniente que yo respeté mucho», por callado, discreto, «bien preparado e inteligente en su área».

Por su parte, el comandante Luis Pineda Castellanos, quien era el jefe de seguridad de Chávez en la campaña de 1998, lo describe en el libro Así paga el Diablo a quien bien le sirve como «uno de los oficiales con más alto coeficiente… en la Academia Militar de Venezuela». Solo el dictador Marcos Pérez Jiménez supera sus notas. Y Diosdado admite que el rendimiento –98 sobre 100 puntos– hizo posible que continuara estudios de ingeniería electrónica en el Instituto Universitario Politécnico de la Fuerza Armada, Iupfan, donde, por cierto, en 1981 conoce a Marleny Contreras, quien estudiaba y se gradúa en 1985, de ingeniero civil. Al récord académico se le suman reconocimientos en Argentina y Brasil. El matrimonio se celebrará en 1989, el año del Caracazo. Del enlace, nacen  tres hijos.

Si sus amigos de ayer y enemigos o adversarios de hoy reconocen sus méritos, cómo explican qué le pasó a Diosdado Cabello.

–Se ha visto al descubierto –dice Urdaneta Hernández en el libro–. Defiende a Chávez y no ideas.

¿Y en 2013, qué defiende? ¿Al chavismo sin Chávez? ¿La supervivencia de un proyecto? ¿Su proyecto personal? “Diosdado es Diosdado, ese es su proyecto”, apunta el diputado Ismael García, antiguo aliado del chavismo que terminó, en 2014, recalando en las filas de Primero Justicia.

Irreconocible, apuntan la mayoría de los empresarios que lo conocieron y lo trataron. ¿Se emborrachó de poder?, se preguntan aún algunos. ¿Era el subalterno que obedecía sin chistar al comandante-presidente? ¿O acaso es el hombre de alto coeficiente que mide su tiempo, calcula su tiempo, y espera su momento? ¿Por qué afirmaban otros que era el sucesor natural de Hugo Chávez? ¿Por qué lo siguen observando como el poder detrás del trono? ¿O el que iba a sacar a Chávez, inclusive?

De modo que hay que volver a 2012. Es presidente de la Asamblea Nacional. El segundo cargo más importante del país. Un puesto de primer orden en el cuadro que se avecina. Pues, por la época de la imagen ya se abunda en especies especulativas. La enfermedad de Chávez obliga a ocupar cargos estratégicos si se quiere estar adentro en el momento crucial de la sucesión. (Y eso que aún el cáncer no ha empeorado, que ello ocurrirá dos meses más tarde.) Que Adán Chávez se abroga la sucesión solo por ser el hermano mayor. Que también Elías Jaua, el vicepresidente ejecutivo de turno, porque se siente intérprete de la corriente radical. Que el canciller Nicolás Maduro no se queda atrás, pues así lo han decidido en La Habana. Que el presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, no dice nada aunque tampoco se pone al margen, visto que es él quien «produce» las divisas del petróleo, lo único que ingresa a este país. Pero Diosdado ha pujado en la Asamblea y ha ganado. Se confirma la versión de la fracción propia. De que por lo menos la mitad de los diputados rojos responden a su línea.

Esta historia continúa…