Se casa Pedro Manuel Arcaya y el general Gómez asiste a la recepción (IV)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Como era costumbre, de la fiesta no salía más que un murmullo. Nadie alzaba la voz a pesar de que alzaban las copas con frecuencia. Los rigores de la sociedad caraqueña de la época imponían un canon de conducta que todos compartían y observaban con cierto placer.


27Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- El noviazgo desembocó en matrimonio. Fue así cuando el 22 de marzo de 1913, la hacienda El Conde se vistió de gala para celebrar la unión de Pedro Manuel Arcaya Madriz y María Teresa Urrutia Vallenilla. Como exigía el rigor, que ignoraba de climas, Pedro Manuel vestía de levita y guantes y María Teresa, de impoluto blanco en mangas largas. Tal y como ordenaba la costumbre, los acentos celebrativos se hincaban sobre las flores. La madre de María Teresa convirtió la hacienda en un inmenso y aromático rosal, suspendiendo, al menos por ese día, el eterno luto que le entristeció hasta su muerte.

Ya para ese entonces, Pedro Manuel Arcaya ocupaba el cargo de vocal de la Corte Federal y de Casación, lideraba la reforma del Código Civil y había sido nombrado tres años atrás miembro de la Academia Nacional de la Historia, a la edad de treinta y seis años.

El General Juan Vicente Gómez fue invitado a la recepción y asistió con su concubina de siempre. Con el tiempo, Gómez supo prudentemente asimilar que la señora Arcaya no aceptaba su relación con “esa señora”.

En todos los años por venir, María Teresa jamás acompañaría a Pedro Manuel a ninguna recepción social brindada por el Presidente, si sospechaba que éste estaría acompañado de su “concubina”.

–No tengo problema que vayas Arcaya, es tu deber- le dijo una vez –pero yo no avalo con mi presencia ningún concubinato, eso no lo hace una dama decente.

La presencia del General Gómez en la fiesta causó conmoción entre los asistentes, como era de esperarse. Llegó con su uniforme color kaki, el de siempre, y un bonito regalo de bodas que hizo recordar a muchos el incidente gracioso pero bochornoso que le ocurrió a un famoso comerciante de la ciudad unos días atrás. Comentaban en la fiesta que el sujeto, abusando de su cercanía con el General Gómez, le pidió que le exonerara de los aranceles aduanales que se generarían con la traída del ajuar nupcial de su hija:

–Ya sabe General, cositas encargadas en París, para la muchacha que se me casa- le comentó el confianzudo comerciante.

Dicen que Gómez simplemente sonrió. El día de la boda de la hija del comerciante, el General envió su regalo. Era un sobre cerrado que contenía la planilla de liquidación de los aranceles causados, debidamente pagada del propio bolsillo de Gómez.

IMG-20120626-00212Como era costumbre, de la fiesta no salía más que un murmullo. Nadie alzaba la voz a pesar de que alzaban las copas con frecuencia. Los rigores de la sociedad caraqueña de la época imponían un canon de conducta que todos compartían y observaban con cierto placer.

El momento de la foto nupcial fue todo un acontecimiento tecnológico. María Teresa sentada y Pedro Manuel de pie a su lado, con grandes arreglos florales a sus espaldas. Al terminar la cena servida por mesoneros de impecables guantes blancos, todos los invitados fueron retirándose y la casona volvió a su silencio habitual, más por el cansancio de la familia que por el cotidiano luto de siempre.