La historia de libros y amor comienza en Coro, en la primera casa de dos pisos que se construyó en América (VII)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Lo cierto es que la antigua casona había sido construida por un pariente común de los novios, Francisco de la Colina, a comienzos del siglo XVIII, por el año de 1720, y ciertamente no se encuentran registros anteriores de otra casa colonial de dos pisos en el continente.


casa se los ArcayaPor Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Unos meses antes, Ignacia, la madre de Pedro Manuel, terminaba de coordinar el embalaje de los libros de su hijo en la planta baja de su casa, la legendaria casona conocida como el Balcón de los Arcaya, anclada en el casco colonial de Coro.

De este modo, suegra y nuera conectaron. La melancolía de Ignacia en Coro se juntó con la sorpresa de María Teresa al recibir los centenares de cajas en Caracas.

Ignacia, en silencio, guardaba cada libro en compañía de Carmen, su criada de confianza de siempre, de siglos. Sabía que embalaba el alma misma de su hijo para un envío sin retorno y una mezcla de nostalgia y tristeza se apoderó de ella. Y como suele ocurrir, el sentimiento le arrebató en cuerpo y alma hacia el pasado.

Corría en la mente de Ignacia el año 1869. Ya desde entonces, Coro tenía esos rastros de antigua capital colonial, pero su férrea posición a favor de la causa realista durante la Independencia y sobre todo los estragos de la Guerra Federal, convirtieron a la ciudad en un reducto de lo que algún día fue. Una tarde de ese año, Don Camilo Arcaya Chirino se casaba con ella, Doña Ignacia Madriz Cossi y Bret, en la Catedral de Coro.

-Cada cierto tiempo, las familias principales de Coro vuelven a cruzarse entre ellas- le decía el liberto Mateo a su nieto Juancito.

Ambos miraban a lo lejos el grupo de aristócratas que salían de la Iglesia rumbo al Balcón de los Arcaya.

–¿Y los amos no tendrán calor con todos esos trapos encima?- preguntaba inocentemente Juancito al abuelo. Mateo se limitó a subir los hombros pero contuvo la rabia al escuchar al nieto llamar “amos” a los jefes.

El pueblo entero se asomaba por las calles para ver a los novios. Caminando despacio, como en procesión, pasaron por la plazuela de San Clemente, sobre la cual permanece erguida su legendaria cruz.

–Esa cruz Juancito- decía Mateo- esa cruz tiene historia. La usaron en la primera Misa celebrada en Coro, y está hecha con madera del cují que dio la sombra al encuentro de los primeros españoles con el Cacique Manaure. Un hijo del mismo cují está sembrado en el patio trasero del Balcón.

Y seguía Mateo:

–En esa primera Misa estaban toditos los antepasados de los novios, y como ves, la misma sangre sigue pisando la misma tierra a pesar del calor y las penurias.

Las antorchas iluminaban las dos plantas del Balcón y de pronto los curiosos Mateo y Juancito perdieron de vista a los selectos invitados, que se adentraban en la casa por su amplia puerta azul. Ya dentro, en el patio central, los Tellería, los Smith, los Zárraga y los Senior compartían la fiesta como vecinos y como parientes que eran. Frecuentaban la casa a menudo, sin embargo siempre conversaban de la doble altura de la histórica edificación colonial.

–Tío, ¿es verdad que esta casa fue la primera de dos pisos que se construyó en América?- preguntaba un adolescente a Don Camilo Arcaya.

–Es así, hijo.

Lo cierto es que la antigua casona había sido construida por un pariente común de los novios, Francisco de la Colina, a comienzos del siglo XVIII, por el año de 1720, y ciertamente no se encuentran registros anteriores de otra casa colonial de dos pisos en el continente.

A pesar del pomposo abolengo de los asistentes a la fiesta, en su mayoría eran ricos en tierras y pobres en dinero. Sus raíces sin mancha que les permitieron gozar de privilegios reales antes de la Independencia y la incomunicación de la ciudad por vía terrestre, hacían de la sociedad coriana una hermética caja sin rendijas. El mar era su puerta de entrada y salida. Su amenaza, los piratas. Las familias principales vivían de la tierra y los curazoleños del comercio. En Coro, un rico se consideraba aquel sujeto que podía mantener una casa, tener caballo en silla y poseer algunos libros. Los Arcaya vivían sin estrechez, pero sin lujos.