Nada como unos ejemplares de El Cojo Ilustrado para conquistar un suegro (II)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- “Querido tío Carlos, un buen amigo desea visitarte. Se trata del Dr. Pedro Manuel Arcaya quien, según me cuenta (y reserva esta información sólo para tí) quedó prendado de la prima María Teresa. Es un ilustre intelectual de Coro de quien no tengo sino excelentes referencias”.


44Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Solo esa singular belleza pudo sacar a Pedro Manuel de su cotidiana abstracción. Salía distraído de la Academia cuando la vio montada en un tranvía. Llevaba un vestido azul celeste y un sombrero decorado con un vivo que le hacía juego. De mirada serena, con cierto aire de arrogancia, no involuntaria, piernas cruzadas y una mínima carterita colgando del antebrazo, miraba sin foco la acera poblada de gente. Pedro Manuel suspendió sus pensamientos de siempre y sintió un repentino agite en el corazón. No se explicó cómo pero, contrario a su temperamento apacible, se encontró subido en el tranvía siguiente y la siguió hasta verla descender en su destino final. La muchacha se bajó junto a su dama de compañía con la ayuda de la mano cortés del ayudante del tranvía. Su vestido estaba milimétricamente entallado y por un milagro no rozaba el piso. Pedro Manuel, a lo lejos, la vio desaparecer en la puerta de la hacienda El Conde.

Desde entonces su concentración estaba limitada. Nunca antes la cotidianidad había perturbado sus meditaciones, pero el recuerdo de aquella mujer no le permitía vivir. Utilizando sus recientes amistades caraqueñas, Pedro logró descubrir la identidad del arrendatario de la célebre hacienda El Conde, que pertenecía a los herederos del ex presidente Antonio Guzmán Blanco. Se trataba de Don Carlos Urrutia Blanco quien, junto a su esposa María de la Concepción Vallenilla y Centeno, había tenido diez hijos.

La mujer del tranvía se llamaba María Teresa Urrutia Vallenilla y era la octava hija de la familia. Ya cuatro de los siete varones de la casa habían muerto, enlutando la juventud de María Teresa. Raras veces se oía música en su casa y los pasatiempos de la época, como la costura, el bordado y la pintura, se hacían en absoluto silencio, bajo la mirada sombría y extraviada de Doña María. Su única hermana se sentaba junto a ella en los amplios corredores de la hacienda, desde donde velaban las tardes infinitas. Tantas muertes prematuras habían endurecido el corazón de la madre de María Teresa. Se le veía deambular por los jardines de la casa y en las noches, de a ratos, un llanto retenido y leve se escuchaba en la capilla. María Teresa sentía para sí el dolor familiar y su sentido de solidaridad ante el sufrimiento ajeno fue forjándose ante tan penosas circunstancias propias.

“Querido tío Carlos, un buen amigo desea visitarte. Se trata del Dr. Pedro Manuel Arcaya quien, según me cuenta (y reserva esta información sólo para tí) quedó prendado de la prima María Teresa. Es un ilustre intelectual de Coro de quien no tengo sino excelentes referencias. Con mis respetos de siempre y enviándole muchos saludos a la tía María y a los primos, se despide afectuosamente. Laureano”.

Se trataba de la breve nota que Laureano Vallenilla Lanz, primo de María Teresa, envió a su tío Carlos Urrutia. Así, Pedro logró una invitación de Don Carlos para que visitara la casona de la célebre hacienda cafetalera. Nervioso pero decidido, sabía que luego de aquel encuentro su vida cambiaría para siempre. Un cochero lo llevó desde su casa, ubicada en la esquina de La Romualda, donde vivía solo desde que llegó de Coro, hasta el inmenso portón de la hacienda, que siempre permanecía abierto. Atravesaron el portal y recorrieron el camino franqueado por altos jabillos hasta llegar a la vieja pero majestuosa casona. Eran las cuatro de la tarde de aquel fresco viernes de febrero de 1912. Unos criados ayudaron a Pedro a descender del coche bajo la mirada oculta de María Teresa, que espiaba desde una ventana lateral.

Al entrar, Pedro se encontró con un envejecido caballero de modales prudentes. Le llevaba de regalo algunos ejemplares de El Cojo Ilustrado con ensayos sobre historia y sociología escritos por Pedro Manuel. Conversaron por más de tres horas en la sala principal de la casa. Los orígenes de la familias Urrutia, Blanco, Vallenilla. Historias de la abuela Juana Blanco y Palacios de Urrutia, prima hermana doble de la madre del Libertador y sobre la remota ascendencia de Pedro Mateo, compañero de Colón en su tercer viaje a las Américas. Pedro Manuel cortésmente disimuló ignorancia sobre estos datos que ya conocía. Días antes los había repasado en algunos apuntes suyos que casualmente traía de Coro. Luego, volaron comentarios sobre los godos provinciales de Coro, las familias Arcaya, Chirino, Madriz. Pedro Manuel, por timidez, ocultaba su erudición. Finalmente, el tema de conversación giró sobre la situación política venezolana. En 1899, trece años antes, Don Carlos había ocupado el mismo cargo de vocal de la Corte que ejercía Pedro Manuel para ese momento. Al final de la conversación, de marchó en el mismo coche que lo había traído. Seguro de haber aprobado la estricta evaluación, decorada de cordialidad y cortesía, miraba los jabillos que ahora parecían guardianes gigantes, ante la falta de luz. Nunca había sido romántico, pero el aire de la noche le sabía distinto.

(Esta historia continúa)