Diosdado y el liderazgo

Por Redacción.- Con esta entrega termina la parte XIII del libro. Aquí, un perfil de Diosdado Cabello y su liderazgo. O una forma de ser líder. Lea Chavismo, Dinero y Poder.


Diosdado y el liderazgo

Nadie lo ha visto cantar. Ni recitar. Nadie lo ha escuchado citar a algún renombrado autor. O sea, no es tribuno. Dentro y fuera del chavismo observan las limitaciones del lenguaje. Lo critica Heinz Dieterich. Lo criticaba Tascón. Los diputados que lo miran subir hasta la silla presidencial saben que tiene el control, el poder, y la agenda del día, pero de ningún modo las ideas. Maduro lo supera de lejos hablando, discurseando. No es que Jaua sea un tribuno. Rafael Ramírez, cuando se exige a sí mismo, muta de petrolero a agitador. Tampoco en la oposición puede afirmarse que Capriles Randonki o Pablo Pérez descuellan. Lo supera Julio Borges, y, tal vez, Leopoldo López y María Corina Machado. Que esta es la comparación establecida con los nuevos liderazgos. Hay que recordar, como dice Baduel. Era un teniente. Llegó a teniente. Y en ese rango no se es todavía líder militar. Aunque en teoría, como se refleja en La novela de Perón, los líderes nacen, no se hacen. Eso era Perón. Y lo era Chávez. Líderes naturales. Conductores de hombres.

El teniente –ahora capitán- Diosdado insiste en que los analistas subestiman a la Fuerza Armada. A los hijos de la Fuerza Armada. Tal cual subestimaron a Chávez. ¿Lo subestimaban a él? Que no se equivoque la oposición, suele repetir.

De entrada no vale esta comparación, aunque cabe decir: hay dos estilos diferentes. Un discurso de cinco minutos, el del 4-F de 1992, le bastó a Chávez para emerger de los escombros de la derrota como líder político. Transcurren los años y a Diosdado le cuesta que lo tomen en serio.

Respeto y miedo. Autorictas. ¿Sobre qué se soporta el liderazgo? Rómulo Betancourt era Autorictas. Caldera, respeto y miedo. Carlos Andrés Pérez, respeto. Chávez, respeto y miedo. El último jefe adeco, Luis Alfaro Ucero, se afincaba en el miedo. Alfaro es del estado Monagas, oriental, paisano de Diosdado. ¿Cuál es su factor? ¿El miedo? De allí el poder de fuego. Acumula poder de fuego. Poder en las gobernaciones. En el Parlamento. En el capital. En el TSJ. En el Ejecutivo. En el partido. Entre los militares.

El cuadro crítico de Chávez le ponía en bandeja de plata la oportunidad de convencer a propios y adversarios de ser el factor de la estabilidad y la continuidad del proceso. De Chávez aprendió a estar a la ofensiva. En ello Chávez no escatimó. En igual sentido debía actuar el teniente Cabello. Estaba obligado a convencer a los militares de su promoción. Convencer a los militares leales a Chávez. Convencer a los militares antichavistas o al menos anularlos. Convencer a los empresarios. Convencer a los cubanos que jugaban a manejar los hilos de la transición. Convencer al gobierno de Brasil. Convencer al Departamento de Estado. Convencer a Colombia. Convencer a chinos y rusos. Convencer a cierto sector de la oposición, el cual ya se había decantado a favor de Maduro, por aquello de que era hombre de diálogo, y cuán equivocados estaban, ya que Maduro se reconvirtió, no era ni la sombra del parlamentario que proponía diálogo en el pasado. 

Los voceros de la oposición no dejaban de advertir de un cuerpo a cuerpo interno, tanto en las filas castrenses como en el PSUV. Unidad, les pidió Chávez antes de partir. 

–Aquí hay una revolución militar en marcha y debe ser permanente, no puede detenerse –señalaba Maduro, a nombre de Chávez, el 28 de diciembre de 2012.

Bajo esta línea  la opción de Diosdado no podía limitarse a una misa, a un ruego, a una oración. No caben en su guión los discursos con adornos, con florituras, sino los mensajes contundentes:

–Esto lo vamos a defender rodilla en tierra, fusil al hombro y bayoneta calada.

Esta radicalidad a ultranza es la que percibe Mario Silva. Cabello es el primero en definir la línea de que no era necesaria la presencia de Chávez para juramentarse el 10 de enero de 2013. El pueblo, repetía, votó por Chávez. Y «ellos (la oposición) creen que si el presidente no va (a la Asamblea), pues entonces abandonó. En la Constitución hay un puntico que indica que si este no puede tomar posesión el 10 de enero por razones sobrevenidas se juramentará ante el Tribunal Supremo de Justicia. ¿Cuándo?, no dice cuándo. ¿Dónde?, no dice dónde. Pero él seguirá siendo siempre nuestro presidente».

No lo escuchaban lanzar coplas. Era esto: palabra y línea dura. Iba de tarima en tarima, en la ocasión en que cada gobernador electo, de los amigos suyos (poder de fuego), se juramentaba. Era la forma de declararse, además, como el más fiel entre los chavistas, así hubiera otros que en las filas del gobierno o del partido pensaran lo contrario. Era su sino.

–Los chavistas estamos claros de lo que debemos hacer.

