El hombre del disimulo

Por Redacción.-En este capítulo, se destapan las opciones. María Corina Machado se enfrenta a Hugo Chávez. Diosdado Cabello le da un consejo a la diputada que luego él no sigue. Los tiempos cambian.


El hombre del disimulo

 Es Diosdado Cabello un diputado nuevo. Lleva apenas un año en el ejercicio parlamentario y comenzando 2011, en su primera intervención en la Asamblea Nacional, le ha ganado un debate a uno de los jefes de la oposición, Julio Borges. Hacerlo le valió el reconocimiento de Chávez, del Chávez aún sin cáncer: Tronco de diputado, le dijo en cadena nacional de radio y televisión, y enseguida lo llamó a compartir otra vez la mesa de las decisiones, de donde Diosdado había sido excluido por meses.

Bregó en 2011 una nueva Ley, la de inquilinato, la cual, tras ser  aprobada la anuncia como la primera en ser debatida y discutida ampliamente por el pueblo y los sectores involucrados. La expresión resulta de lo más particular, toda vez que al término de su ejercicio, la anterior Asamblea completamente chavista –antes de que la oposición ganara 65 diputados– en un acto a todas luces inconstitucional, le había entregado a Chávez la potestad de legislar en una Ley Habilitante sin vencimiento y sin límites. Si Diosdado dijo lo que dijo, intencionalmente, a propósito o no, el mensaje no podía ser ignorado por los buenos entendedores: mientras Chávez hace leyes por decreto, Diosdado las hace con el pueblo, en el recinto del pueblo.

En esta sesión especial en la que Chávez entrega su Memoria y Cuenta de 2012, habla por espacio de ocho horas. Es un Chávez de nuevo en facultades. Es lo que parece. Que discute y se somete, de manera inédita, al debate, al cuestionamiento de varios diputados de la oposición. Hay dimes y diretes. Escoge este escenario con el fin de demostrarle a aliados y adversarios que va en vías de recuperarse. A los chavistas se les sube la moral. Pa’lante, comandante, no dejan de vocear en las calles, en la tribuna. Hay quienes en la oposición sienten un baño de agua fría aunque circulan «partes» médicos de que el pronóstico del presidente no es el mejor, en verdad. 

Para la ocasión, Diosdado Cabello se apareció nuevamente rodeado en familia, con parte de la familia. Lo había hecho en la sesión del día anterior al tomar juramento como presidente del Parlamento. Foto en familia: como los estadistas que piensan a largo plazo. Para esta otra jornada con Chávez, a la esposa, Marleny, como es diputada, le correspondía estar allí, claro está. Sin embargo, en esta sesión de doble juego, por el estreno de él en calidad de diputado presidente y por la comparecencia de Chávez, se hizo acompañar de su hijo menor. En uno de esos largos paréntesis en los que parece que disgrega desviándose del discurso presidencial, Chávez menciona a Diosdado y a la esposa; y también ubica al hijo en el palco, a quien llama el «cabezón», y este, el chico, por poco salta al vacío, dada la emoción que lo abriga. Saluda, sonríe, le brillan los ojos. La verdad es que no cabe en sí. Y tal reacción del muchacho demuestra lo que la familia Cabello Contreras, los esposos, los tres hijos, sienten por Chávez. Admiración. Respeto. Admiración hasta el embeleso. Hasta la entrega. No hay duda. No obstante, esta es una cosa y la otra es la realidad política. El chico expresa la incondicionalidad de su cariño hacia el único líder que ha visto ejerciendo la Presidencia. Le han enseñado a amar y respetar a Chávez.

La incondicionalidad de Diosdado es de otra especie. Su prioridad, la de este tiempo, demostrarle a Chávez que no es un traidor. Que no es el hombre que lo va a traicionar. Esto puede ser. ¿Por qué no? Al mismo tiempo, tal línea de acción no contradice el hecho de tener proyecto político propio. ¡Y Diosdado lo tiene! Ante Rómulo Betancourt, lo tuvo Carlos Andrés Pérez. ¿Y acaso puede ser catalogado de traidor? De modo que la alegría sincera del muchacho, la sonrisa de la madre abajo, en la galería de los diputados, y la euforia de Diosdado en la silla directiva, conforman una misma expresión. Solo que estar arriba, a la espalda de Chávez, en el ojo del huracán, también responde a otra realidad. El juego del  poder. Y el poder entraña su propia dinámica.

