Metiendo miedo

Por Redacción.- Debut y pegada del diputado Cabello. Llegaba nuevo a la Asamblea Nacional y ya de entrada golpeaba a sus enemigos directos de Primero Justicia. Otra vez Chávez lo llama a la mesa de los escogidos.


En septiembre de 2010 había alcanzado la diputación por Monagas. Ganar la curul se transformó en un reto múltiple. Uno, recuperarse de la derrota sufrida en la gobernación de Miranda ante Henrique Capriles Radonski. Dos, competir en su estado natal, donde el liderazgo era más del gobernador José Gregorio «Gato» Briceño, uno de sus rivales, uno de sus detractores en las filas del PSUV. Al Gato lo purga en 2012. Tres, convencer a Chávez de que estaba para obedecer y seguirlo. Cuatro, convencer a los chavistas de su capacidad organizativa.

En la apertura de las sesiones en 2011, apareció en el hemiciclo como un diputado más. Cilia Flores –compañera sentimental, hoy esposa, del entonces canciller, Nicolás Maduro– asumía como jefe de la fracción oficialista. Y Fernando Soto Rojas –viejo exguerrillero– la presidencia de la Asamblea, en tanto que Aristóbulo Istúriz y Blanca Eekhout las vicepresidencias. Diosdado Cabello buscó puesto atrás. Fuera del epicentro de la representación roja. Discreto lugar para quien se venía señalando como el segundo hombre más poderoso dentro del chavismo. Siempre de chaqueta roja y camisa roja. En las primeras sesiones se limitaba a observar, a escuchar. También parecía tomar nota. ¿De qué?

Inicialmente lo que destaca es la compostura del alumno de quien se espera mucho, o nada. Lo que hay allí es un hombre de actitud observadora, calculadora, cuando el oficio de parlamentario implica, amén del trabajo, discurso y mucho verbo. Como dijo Andrés Eloy Blanco: ¿qué hace tanta bulla como un carro viejo?: un diputado nuevo.

A él ya le era reconocida su capacidad de trabajo, pero de discursos e ideas… Ninguna. Solo frases repetidas, copiadas de Chávez. Frases que se cortaban, gangueadas, por la duda, por la inexperiencia, tal vez, por los nervios, inclusive, o por el reto de convencer, que obliga a hablar sin traspiés. También se le reconocía por los gritos. Gritos para alentar y agitar a las masas.

Por ello –dado los antecedentes– sorprendió la primera intervención. Ahí cambió todo. Allí apareció el nuevo Diosdado Cabello, en la sesión del 20 de enero de 2011, en la que se discutía la memoria y cuenta de Chávez. Previamente, Julio Borges, el jefe del partido Primero Justicia, el partido que se consolidaba como el primero de la oposición, arrebatándole espacios a AD, se había lucido en un ejercicio de datos demostrando de qué manera el gobierno regalaba la plata del petróleo a países como Cuba, Nicaragua, Bolivia, etcétera. Lo que menos se podía esperar era el contraataque del diputado de Monagas.

La verdad es que la puesta en escena de esa sesión sorprendió a los diputados de la oposición. Estaba claro que la fracción chavista se había preparado con imágenes, videos, datos personales del adversario, con el fin de ser usados, sin escrúpulos, por el vocero escogido para marcar o dar respuesta a la intervención del opositor; en este caso, Cabello contra Borges. O por ejemplo, a Iris Varela le encargaron «marcar» a María Corina Machado. Evidente que Cabello tenía la responsabilidad de enfrentar a Borges, el dirigente con mayor peso de la oposición en el Parlamento, compañero de partido del gobernador Capriles Radonski en Primero Justicia.

No dijo nada novedoso Cabello. Lo nuevo es que aireó algunos detalles –fotocopias de cheques– de cuando Primero Justicia era una ONG, una asociación civil que recibía recursos de PDVSA. «Así se regalaba la plata del petróleo», apostillaba Cabello. Y en el documento que PDVSA emitía en 1998 estaba la firma de Borges recibiendo el cheque. Lo nuevo es que Borges fue mudando de rostro. No aguantó el chaparrón. Lo sacó de sus casillas. Al punto de pedir réplica y encarar a Soto Rojas cuando el anciano presidente parecía no prestarle atención a la solicitud.

La conducta del diputado opositor genera doble impacto: la respuesta furiosa de la fracción chavista y que el discurso, tosco, sin frases de factura o elaboración de Diosdado Cabello, pase a ser lo más importante de la jornada. O lo que es lo mismo: al perder los estribos, un diputado de experiencia como Borges, hizo posible que el discurso de Cabello se convirtiera en referencia y, al mismo tiempo, tenga consecuencias posteriores. ¿Cuáles?

Que mientras se arremolinaban diputados rojos y opositores en torno a la presidencia, y la tensión entre las partes aumentaba, Diosdado Cabello tuvo el gesto de acudir en defensa de Soto Rojas, pero entonces –la imagen está grabada en televisión–, en pleno desarrollo de los hechos, varios de sus compañeros, Cilia Flores entre los primeros, se lo impidieron, y más bien parecían decirle que se quedara en su puesto, y que el forcejeo era para otros, para diputados subalternos; no para él.

Ese momento es primordial para la jefatura que Diosdado Cabello irá asumiendo. Jefatura que pasaba por imponer miedo y respeto entre chavistas y opositores, porque ya estaba bueno de que le endilgaran millones de dólares de fortuna, vínculos con empresarios y se le señalara como jefe de la corrupción. Les gusta atacar pero no les gusta que se les diga esta verdad, apunta y apuntará desde entonces. «Esto no es gamelote», señala en el momento que exhibe el cheque que involucra a Borges. Y agrega: no hay nada personal en esta denuncia. Es historia, señala.

Más tarde, la réplica de Borges va por las denuncias introducidas por Capriles Radonski ante la Fiscalía General sobre las presuntas irregularidades en la gobernación de Miranda durante la gestión de Cabello. La contrarréplica de Diosdado, hábil sin duda, en el marco de la estratagema diseñada para el chavista que seguía el debate por televisión, es que sí, que lo investiguen, pero agrega este reto a Borges: vamos a despojarnos ambos de la inmunidad parlamentaria. Que nos investiguen.

Al final, ninguna averiguación prosperó, no ha prosperado. En cuanto a Cabello, el debate sirvió para granjearse si no el respeto de toda la fracción roja, al menos el beneficio de la duda, y algo más. Pues la otra consecuencia de este debate es que entonces Chávez lo llama otra vez a la mesa de decisiones, al club de los escogidos, destacando y alabando su papel en la Asamblea Nacional. Tronco de diputado, dirá Chávez. Complacido. Satisfecho. El pupilo ha cumplido la tarea. Ha desnudado al jefe de la oposición en el Parlamento.

Ya una vez, 2004, le había encargado enfrentarse a Enrique Mendoza con el doble propósito de derrotarlo en la gobernación de Miranda, lo que a su vez era derrotar al jefe de la oposición. En esta nueva oportunidad, era Borges el jefe de Primero Justicia quien de manera colateral podía prefigurarse como jefe de Capriles Radonski. No en balde, de boca de Borges había salido la propuesta de Capriles Radonski como candidato presidencial, nominación que ganaría luego en las primarias organizadas por la MUD, o Mesa de Unidad Democrática.