De cómo Pedro Manuel Arcaya se hizo comprador de libros (X)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.-Tras la pista de los secretos de las familias de Coro, se encontró con un folleto de Flammarion. Ahí comenzó todo. Desde ese momento comenzaron los pedidos y la acumulación de libros en la gran biblioteca.


 Francisco Gamez Arcaya


Francisco Gamez Arcaya

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.-La compañía del indio en las tardes tranquilas de los viernes fue siempre una experiencia enriquecedora para Pedro Manuel. Eran clases vivas, palpables de historia. Ignacia recordaba bien al indio Juan García. Ella, de niña, ya lo veía pasearse por las calles de Coro, contando historias propias y ajenas.

Mientras tanto, la adolescencia de Pedro Manuel avanzaba al ritmo de sus pasos, mientras caminaba hacia la vieja oficina de correos de Coro. Clemencio, el jefe de la oficina, quedaba atónito cada vez que el joven Pedro Manuel se aparecía en la puerta. Todo comenzó cuando Pedro Manuel estaba haciendo la investigación sobre el origen de las familias corianas. Llegó a la oficina de Clemencio para buscar papeles viejos y correspondencia no reclamada que sirviera de pista para los datos que no encontraba en la Iglesia. Clemencio, un hombre de vejez prematura, renco de un pie y recluido en el alto mostrador que le funcionaba también de escritorio, se inclinaba hacia delante para ver al jovencito Arcaya que le pedía revisar los papeles viejos de la oficina. Durante la segunda visita, Clemencio le dijo:

–Agarre lo que le haga falta, todos los dolientes de esas cartas están muertos.

Un destello de alegría chispeó en los ojos de Pedro Manuel ante tal indulgencia. “No es para tanto”, pensaba Clemencio.

Dentro de los papeles encontró varios catálogos de la famosa editorial francesa Flammarion. Con permiso de Camilo, Pedro Manuel envió sus primeros pedidos a Flammarion en París desde la oficina de Clemencio en Coro. Uno de esos primeros encargos eran embalados por Ignacia, veintidós años más tarde.

Y eso fue solo el comienzo. Los constantes pedidos de libros que llegaban de todas partes del mundo eran el pretexto perfecto para las largas conversaciones que desembocaron en amistad entre Clemencio y Pedro Manuel, pese a la diferencia de edad y de condición.

-Señor Clemencio, ¿me llegó algo de Flammarion?- preguntaba Pedro Manuel en su adolescente voz, ya hacia el final de su bachillerato.

–No Don Pedro, hoy no llegaron las encomiendas, dicen que el barco se retrasó en Puerto Cabello. Mañana le aviso- contestaba Clemencio.