La periodista Milagros Socorro no dejó pasar por alto el mensaje y este fue su análisis para el diario El Nacional«Desde luego, Cabello adopta este lenguaje belicoso en imitación de Chávez y porque lo considera provechoso (nunca perder de vista que el monaguense tiene un proyecto de poder en el que ha venido trabajando por una década y no da un paso si no ha calculado que le reportará réditos para tal destino). El punto es que ya Chávez está mandado a recoger, la violencia que sembró ya no la va a cosechar, porque ahora solo le queda el juicio de la historia. Pero Cabello, e incluso Maduro, sí tienen mucho en juego y, con toda seguridad, no van a vendimiar nada bueno de esa caricatura de chavecitos en la que se han comprometido desde que tienen la certeza de que aquel es clavo pasado y que consiste en mostrarse tan groseros como Chávez, el único de su modelo».

¿Dónde se ubicaba el líder? Estaba por verse. O desdibujarse. El destino o el desatino, siguiendo la lectura de las páginas de La novela de Perón. Un destino forjado en La Habana. En lo que comenzó a llamarse El Pacto de La Habana. Con Raúl Castro, imagen continental. Con Chávez en la cama. Con Maduro en plan de sucesor. Con Jaua en condición de hombre de confianza. Con Ramírez, jefe de PDVSA, de los petrodólares. Y él, Diosdado, en calidad de jefe político y, según se viera, tal vez jefe de la tendencia militar, de los «originales» del 4-F.

Un viaje, dos viajes, tres viajes, los que fueran necesarios, a La Habana, marcaban el paso, su nuevo paso, su próximo paso, de lo que debía hacer y a qué debía estar atento.

Una visita a Arias Cárdenas en el Zulia para anunciar la estrategia de cara a los comicios municipales de 2013 levantaba suspicacias. La foto en familia. De ellos dos. O de él, al lado del otro histórico del 4-F, el comandante Arias Cárdenas, el gobernador Arias Cárdenas, más cercanos en lo político y en lo económico, y –¿por qué no?– cercanos en la visión del problema cubano.

En esa foto, en esa gira, estaría el origen de la declaración repentina de Maduro el 29 de enero de 2013, de que hay gente recorriendo el país autoproclamándose, autodenominándose líder, líderes, herederos, jefes, de la revolución bolivariana. La televisión oficial se hizo eco de las palabras, dichas en un evento público:

–Aunque son pequeñitos a veces, andan por ahí tratando de revolver las aguas.

¿A quiénes se refería Maduro? ¿Era un retrato hablado? Comparado con Maduro cualquiera se ve pequeñito en estatura. Y lo eran, Cabello, Arias, inclusive entonces Freddy Bernal, amigo de Cabello, que había establecido, por su parte, contactos con empresarios y con la Fedecámaras institucional.

Lo importante es que con sus palabras Maduro oficializaba la lucha interna. Reconocía la existencia de esos personajes que agitan las aguas. Le daba la razón a Borges, a Ramón Guillermo Aveledo, de que en el chavismo la lucha era cierta, de verdad, entre figuras y fracciones, los civiles contra los militares.

–En su  momento daremos nombres –apuntaba Maduro, lo cual sonaba a un simple alerta.

–Aquí no hay dos jefes, ni tres ni cuatro.

¿Quiénes eran? También importaba el lugar desde el que hablaba Maduro: Sabaneta de Barinas. La casa de la abuela de Chávez, que se transformaba en un preescolar de los llamados Simoncito. Estaba acompañado por la madre de Chávez, por Adán Chávez, por parte de la familia Chávez. Por tanto, la señal de advertencia era rotunda. Claro que las miradas apuntaron hacia Diosdado Cabello.

Y si bien más tarde, ya a la muerte, ya en los funerales, ya en el nuevo cuadro político de un país que emergía fifty-fifty de las elecciones entre Maduro y Capriles, se mostraban unidos, aliados, necesitados, urgidos el uno del otro, no es menos cierto que el pulseo público y privado de Cabello y Maduro es lo que ha marcado el contexto de este tiempo de chavismo sin Chávez. 

Pero Maduro responde a un grupo que ha sido político toda la vida. Sus miembros han tenido militancia partidista desde la temprana juventud. ¿Y los amigos de Diosdado? Se perfilaron en el gobierno, en el poder. Más burócratas que líderes, como él mismo al principio del poder chavista, solo que después, con el apoyo fundamental de Chávez, fue ascendiendo en la estructura partdista donde, habrá que reconocerlo, abrió cancha, y se hizo dirigente, operador, vocero, jefe. Y aunque se le ha tenido como líder de un grupo con poder de fuego en la Fuerza Armada, también hay que señalar que tales oficiales de alto rango le son leales a la memoria de Chávez y a la institucionalidad chavista. Chávez les hablaba. Los convocaba. Iba donde ellos. Y los aleccionaba en cuanto a la defensa de la revolución. Chávez los instaba a convertirse en actores políticos y ello es lo que ha hecho Maduro: los ha incorporado en papeles decisivos no sólo de rango ministerial sino de vocería política, actores políticos. Habrá que esperar si haberlos convertidos en fichas del nuevo entramado y tejido político-administrativo derivará en más fortaleza para Maduro o mayor avance para Cabello.