El día que Pedro Manuel Arcaya cruza la raya del amor (III)

Por Francisco Gámez Arcaya.- La diferencia de doce años en sus edades no era fuente de polémica alguna. A María Teresa le intrigaba la vida de Pedro Manuel, a quien llamaba Arcaya. Le llegaban rumores de sus largas lecturas, de su vida en Coro y de los altos cargos que el General Juan Vicente Gómez le estaba confiando desde hacía un par de años. Nada de eso asustaba a María Teresa. Al contrario, Arcaya le resultaba enigmáticamente atractivo.


61Por Francisco Gámez Arcaya.- La semana siguiente recibió una nota manuscrita del Señor Urrutia. Con el corazón en la mano, Pedro Manuel tomó el transparente papel y leyó el texto escrito en impecable caligrafía. Había sido invitado a un almuerzo familiar el sábado siguiente.

Para la segunda vez que cruzó el portal de la hacienda, tropezando en el camino por las raíces de los jabillos, ya Pedro Manuel se sentía más sereno pero no menos ilusionado. Llevaba un ramo de claveles blancos moteados de rojo. Los compró a un tal Pacheco que los traía del Ávila temprano en las mañanas.

Al llegar a la casona, todo lucía diferente. Había más luz, más gente, más colores. Bajando del coche vio que el Señor Urrutia lo esperaba en los escalones de la entrada. Se saludaron como parientes lejanos porque los lazos históricos les obligaban al cariño. Atravesaron la casa para llegar al jardín posterior. Pedro Manuel podía detallar mejor las particularidades de la hacienda, sus muebles de caoba oscura, sus cuadros antiguos, sus grandes ventanales y sus cortinas de terciopelo amarillo ocre con pequeñas borlas color crema. Se percibía sutilmente el bullicio del patio de servicio. Detrás, en un jardín naturalmente delimitado por el bosque circundante, estaba María Teresa, más bella que nunca. Pedro Manuel no pudo evitar el dibujo de la sonrisa que le transformó la cara. Cortésmente, saludó a la Señora María y de inmediato extendió la mano a María Teresa.

Durante el almuerzo María Teresa se permitió levantar la mirada y verlo a los ojos por instantes fugaces de colibrí. Pedro Manuel notó el gesto y, siguiendo el hilo de la conversación con el Señor Urrutia, hizo una mueca imperceptible con la boca que respondía a María Teresa en un mensaje encriptado.

El tiempo que duró el almuerzo cursó a una velocidad pasmosa. Sin darse cuenta caía la tarde y tomaban la segunda taza de café. María Teresa le explicaba a Pedro Manuel los diferentes aromas y tipos. Sus años en El Conde la habían convertido en una catadora experta de café. Pedro Manuel, divertido ante tan inusual habilidad, aprendía que el café debía tomarse sin leche y sin azúcar. Pero ya el morado del cielo invitaba prudentemente a la despedida, no sin antes concertar la próxima reunión en un futuro cercanísimo.

El noviazgo estuvo enmarcado dentro del canon normal de la época. Visitas colectivas, almuerzos rigurosos y algún paseo breve por el jardín de la hacienda mientras la madre de María Teresa bordaba en la terraza, a plena vista de los novios.

La diferencia de doce años en sus edades no era fuente de polémica alguna. A María Teresa le intrigaba la vida de Pedro Manuel, a quien llamaba Arcaya. Le llegaban rumores de sus largas lecturas, de su vida en Coro y de los altos cargos que el General Juan Vicente Gómez le estaba confiando desde hacía un par de años. Nada de eso asustaba a María Teresa. Al contrario, Arcaya le resultaba enigmáticamente atractivo.