Al cabo de ese año, cuando Chávez viaje a Cuba y deje encargado a Nicolás Maduro del mando, y lo unja como sucesor, la máquina de la dinámica se pone en marcha, o mejor dicho, acelera la marcha. Diosdado, ¿quién lo duda?, es el hombre del timón. El hombre fuerte. El que golpea. Pega. Reta. Es quien se abre espacio a empellones, como un tanquecito de guerra que derriba los obstáculos de la barricada. Y la impresión que se obtiene es que logra imponerse, no lo han dejado fuera; y de cara a los chavistas y a los opositores la lectura es clara: Maduro es el escogido, pero el poder lo tiene Diosdado Cabello. Así lo hará notar, en 2013 y en 2014. El mismo Maduro reconoce, en acto público, que Cabello es un duro, es el duro, un chavista consecuente de los duros.

Aquella sesión de enero de 2012 resultó especial. No solo porque mostraba a Chávez y a Diosdado como primero y segundo, ya de manera oficial, sino por dos detalles adicionales. Uno, que la diputada María Corina Machado –a la sazón precandidata a las elecciones primarias de la oposición– interrumpe el discurso del mandatario apuntándole que a la política de expropiaciones del gobierno le cabe la expresión «robo», simplemente robo, antes que otra cosa. Expropiar es robar, acuña la parlamentaria.

El presidente intenta darle vuelta a la observación, asumiéndola como un insulto hacia su persona. Me has llamado ladrón, acota Chávez, incómodo, desacomodado ante la diputada, que antes, en el pasillo, le ha dado un tirón a la mano extendida en saludo del Chávez todopoderoso y le ha dicho, cara a cara: Presidente, prepárese para entregarle el mandato a una mujer. Chávez asimila el reto, pues ante este reto luce cómodo, ya que, previo, para enfrentarse a él, la diputada está obligada a ganar la nominación opositora. Chávez se lo hace saber. Hay ironía en las palabras.

En cambio, lo que no logra asimilar es la frase, expropiar es robar. Por unos segundos, por minutos, Chávez ha perdido la concentración. Baja la cabeza, se le desarregla el rostro, mira las hojas, las notas, le responde a la diputada sin atacarla, sin insultarla; serán otros diputados y diputadas los encargados de hacerlo. Él recurre a una vieja historia de cómo en sus tiempos de militar subalterno había conocido y tratado a la madre de la parlamentaria en el Palacio de Miraflores. Pretende bajarle el tono a la diputada. Tocarle alguna fibra sensible. Ella se mantiene firme. La mirada fija en el Chávez ubicado en lo alto, en la tribuna de oradores. El rostro imperturbable de la diputada Machado remite al apellido que en su haber acumula empresarios, industriales, emprendedores, banqueros y hasta un dirigente comunista, no uno cualquiera, sino Gustavo Machado, fundador del Partido Comunista de Venezuela, amigo de Sandino, baluarte por la democracia, firme luchador contra las dictaduras militares. Por la línea materna, desciende de Eduardo Blanco, novelista y edecán de José Antonio Páez. Los Machado en todas sus expresiones, Machado Zuloaga, Machado Koeneke, Machado Parisca, y sus empresas, Sivensa, Sidetur, han sido objeto de las políticas gubernamentales, afectados por el control de cambio, por las expropiaciones, por la alianza del gobierno con multinacionales –que es el caso de AES Corporation–, que terminó en la OPA contra La Electricidad de Caracas, la empresa emblema del capitalismo venezolano, ahora en manos del Estado. La misma María Corina Machado no ha tenido reposo desde su llegada a la Asamblea Nacional, insultada, vejada, agredida por diputadas y diputados, y por militantes del chavismo, tanto en el hemiciclo como en la calle; ha sido espiada, grabada. Lo último es que  a finales de marzo de 2014,  en sesión récord, por iniciativa de Cabello, la desafueran y la apartan de la Asamblea, señalada de golpista, de auspiciar la violencia en las calles contra el gobierno y de estar involucrada en un plan magnicida contra Maduro.

