Los secretos de Coro y los Arcaya que Pedro Manuel fue descubriendo (IX)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- ¿Y eso qué es? El indio le dijo: –Son huecos de las balas, de la época de la Guerra Federal. Su papá nunca los ha querido reparar, dizque pa’ que toítos nos acordemos de las angustias de la guerra, pues.


82Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Estos eventos aislados venían repentinos a la mente de Ignacia durante el embalaje de los libros. Se distraía en ellos largo rato para evitar que vinieran otros, los dolorosos. Pero era inevitable. La alegría y el dolor componen a dúo la historia de la gente. Con el riesgo de las lágrimas, pensó en Camilo. El padre de Pedro Manuel era también muy aficionado a la lectura. También le gustaba escribir. Poemas, sobre todo. Ignacia lo quiso tanto. Incluso guarda algunos pequeños textos amarillentos que le escribió Camilo en pleno noviazgo. Arrugados de rigidez, reposan dispersos entre las cartas de San Pablo de la Biblia de Ignacia.

Camilo notó tempranamente las inquietudes del hijo y desbocó su atención y su patrimonio en estimularlas.

–¿Por qué no investigas sobre el origen de las familias de Coro? – le comentó un día, simulando desinterés, pero con una estrategia oculta que redimía deseos propios de Camilo.

Pedro Manuel se sumergía entonces en los antiquísimos archivos parroquiales. Eran tomos enormes arrumados en los rincones del olvido de la Catedral de Coro. Como cofres de tesoros, tenían miles de partidas de bautismo. Pedro Manuel pasaba horas descifrando caligrafías y conectando vidas pasadas, unas con otras. Volvían al presente, en la mente de Pedro Manuel, los matrimonios, los bautizos. Una multitud de nombres, de personas tan remotas en la historia, muchos desconocidos, irrelevantes, que parecían nunca haber existido. Y Pedro Manuel los resucitaba al mundo a medida que leía y anotaba. Mientras investigaba, Pedro Manuel escribió un estudio sobre las familias de Coro y otro sobre el escudo de armas de la ciudad, que luego publicó en El Cojo Ilustrado en 1897.

Pero Pedro Manuel no tuvo solamente libros y archivos para aprender de historia. Varios criados, peones e indios que trabajaban en las haciendas de la familia dotaron a Pedro Manuel de ese conocimiento empírico que fluye en el río de las palabras y los gestos entre las generaciones.

Una mañana, por el año 85, al salir al colegio, el indio Juan García, ya anciano, tomó a Pedro Manuel por la cintura y elevándolo hasta la parte superior de la puerta principal del Balcón, le dijo:

–Niño Pedro Manuel, mire bien esos huecos que hay allá arriba, en la puerta-.

Pedro Manuel metió sus dedos en los irregulares orificios y preguntó:

-¿Y eso qué es?

El indio le dijo:

–Son huecos de las balas, de la época de la Guerra Federal. Su papá nunca los ha querido reparar, dizque pa’ que toítos nos acordemos de las angustias de la guerra, pues.

Fue ese mismo indio quien paseaba a Pedro Manuel por las tierras de la familia. Una tarde remota, cuando el calor mitigaba y el cielo se vestía de colores, pasaron por El Cayude. Pedro Manuel había ido miles de veces, pero siempre en compañía de su padre. Era la primera vez que cabalgaba por esas tierras con el viejo indio Juan García. Al llegar a la casona, el indio le dijo:

-Dicen las gentes de por acá, que el papá de su abuelo Mariano, su bisabuelo pues, había enterrado un inmenso tesoro aquí mismito en El Cayude. Las joyas de la familia pues, por temor a los saqueos de 1821. Y después se murió el viejo, ¡perdón! su abuelo, y el esclavo que lo había ayudado a enterrarlo. Y nunca se supo más. Aquí, toiticos hemos sacado cayos en las manos, pero nada.

El indio le contó que un día, una esclava llamada Jacinta apareció luciendo una pulsera de oro en el brazo, que una tía abuela de Pedro Manuel reconoció como una de las joyas perdidas de la familia.

-A la condenada esclava Jacinta la interrogaron en el cepo de la casa. Nadita de nada. Esa tenía un pacto, le pedía al diablo por las noches que la hiciera fuerte pa’ no confesá. Jacinta desapareció. Más nunca la vimos por acá- le dijo el indio ante el asombro de Pedro Manuel.