Las 29 carretas con 793 cajas y 49 baúles que Pedro Manuel Arcaya trae de Coro están repletas de libros (V)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- María Teresa no lo podía creer. Primero, Pedro Manuel adquiera una casa amplia en el centro de Caracas. Después, el cargamento que invadió la cocina, la sala principal, el comedor, el estar, todos los cuartos y sus baños. Y quedaban aún cuatro carretas por descargar.


Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Al llegar de su viaje de bodas, Pedro Manuel sorprendió a María Teresa con la compra de una amplia casa entre las esquinas de Pelota y Abanico.

–Arcaya, y esta casa tan grande ¿para qué?- preguntó María Teresa.

–Es que tengo algunas cosas en Coro que ya mandé a traer- contestó Pedro Manuel en medio de una de sus habituales distracciones.

A las dos semanas, un viernes al mediodía, María Teresa estaba acoplándose a su nueva vivienda mientras Pedro Manuel estaba reunido en la sede de la Procuraduría General. En casa, María Teresa distraía su tiempo escribiendo notas de agradecimiento por los regalos recibidos. Su concentración quedó interrumpida cuando tocaron a la puerta. Uno de los criados atendió el llamado y María Teresa escuchaba sus pasos que se acercaban a ella, “¿quién será?” se preguntaba.

–Señora Arcaya, allá afuera la buscan.

Al acercarse a la puerta su rostro palideció. Un educado cochero estaba en la acera de la calle con una fila de veintinueve carretas que contenían setecientas noventa y tres cajas y cuarenta y nueve baúles que venían de Coro.

–Señora Arcaya – le dijo el cochero – ¿Dónde ponemos los libros del Dr. Arcaya?-.

Ya para esa fecha la biblioteca de Pedro Manuel contaba con unos diez mil libros. De inmediato, con esa honestidad que no reparaba en desgarres del alma, María Teresa supo que el corazón de Arcaya no le pertenecía enteramente. Los libros eran su otro amor. Un amor pleno que, como todo amor, demandaba entregas totales, y en este caso silenciosas, en los ratos en que Pedro Manuel se sumergía en su estudio.

Cuatro horas más tarde, el ejército de ayudantes que vino de refuerzo desde la hacienda El Conde, seguía cargando cajas hacia el interior de la casa. Al comienzo, María Teresa dirigía la distribución con ciertos criterios de espacio y orden. Al final, cada quien ponía las cajas simplemente donde no interrumpieran los pasillos de circulación. La cocina, la sala principal, el comedor, el estar, todos los cuartos y sus baños habían sido invadidos de cajas. Y quedaban aún cuatro carretas por descargar.

Al final de la tarde, cuando Pedro Manuel llegó a la casa, continuaban las labores de descarga. Su felicidad infantil contrastaba con la cara lánguida de María Teresa. No fue capaz de percibir el mal humor de su esposa y se dispuso a abrir cajas y cajas, lo que hacía más complejo el desembarque de los cubos de cartón piedra. Esa noche no comieron. Pedro Manuel no tenía tiempo y María Teresa no tenía fuerzas.