La clave de los modelos para vivir mejor

Por Gustavo Sánchez Guerrero.- (Madrid). La gestión pública es fundamental para que los ciudadanos sientan lo que es de verdad un estado de bienestar.


Por Gustavo Sánchez Guerrero.- (Madrid). Vieja interrogante desde el surgimiento de la humanidad misma que  adquiere preeminencia a partir de la sociedad moderna, cuando el mundo de las relaciones cercanas comienza a separarse para dar paso a los intercambios económicos que adoptan la forma de mercados y el Estado asume un mayor poder político capaz de incidir de una u otra manera en el comportamiento de los primeros y en el bienestar de sus ciudadanos. En ese sentido, la humanidad a lo largo del tiempo se ha dado  distintas formas de organización económica, así, por ejemplo, el Mercantilismo conduce a Europa entre los siglos XVI y XVII que no es otra cosa que el fomento de la agricultura y la manufactura a fin de acrecentar las exportaciones y restringir las importaciones, preconizando el proteccionismo que ejerce el Estado y la acumulación de metales preciosos como signo de riqueza de una nación; más adelante, la Fisiocracia, fundada en el año 1758, como reacción al mercantilismo, le  atribuye el origen de la riqueza a la propiedad de la tierra y  subordina la industria a la agricultura. Más adelante la Revolución Agrícola que da paso a la primera Revolución Industrial en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII que es consecuencia de los cambios que se producen en las estructuras agrarias y demográficas de ese país marcando el inicio hasta nuestros días de las sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas de  de la mano del capitalismo.

En tiempos más contemporáneos la confrontación se centró entre la libertad y el totalitarismo que emergió en Europa a lo largo de la primera mitad del siglo XX en sus tres versiones: el comunismo, el nazismo y el fascismo, el  primero instalado por primera vez en la Rusia zarista en 1917 que años más tarde dio paso a la Unión Soviética que se derrumba en 1986 conjuntamente con los regímenes que él impone en Europa Oriental. El colapso del llamado socialismo real es consecuencia de que solo engendró miseria, opresión y muerte al interior de sus respectivas poblaciones a excepción de la elite dirigente que conducía la llamada dictadura del proletariado, amén de la elite militar que le sostenía; así pues, son sociedades que asumen sin complejo el capitalismo como base para recuperar el tiempo perdido, para crecer en lo económico y progresar en lo social, todo ello de la mano de la democracia y la libertad.

Pero  no es menos cierto que en otras latitudes la deriva totalitaria se ha hecho presente y revive en muchos países del llamado Tercer Mundo teniendo como denominador común la aversión a rendir cuentas en el marco del estado de Derecho, el irrespeto a los derechos humanos que protegen a las minorías y el rechazo al debate público libre y constante, así, muchos países latinoamericanos se vuelven a enfrentar al dilema:  neo totalitarismo o libertad, y, en ese sentido, es necesario terciar a favor de todas aquellas fuerzas políticas y sociales que impulsan y suscriben con fuerza los valores occidentales, la democracia y el respeto a  los derechos fundamentales del ser humano.

La gestión pública es clave para que la ciudadanía sienta y disfrute el  Estado de Bienestar, entendido como la intervención que el Estado realiza  a fin de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. En ese sentido, la calidad de la intervención pública marca su eficacia y su eficiencia, que, a su vez, está asentada en la existencia de más o menos Estado de Derecho, que según mediciones internacionales, representa el 57% del capital de un país. En general, la  gestión pública latinoamericana, excepciones hay, se caracteriza por el despilfarro y la precaria asistencia a los llamados sectores populares y, en muchos casos, se ha establecido desde el Gobierno una suerte de Beneficencia Pública que persigue dotarse electoralmente de una clientela que le permita mantenerse en el poder sin que ello se traduzca en una mejora estructural del Estado de Bienestar.

Por el contrario, vemos por ejemplo que el país paradigma del Estado de Bienestar, Suecia, mejora cada día mas la productividad de los servicios públicos y de la función pública distinguiendo radicalmente entre qué garantiza el Estado a los ciudadanos (educación, sanidad) y quién gestiona estas garantías y, por supuesto, el partidismo y la clientela brillan por su ausencia. En efecto, la última reforma del Estado de Bienestar que acometieron consecuencia de la crisis económica mundial se tradujo en un Estado  renovado que combina una gran moderación fiscal  y una amplia apertura a la cooperación público-privada y la competencia.