Purgas sin dolor

¿Divisiones? ¿A quién le sorprenden las divisiones en el chavismo? Fue un movimiento que nació dividido. La primera purga fue la de los comandantes. Diosdado se agazapó. Y luego, purga tras purga.


La primera purga del chavismo se resolvió en la consecuencia de un  choque de trenes que involucró a los comandantes del 4-F contra Luis Miquilena, José Vicente Rangel, el empresario Tobías Carrero y el propio Chávez. El presidente prefirió salir de sus antiguos camaradas de juramento militar porque en la coyuntura de 1999 estorbaban más y aportaban menos en la consolidación del poder naciente. En ese momento, Diosdado Cabello no era arte ni parte en la disputa. Esa no era pelea para subalternos. Además, alguna deuda de gratitud conservaba con Arias Cárdenas, quien –transcurría el gobierno de Caldera– lo acogió, le dio trabajo, lo colocó, cuando fungió de director del Programa Alimentario Materno Infantil. Lo puso al lado del capitán Luis Valderrama –otro de los alzados del 4-F– en la oficina de informática. Diosdado se beneficiaba con la purga militar, puesto que el chavismo se apartaba del fundamentalismo de Urdaneta, de las pocas luces de Acosta Chirinos y de la hipocresía de Arias Cárdenas.

En la siguiente pelea, Diosdado perfilaba su propia opción y entendía que al lado de Chávez lo conseguía todo; contra él, nada. En tal sentido, no equivoca la dirección y actúa en la disputa contra Miquilena. Ya se le ve frente a Miquilena y sus aliados, ya toma parte contra lo que ellos representan aunque, para su sorpresa, Rangel, en 2001 y 2002, en las horas cruciales, se queda del lado de Chávez.

La tercera purga, 2004-2005, se resuelve por canales menos escabrosos. Diosdado Cabello junto a Chávez y sus aliados más de izquierda, resuelven moler en elecciones internas del MVR a la tendencia del comandante Luis Alfonso Dávila, antiguo hombre de confianza de Chávez, excanciller, expresidente del Congreso, exministro de Interior. Para los radicales de izquierda, Dávila representaba el «vampirismo» de la ultraderecha militar. También al gobernador Johnny Yánez Rangel se le ubicaba entre los ultraderechistas. Este es un período crucial. Porque quedan al descubierto las tendencias internas: los civiles de izquierda y derecha, y los militares de derecha e izquierda. Dávila no pasaba a quienes consideraba que eran arribistas del proceso y que escalaban posiciones como Cilia Flores, Nicolás Maduro, Freddy Bernal, Juan Barreto y Elías Jaua, entre otros. Aquí, a instancias de Chávez, se logra constituir una alianza entre los civiles de izquierda y el grupo de militares jóvenes que, curiosamente, no eran identificados necesariamente con la izquierda, pero venían ajustando el discurso hacia ese espacio, entre otros, Diosdado, Pedro Carreño y Eliécer Otaiza.

La verdad es que había limpieza ideológica y mucha piel. Dávila, reconocido entre sus pares como un líder militar nato, era un hombre de menos manejo partidista. Criticaba que en el Comando Táctico Nacional del MVR figuraran dirigentes que habían hecho poco o nada ni en abril ni en el paro de 2002; cuestionaba a los que se habían escondido el 11 de abril de 2002, con lo cual tal vez aludía directamente a Diosdado. Valido de su confianza con Chávez –se lo echó encima al salir de la cárcel, lo financió, viajaba con él, lo transportaba en su propio carro– no se guardaba palabras a la hora de hacerle reclamos. Esto comenzó a incomodar al líder.

Atemos cabos: hay cosas que no se dicen en política.  Antes Miquilena le había echado a Dávila la jauría encima, pues corría la especie de irregularidades en un contrato para el sistema de cedulación, adjudicado por Dávila en su gestión al frente del Ministerio de Interior, año 2000. En este caso, Pedro Carreño actúa de ariete. En el episodio de la primera elección interna del MVR para legitimar autoridades, preámbulo de la campaña próxima de 2006, funcionó esa alianza, que se quiebra, tres años más tarde, cuando el MVR se transforma en PSUV. En 2004-2005 el argumento era que a la ultraderecha había que terminar de purgarla y, purgado, Dávila se cambia y con los años pasa a enfrentar a Chávez y a declararse decepcionado, y a denunciar la corrupción, entre otras, la de gobernador de Anzoátegui, Tarek William Saab, señalándolo de haber recibido dinero de parte de contratistas. En 2012 apoya la candidatura de Capriles Randonski.

Aunque esa vez se purgó a Dávila por ultraderechista; no obstante, ya rodaba el término derecha endógena, que, curiosamente, señalaba a Diosdado como su jefe. Pero Diosdado no representaba un peligro aún sino un aliado necesario y le era más que leal a Chávez. Era uno de sus muchachos. Además, si se quiere precisar más, era derecha, no ultraderecha, como definían a Dávila.

Así, entre purga y purga, Cabello pasa a ampliar el radio de influencia en la estructura del MVR, el partido de gobierno. Es nuevo en asuntos de partido. Pero ahí va. Se defiende y navega, al punto de que dispone de poder para impulsar candidatos a la Asamblea Nacional, a las alcaldías y a las gobernaciones. Ni Rangel, ni Baduel, ni ningún otro factor dentro del chavismo, acumulaba tanto juego.

