El joven que sabía todos los idiomas del mundo (VIII)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- A los dieciséis años, ya Pedro Manuel leía libros en inglés, francés, alemán e italiano, sin contar el latín y el griego, todos bajo el mismo método insólito y frenético del diccionario, que Ignacia veía ejecutar casi con espanto. Un día encontraron al niño leyendo un libro escrito en alemán. Tenía 13 años.


60Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Casi cinco años después de aquella unión matrimonial, el 8 de enero de 1874, el sol estaba más clemente que de costumbre e Ignacia se angustiaba con el entrar y salir de gente en el Balcón. Mientras embalaba libros recordaba su angustia. Ya había dado a luz a Camilo y a Ana Benigna y le tenía cierta confianza a Dolores, la comadrona cuyo nombre no ayudaba a su tranquilidad. Su esposo Camilo había llegado esa misma mañana de Hueques, una de las haciendas de la familia. Ignacia lo vio más flaco que nunca. Su rostro tenía las marcas de una vida signada por el esfuerzo eterno en recuperar el esplendor de sus antepasados. Ignacia le tomó las manos y besando su frente polvorienta y curtida, le susurró al oído:

–Es tiempo Camilo.

Todo se preparó en el Balcón tal y como había sucedido cientos de veces antes. Bajaron a Ignacia de la habitación principal ubicada en el piso superior, a un cuarto en la planta baja contigua al “cuarto del muerto”, cerca de las escaleras.

El parto no tuvo complicaciones, era un varón y decidieron ponerle Pedro Manuel por su bisabuelo Pedro Manuel Chirino. De inmediato Camilo, que tenía alma de poeta, escribió varias cartas enchumbadas de alegría en las que anunciaba su felicidad a varios parientes y amigos. Pedro Manuel fue bautizado al día siguiente.

Ignacia embalaba unos libros escritos en francés. A su lado, sentada en una silla bajita, de mimbre, Carmen le pasaba uno por uno los libros luego de limpiarlos con un trapo impregnado de kerosén. Ambas gozaban del silencio, cada una a su modo. Dos mujeres tan distintas, rodeadas de los mismos muebles de caoba oscura y cuero negro. La tenue brisa coriana les mitigaba el calor cuando pasaba rasante por el patio y se enfriaba en las sombras del Balcón.

En un descanso, cuando Carmen se alejó para atender la sopa de tortuga que preparaban en la cocina, Ignacia volvió atrás. Recordaba aquella natural afición de su hijo Pedro Manuel por la lectura. Un día, cuando Pedro Manuel tenía trece años de edad, Ignacia regresaba de la hacienda con su marido y encontraron al niño leyendo un libro escrito en alemán. Tenía un grueso diccionario al lado.

-Era sorprendente verlo girar el cuello cientos de veces en busca de significados, que anotaba al margen con un lapicito- recordó.

Mientras guardaba los libros en francés decía en voz baja:

–Y Camilo empeñado en que fuera agrimensor.

A los dieciséis años, ya Pedro Manuel leía libros en inglés, francés, alemán e italiano, sin contar el latín y el griego, todos bajo el mismo método insólito y frenético del diccionario, que Ignacia veía ejecutar casi con espanto.

Inscribieron a Pedro Manuel, como era natural, en el único plantel disponible para un niño de su edad y condición, el Colegio Federal de Coro. Mientras Ignacia salía de la misa diaria que celebraban al caer la tarde en la Iglesia de San Francisco, muchas veces se cruzaba con Pedro Manuel, que salía distraído del colegio. Fue en una de esas tardes repetidas en la que Pedro Manuel le dio el primer dolor de cabeza a Ignacia. A decir verdad, fue más el orgullo que sintió que el dolor de cabeza que tuvo que fingir.

–Mamá, toma esta nota que te envía el profesor Suárez- le dijo el niño apesadumbrado de regreso a la casa.

Era una citación para Doña Ignacia. Debía acudir de urgencia a una reunión en el colegio.

–Doña Ignacia, con el debido respeto – decía el profesor conteniendo la rabia al día siguiente en la dirección del colegio – Pedro Manuel es un joven visiblemente altanero y no tiene sentido del respeto.

Ignacia sorprendida ante una acusación que le parecía disonante con la personalidad de su hijo, le garantizó al profesor que tomaría cartas en el asunto. Al llegar a la casa, Pedro Manuel jugaba con Camilo en el patio. Lo llamó con severidad y le comentó del reclamo. Pedro Manuel, cabizbajo le dijo:

–No te preocupes mamá, no vuelvo a corregir al Profesor Suárez.

Intrigada por aquella respuesta, Ignacia ahondó en el asunto. Pedro Manuel, a su temprana edad, disfrutaba tanto leyendo los inmensos tomos de la Enciclopedia Británica de la familia que, evidentemente, sabía más que el profesor. Ambos convinieron en que lo prudente sería no corregir más al profesor Suárez.