Y qué es lo que debe hacer la oposición si llega al poder

Por Ricardo Villasmil Bond @rvillasmilbond.- Hay muchas cosas que quisiéramos hacer. Hacer efectivas la división de poderes, la sujeción del poder militar al poder civil y las competencias de los gobiernos regionales y locales. Sanear las finanzas públicas, poner orden y racionalidad en las empresas del Estado y un sinfín de cosas más. Pero una cosa es querer y otra es poder.


9Por Ricardo Villasmil Bond @rvillasmilbond.- A estas alturas, no sirve de mucho decir que con nosotros al volante no hubiéramos caído en este hueco. Que en lugar de endeudarnos de esta manera tan grosera y tan costosa en tiempos de vacas gordas, habríamos ahorrado parte de la bonanza petrolera para enfrentar tiempos de vacas flacas. Que en lugar en lugar de destruir la industria petrolera, habríamos estimulado la inversión y elevado la producción. Que en lugar de entregar nuestros recursos en alianzas oscuras, nos habríamos insertado en el comercio regional y mundial en función de nuestros legítimos intereses. Que en lugar de atacar al emprendedor nacional y estimular las importaciones, lo habríamos apoyado para generar progreso, empleos y bienestar en Venezuela. Que en lugar de utilizar nuestra influencia y autoridad para sacar lo peor de cada quien estimulando odio, división y enfrentamiento, las habríamos utilizado para sacar lo mejor de cada quien estimulando empatía, unión y convivencia.

A estas alturas, no sirve de mucho porque ya no hay vuelta atrás. Recordar como caímos en el hueco es importante para evitar volver a caer en él, pero no nos ayuda a salir. Ya nos empataron el juego y nos llenaron las bases: lo que nos toca es ver cómo superamos la crisis.

Hay muchas cosas que quisiéramos hacer. Hacer efectivas la división de poderes, la sujeción del poder militar al poder civil y las competencias de los gobiernos regionales y locales. Sanear las finanzas públicas, poner orden y racionalidad en las empresas del Estado y un sinfín de cosas más. Pero una cosa es querer y otra es poder. Lo que podamos hacer dependerá de las circunstancias políticas en primer lugar, de la fuerza y la legitimidad con la que accedamos al poder y de los consensos que logremos alcanzar. Habrá que establecer prioridades y determinar la velocidad y la secuencia de pasos que daremos para avanzar. En cualquier caso, hablar con claridad, escuchar, entender, avanzar todos juntos y ser flexibles será fundamental.

En materia económica, mucho se ha dicho y escrito sobre lo que deberíamos hacer, pero lamentablemente, una buena parte es una lista de deseos. Cabe recordar el punto de partida: en virtud de la caída en los precios del petróleo, un déficit de divisas de más de 30 mil millones de dólares y un déficit fiscal de más de 20 puntos del Producto Interno Bruto. Y por si esto fuera poco, un sistema bancario con más de dos billones de bolívares en captaciones del público (95 por ciento de ellas a la vista o en depósitos de ahorro), que permanecen allí atrapadas por el control de cambios.

Tres temas recurrentes en la discusión opositora en la prensa han sido los siguientes:

1) Unificación cambiaria y desmantelamiento del control de cambios: a una tasa de cambio de 50 bolívares por dólar, por ejemplo, las captaciones del público equivalen a unos 44 mil millones de dólares. Unificar y liberar el control de cambio a esa tasa desataría, además de un salto inflacionario descomunal, una estampida de los depósitos en bolívares -que buscarían canjearse en dólares- y una crisis financiera.

2) Racionalizar las importaciones: en el 2013, las importaciones públicas no petroleras de bienes y servicios superaron los 20 mil millones de dólares (equivalente al total de las importaciones de 1998). Este debe ser sin duda el primer lugar donde economizar divisas, pero hacerlo dependerá nuevamente de la fuerza, la legitimidad y los consensos que se logren alcanzar para enfrentar los grandes intereses involucrados en estas importaciones.

3) Eliminar el financiamiento monetario del Banco Central: En efecto, como sugieren algunos, lo ideal sería eliminarlo. Sin embargo, no estoy seguro de que hacerlo de inmediato -el primer año- sea deseable, ya que en ausencia de fuentes de financiamiento alternas (deuda externa o interna) en cantidades suficientes, ello obligaría a un recorte abrupto y monumental en el gasto público y por ende a una profunda recesión económica y a un colapso en el consumo privado. El trade-off podría no ser el más conveniente (con la dolarización sucede algo similar, ya que también implica renunciar al financiamiento monetario y por ende un recorte muy fuerte del gasto público).

¿Qué nos queda entonces? ¿Escoger entre un paquete draconiano y reformas tímidas e intrascendentes? No necesariamente. La crisis venezolana es una crisis de liquidez, no de solvencia. Al fin y al cabo, el valor de los activos del Estado (yacimientos petroleros, mineros, empresas del Estado, infraestructura pública, etc.) es muy superior al de sus pasivos (deudas financieras y no financieras). Los activos, sin embargo, están siendo terriblemente desaprovechados, al punto de generar incluso pérdidas a la Nación. Esto abre la posibilidad de suavizar el impacto del ajuste y estimular al mismo tiempo la reactivación de la producción nacional a través de la puesta en funcionamiento de estos activos bajo distintas modalidades de participación privada. Por la venta de derechos, asociaciones, concesiones, etc., el Estado podría obtener recursos significativos de manera anticipada (dólares para fortalecer sus reservas y bolívares para programas sociales compensatorios y para esterilizar liquidez, por ejemplo); y simultáneamente, activaría la inversión en áreas que tienen un altísimo retorno o que hoy en día representan grandes cuellos de botella para la producción nacional, como por ejemplo hidrocarburos, minería, cemento, telecomunicaciones, puertos, aeropuertos e infraestructura en general.

El quid del asunto radica en la disposición que tengan las autoridades políticas para imaginar y proponer algo que vaya mucho más allá de un cambio de administración: un cambio de rumbo inspirador e incluyente que brinde la confianza necesaria para que la mayoría se arriesgue a cambiar.