Entonces, en 2005, cuando Chávez comparó y evocó la traición de Gómez contra Cipriano Castro, ¿en quién pensó? Si pensó en Rangel, a este lo regresó solitario, en 2008, a su programa de televisión. Si pensó en Baduel, este se apartó del proceso en 2007 y en 2009 fue directo a la cárcel. Quedaba el otro. Uno.

En el poder quien maneja la ambigüedad puede sobrevivir, sobreponerse y hasta triunfar. En la relación Chávez-Diosdado había un velo. Chávez piropeaba los ojitos verdes de Diosdado Cabello quien en confesión sin precedentes, señalaba:

–Mejor que veinte orgasmos juntos es cruzar con Chávez la avenida Bolívar repleta de gente.

Durante un tiempo, en la primera etapa de las grandes movilizaciones, los mítines de Chávez eran jornadas épicas de fervor revolucionario y aclamación popular al comandante. Más de una vez Diosdado Cabello cruzó de punta a punta la concentración, haciéndole compañía al presidente.

–Esa emoción le afloja las piernas a uno –me apuntaba.

Y llevaba razón. Alguna vez me confundí, incógnito, anónimo, en actos de Chávez en la avenida Bolívar, y aquello era un remolino de pasiones, expresado en gritos, consignas, manos que intentan tocar, ojos que buscan, rebuscan y ubican al líder; mesiánico en esencia, el individuo transformado en masa solo espera –se conforma– con el contagio de la energía, con el destello de la mirada, con sentir que el beso y la sonrisa al vuelo están dirigidos a él, a ella. Bastaría un roce para que se produjera un milagro. Estricta conexión emocional era lo que registraban los decibeles de la manifestación. Chávez era un artista de la palabra. Un mago de la imagen y la comunicación. En la muchedumbre y en el trato personal. Más de un empresario que asistió con resistencia a un encuentro con él, regresó cambiado si no convencido.

–En el cuerpo a cuerpo no hay quien le gane –me dijo uno de ellos.

Cualquiera diría que en la relación entre Chávez y Diosdado lo que reinaba era la admiración pura, la emoción de los instintos básicos. Pero en el seno del chavismo hay otros que manejan distinta interpretación. Afirman que la relación de ambos era de amor-odio. Se necesitaban y a la vez competían. Puertas adentro, claro. Sin llegar a la confrontación, sin desenfundar las armas. Era un duelo silencioso. Chávez con la mayoría, y Diosdado con su grupo. El partido militar, dirigido por al ala militar, le generaba mayor confianza a Chávez. Desde los tiempos del MVR se hablaba de la tendencia de Diosdado, del chavismo sin Chávez. Por supuesto, Diosdado lo negaba. Juraba que no existía el diosdadismo. Que el chavismo sin Chávez era un invento de los enemigos internos. Y que los ataques, sin cuartel, de los medios, los empresarios y los opositores contra él, tenían su origen en que el 14 de abril de 2002 «no hice lo que ellos querían que hiciera». Esto es, traicionar a Chávez y no entregarle la banda presidencial.

En ese sentido, reiteraba: nunca dejarán de cobrarme mi lealtad a Chávez.

–Tratan de sembrar la duda –declaraba a María Lilibeth Da Corte en El Universal del 5 de abril de 2009– quienes quieren que Chávez se vaya, desde afuera y desde adentro del chavismo.

Su amigo, el operador financiero y empresario Rafael Sarría, es de los que cree que Diosdado representa «la evolución del chavismo». El fallecido diputado Luis Tascón prefería acuñar un concepto que se hizo usual, desde 2004, entre la militancia de la izquierda chavista: «Diosdado Cabello representa la derecha endógena». Endógena porque Chávez se empeñaba, frente a la globalización, en construir un modelo económico de raíces propias, bolivarianas, marxista-chavista, que incluía el trueque, las monedas comunales, los bancos comunales. Y si ya no estaba Dávila, a la derecha había que identificarla con alguien.

Tascón iba más allá: lo apuntaba como el jefe de la mafia de corruptos que rodeaba al presidente. De aquí se cuelga más tarde Henrique Capriles Radonski para acuñar el término «los enchufados», en referencia a quienes se han enquistado en el poder. Diosdado y Maduro prefieren autodefinirse como los hijos de Chávez.

Pero Diosdado se ha comportado como si no oyera los disparos, las ráfagas, el fuego.

–A veces me hago el pendejo –me confesaba en 2004.

Hacerse el pendejo es simular. O sea, la táctica no es nueva. Así, se hacía el pendejo ante los ataques internos y ante los ataques de afuera. Se hacía el pendejo ante quienes usaban su nombre para abrir puertas y alcanzar prebendas. «Se hacía» porque hubo un momento en que se cansó y cambió de plan: comenzó a arremeter contra quienes se abrigaban con su figura, sin su consentimiento, al menos.

Si hay que ubicar la fecha, es por la época en que es gobernador. Quizá hacia 2005, o hacia 2006. Puede inferirse que le había llegado el momento de las decisiones. El momento de precisar dónde, realmente, estaban los amigos y aliados, y demostrarle a Chávez que podía confiar en él, plenamente. El discurso, las palabras, los conceptos, van variando en su boca. Y Chávez le va a poner pruebas. Un obstáculo por aquí, otro por allá. Diosdado tomará cada decisión pensando en lo que más convenga a Chávez y a la revolución. Chávez ordena y él obedece. Y en cada operación, va sumando puntos, aliados y poder. En ocho años ya está montado en la línea de mando. Luego, el cáncer de Chávez hace el trabajo restante.

Esta historia continúa