El llanto del sobrino sin pasaporte diplomático

Por Milagros Socorro @MilagrosSocorro.- Es de imaginar la sorpresa de los primos al comprobar que sus pasaportes diplomáticos no les concedían inmunidad, ningún alivio a su situación. Es fácil figurarse su perplejidad al darse cuenta de que los telefonazos de la Cancillería no surtían ningún efecto, que las carreras en los pulidos pasillos del poder en Venezuela no tenían absolutamente ninguna eficacia con la DEA ni con el sistema judicial norteamericano. Habían crecido ignorando lo que significa la separación de poderes.


Milagros Socorro

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Por Milagros Socorro @MilagrosSocorro.- El hombre que las escasas fotografías filtradas mostraban fornido, sonriente y rodeado de lujos ahora era un manojo de nervios, lloroso y desmoralizado. Esa fue la imagen de Efraín Antonio Campos Flores divulgada por las crónicas acerca de la audiencia del 17 de diciembre pasado, cuando los sobrinos de la pareja presidencial venezolana comparecieron ante el juez, tras haber sido imputados de asociación delictuosa para llevar 800 kilogramos de cocaína a los Estados Unidos.

Es de suponer que estas y otras recientes pescas hayan desperdigado el pánico en las altas esferas del poder. Un poder acostumbrado a correr los linderos de la legalidad hasta hacerlos desaparecer en el pantano.

Todavía una semana antes, cuando los dos sospechosos concurrieron a la primera audiencia de presentación, el 12 de noviembre, tenían mejor ánimo. No les había caído encima la realidad como una lápida… ni les habían hecho cambiar la ropa de calle por el uniforme azul, obligatorio para los reos del Metropolitan Correctional Center de Nueva York que aguardan juicio.

Las reseñas del evento ofrecieron un reporte patético de los primos Flores. Sobre todo del hijastro de la primera dama y ahijado del presidente, Efraín Antonio Campos Flores, el primero en llegar a la  sala (lo que, por cierto, indica que no están juntos en su reclusión). La periodista venezolana, Maibort Petit, presente en el lugar, describió así el estado de Campos Flores: “aterrado, miraba a todos lados tratando de reconocer a alguien en las gradas. Lloraba desconsoladamente, y en silencio rezaba el Padre Nuestro, y hasta se hizo la señal de la cruz”. Y apunta también que aunque al otro, Franklin Francisco Flores de Freitas, no se le vio derrumbado hasta ese punto, sí estaba más delgado (aunque apenas había transcurrido un mes desde la detención de ambos por la DEA en Haití, el 10 de noviembre), ojeroso, se estrujaba las manos y exhibía “menos prepotencia que la mostrada en su anterior aparición pública”.

Después de 17 años de privilegios, desconexión con la realidad del ciudadano común, de disponer a espuertas de los recursos del Estado y, sobre todo, de no tener límites para hacer lo que les viniera en ganas, se pillaron los dedos con la puerta. Habían sido arrestados por las autoridades de un país donde no llega el largo brazo de sus influencias, aunque se estire hasta el absurdo y aunque blanda las armas más potentes.

Es de imaginar la sorpresa de los primos al comprobar que sus pasaportes diplomáticos no les concedían inmunidad, ningún alivio a su situación. Es fácil figurarse su perplejidad al darse cuenta de que los telefonazos de la Cancillería no surtían ningún efecto, que las carreras en los pulidos pasillos del poder en Venezuela no tenían absolutamente ninguna eficacia con la DEA ni con el sistema judicial norteamericano. Habían crecido ignorando lo que significa la separación de poderes. Más aún, oyendo una prédica según la cual el contrapeso entre los poderes es una mala maña burguesa, que el jefe revolucionario debe concentrar en sus manos todas las instituciones y moverlas como marionetas. Les habrá tomado días convencerse de que no habría un compañerito cuyos contactos movilizar, un fiscal que amenazar, un juez que comprar ni un general al que lanzarle un fajo de dólares. Dónde estaban los aviones de PDVSA, dónde estaba El Conde del Guácharo para que los divirtiera en aquel trance, de qué servían ahora las empresas en Panamá, los amigos libaneses que les ponían aeronaves a disposición, dónde estaba la revolución, ese sueño dorado que los convirtió en jeques, en seres de impunidad garantizada… ¡Estaban en un calabozo! Sin ujieres, sin colectivos que azuzar contra sus captores. Estaban solos con las consecuencias de sus actos.

No es de extrañar, pues, que llegaran ante el juez aterrados, como observó el abogado Kafahni Nkrumah: enfrentan cargos muy serios de violar la Ley federal Antinarcóticos, “que podrían llevarlos a pasar una importante cantidad de años en prisión. Así que es entendible que estén muy, muy nerviosos”, dijo el letrado.

El ejercicio de imaginación no termina allí. Es de suponer que estas y otras recientes pescas hayan desperdigado el pánico en las más altas esferas del poder bolivariano. Un poder, insistimos, acostumbrado en casi dos décadas de hegemonía sin freno a correr los linderos de la legalidad hasta hacerlos desaparecer en el pantano. La impunidad de que han gozado dentro del territorio nacional y aún en predios de países aliados (léase cómplices) les relajó los sistemas de alerta. Se confiaron. La dieron en chapotear en el espejismo… hasta que este se tornó abismo y se los tragó.

El cuento de hadas de la revolución se trocó repentinamente en Macbeth. Los ojos que los observan no son los de Chávez, son los de la DEA, de la Reserva Federal, de Bruselas… Así como por 17 años se solazaron en el festín de dinero, viajes, lujos, excesos, esa obsesión de poder, ahora viven en alta tensión, en peligro de pasarse una importante cantidad de años en la cana (y no en la que provee calabozos de lujo, discotecas, piscinas y cortesanas, sino en las prisiones de alta seguridad de al que tantas veces nombraron enemigo).

Están en el quinto acto. La profecía ha empezado a cumplirse. Viven mirando a los lados, sospechando de su sombra, quitándoles las baterías a los celulares, despertando a medianoche, seleccionando muy bien las rutas de sus viajes… viendo cómo se acerca el bosque de Birnam.

El llanto del hijastro es muy triste. Lady Macbeth estaba en el deber de evitarlo. Quizá hubiera bastado con ponerle normas. Pero la ambición de poder es así. No conoce límites.