El detalle siguiente es consecuencia de lo que la diputada le ha dicho a Chávez. Y aquí se involucra Diosdado. Pues al término de la sesión, le apunta a la diputada esta sentencia, especie de llamado a capítulo: «En política hay que saber abrir la boca». Es textual la frase. Es historia. Por lo cual retrocedo la historia, directo, a Juan Vicente Gómez. A Gómez ante el incontinente e irritante Cipriano Castro. Gómez callaba. Gómez no abría la boca. Gómez no contradecía al caudillo, su compadre, el presidente. Gómez ni siquiera habló cuando se alzó con el poder. Le alzaron la mano y quienes lo secundaban gritaron: viva Gómez. Y ahí comenzó el poder gomecista, que duró veintiséis años.

¿Qué dejó entrever Diosdado? ¿Es mejor el disimulo? Quiso decir que en boca cerrada no entran moscas. Y a lo mejor quiso confirmar la especie de sus adversarios de que en torno a él lo que se ha puesto en marcha es una gran maquinaria del disimulo para hacerse del poder. Mejor el disimulo. Porque el general Raúl Baduel habló y acabó en la cárcel. Y el general Luis Felipe Acosta Carles habló, y también terminó fuera de la gobernación, y señalado de estar vinculado al narcotráfico, en particular al clan Makled. Y el gobernador Eduardo Manuitt, que se fue del país, también habló; y el magistrado Luis Velásquez Alvaray, habló y tuvo que exiliarse. La lengua es castigo del cuerpo. Eso dicen. Que se lo pregunten al capitán José Vielma Mora, quien habló porque se creyó imprescindible y fue botado del gobierno. ¿Y qué pasó con el boliburgués Ricardo Fernández Barrueco? Habló. Se creía poderoso. La consecuencia es que perdió el grupo económico y lo metieron preso y solo a la muerte de Chávez se obró el milagro de la libertad. ¿Y qué le ocurrió al gobernador José Gregorio «Gato» Briceño? Habló y lo execraron del PSUV y también tuvo que salir huyendo.

Hay una constante. Chávez no castigaba a los suyos por cometer errores, por gobernar mal, por desaguisados ni guisados, sino por cogerlos en actos de deslealtad, como el hablar más de la cuenta. Diosdado lo sabe. ¿De allí la advertencia a la diputada Machado? De paso, es él quien se declara más chavista que Chávez, y más leal que todos. Que lo pongan a prueba. ¿De qué se trata esto? ¿De convencer? ¿A quién? ¿A quiénes? En su rostro, se refleja  la arrogancia del poder. Pero su verbo, repite, hasta el cansancio, su amor incondicional por el comandante-presidente. Y cuando Chávez designa a Maduro como el indicado a ser elegido presidente por el pueblo chavista en caso de que él no pueda regresar de La Habana adonde se dirige para otra intervención quirúrgica –la decisiva–, Cabello está allí, sin chistar, obediente, como obedecen los soldados, aunque le debe haber dolido que para siempre y por siempre se dirá –cuando Chávez se haya ido– que el escogido por el líder no fue él, sino el otro.

Sin embargo, téngase en cuenta: obedecer no significa necesariamente aceptar si se tiene proyecto propio. Además, en el chavismo, la traición y la mentira parecen estar a la orden de día. En esta historia corta en tiempo, abundan los casos. Ya en 2014, Cabello sería otro personaje. No disimulaba. Era el hombre del aparato partidista. Era el hombre que controlaba la Asamblea Nacional. Y era también el “nuevo hombre” que dirigía un programa de televisión, Con el Mazo Dando, en el que no se guardaba palabras para la confrontación. El consejo a María Corina Machado, había quedado bien atrás.