El último genio de la bomba atómica le cuenta su cruda historia a una venezolana

Por David Placer @dplacer (Madrid).- La venezolana María Teresa Soto-Sanfiel, profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona (España) obtiene un relato íntimo del único científico con vida de la bomba que arrasó Hiroshima y Nagasaki.


4Por David Placer @dplacer (Madrid).- En el ocaso de su vida, a sus 89 años, Roy J. Glauber, premio Nobel de Física en 2005, se sienta frente a la cámara para contar los comienzos de sus trabajos científicos. Tenía apenas 18 años cuando estudiaba en la Universidad de Hardvard y fue llamado para ingresar a un proyecto secreto cuyo alcance era incapaz de imaginar. Glauber, un joven con una capacidad de razonamiento excepcional, fue invitado a participar junto al más selecto grupo de científicos de la época.

Ante las cámaras, sus ojos están llorosos, pero no de pena ni de arrepentimiento, sino tal vez de alguna incontinencia propia de la edad. “Me dijeron que enviara todas mis cosas a P.O Box 1663 de Santa Fe, Nuevo México. Era un lugar ficticio, no existía, pero allí tuve que enviarlas”. Así comienza la historia del ingreso de Glauber en un campamento desconocido para el mundo en Los Álamos, Nuevo México, en el que comienzan a trabajar, mucho de ellos sin saberlo, en uno de los mayores proyectos científicos colectivos jamás realizado.

La intrahistoria de la creación de la bomba atómica es abordada por la venezolana María Teresa (Maite) Soto-Sanfiel, profesora titular de la Universidad Autónoma de Barcelona (España) dedicada desde 1995 a la investigación, docencia y a la divulgación científica, bajo una mirada tan limpia como inusual. Con la producción ejecutiva de José Ignacio Latorre, Catedrático de física teórica, Soto-Sanfiel plasma, sin sentencias ni juicios, la entrega de los mejores científicos del momento a la producción de la peor arma conocida por la humanidad. Soto-Sanfiel ha logrado contar la vida de aquel campamento clandestino con imágenes inéditas, desclasificadas este mismo año por las autoridades estadounidenses, fotos, videos y voces de los protagonistas de la historia que terminó con la creación de la bomba atómica.

Eran 200, pero en el pueblo había 1.000 habitantes, familias enteras con prohibición de salir o de revelar al exterior las actividades que se realizaban en el enclave secreto. Estados Unidos estaba en guerra y la prioridad del gobierno era desarrollar una bomba atómica antes que los alemanes y los rusos para acabar con la Segunda Guerra Mundial e imponer una nueva era de supremacía absoluta del orden mundial. Algunos de los científicos nunca supieron para qué trabajaban pero muchos de quienes sí conocían las implicaciones de su aportación creyeron o quisieron creen que el gobierno estadounidense anunciaría al mundo que contaba con la bomba atómica pero nunca la utilizaría contra población civil.

“Glauber no juzga los hechos desde una perspectiva moral como lo podemos hacer nosotros. Él considera que trabajó para un proyecto científico que terminó con una guerra e incluso defiende que la bomba salvó vidas porque otro tipo de intervención en Japón en aquella época hubiese sido más sangrienta, desde su punto de vista”, explica Soto-Sanfiel quien ha iniciado la proyección del documental en grupos de científicos, investigadores y escuelas.

5Lejos de esas consideraciones, los científicos reunidos en Los Álamos estaban dedicados a  hacer los cálculos y pruebas necesarias para hacer explotar la bomba, estimar la energía en función de la distancia en la que trozos de papeles eran desplazados por las explosiones e incluso descartar que la bomba pudiera quemar la atmósfera. Los genios Robert Oppenheimer, Hans Bethe, Enrico Fermi, y Richard Feynman encabezaron el proyecto Manhattan que culminó el 6 de agosto de 1945 con el desastre de Hiroshima.

Opehnheimer ganó la gloria, el título de héroe indiscutible, mientras Estados Unidos rebosaba en alegría tras la victoria. El país siguió con su carrera armamentística pero muchos de los científicos que habían participado en el proyecto decidieron retirarse. Casi todos rehusaron a seguir trabajando en la fabricación de armas. Entre ellos, Glauber que se dedicó a la investigación y la docencia y que ganó el Nobel en 2005 por sus aportaciones a la teoría cuántica de coherencia óptica. “Creo que, en el fondo, hubo un cierto arrepentimiento entre el grupo de científicos que participó en el proyecto”, explica Soto-Sanfiel que ha sido investigadora invitada de la National University of Singapore, la Nanyang Technological University de Singapur la Free University Amsterdam y que prepara un proyecto de investigación para el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Ahora, la investigadora egresada de la Universidad Católica de Caracas busca la emisión del documental en los medios españoles e internacionales. Quiere difundir al gran público una historia de un grupo de científicos selectos que horrorizó al mundo con la muerte de 250.000 personas, un desastre descrito magistralmente en la crónica del ganador del Pulitzer John Hersey en la que dibujó el horror atómico que vivieron las víctimas.

Pero donde Hersey relató explosiones, incendios, quemaduras y caos, Soto-Sanfiel plasmó en su documental un silencio. Un largo y ensordecedor silencio en las fotos que muestran las tragedias. El silencio de la sociedad estadounidense festejando el fin de la guerra y el silencio de las víctimas que se arrastraban moribundas, en blanco y negro, entre la nada que dejó la bomba. La historia de Soto-Sanfiel es diferente. Esta es la historia. Y ése es el nombre de su revelador documental.