El día que Pedro Manuel Arcaya y su hermano cruzan el túnel del tiempo (XI)

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Mientras almuerza, cansada ya de embalar durante toda la mañana, Ignacia oye el crujir de las maderas del techo. De inmediato siente en su imaginación la presencia de sus hijos adolescentes que entran corriendo a la casa, suben ruidosamente las escaleras y se apropian de los escondites del Balcón. Cada tarde se oía en el piso de abajo el crujir de las viejas maderas de arriba cuando Camilo y luego Pedro Manuel, removían los escaparates y entraban por la falsa pared que los llevaba al ático superior.


Francisco Gamez Arcaya

Francisco Gamez Arcaya

Por Francisco Gámez Arcaya @GamezArcaya.- Muerto el indio Juan García, Pedro Manuel Arcaya partía a caballo, rumbo a Hueques por esos áridos caminos de tierra y junto a su hermano Camilo y su padre recorrían las haciendas. El padre, en cada gesto, cada mirada, cada palabra, transmitía sus frustraciones propias y heredadas a los hijos.

–Me hubiese gustado mostrarles el rostro próspero de estas tierras – les decía. –Pero la guerra acabó con ellas y mi cuerpo se desgasta en hacerlas florecer de nuevo.

Los muchachos se limitaban a escuchar. A temprana edad padecieron en silencio ese sufrimiento que se siente en el alma cuando el mal no depende de las conductas propias.

-Gracias a Dios que tengo a su madre- decía Camilo tratando de diluir la melancolía, cuando entraba en razón y se daba cuenta que el peso era demasiado para los muchachos.

Camilo se apoyó siempre en la serenidad de Ignacia, quien se esforzaba a diario por despojarse de los lastres del pasado y ordenaba la administración de las tierras y el ganado con particular eficiencia.

-No nos ocupemos del ganado que tuvimos hace un siglo Camilo, vamos a engordar el que tenemos hoy- era la frase de Ignacia que hacía despertar a Camilo de la nostalgia.

De regreso a casa luego de un largo paseo, Pedro Manuel notó por primera vez un gesto repetido y oculto que hacía a diario su padre. Entrando por la puerta principal del Balcón, Camilo, al pasar, metía su dedo índice en uno de los orificios de bala de la puerta. Esos mismos que el indio Juan García le había mostrado a Pedro Manuel de niño. Lo hacía como un gesto automático, casi inconsciente, similar al de los fieles cuando meten sus dedos en el agua bendita a la entrada de la Iglesia. Era un recordatorio mecánico de Camilo, quien sufría los embates de las guerras, años después de haber terminado.

Carmen le había servido a Ignacia la sopa de tortuga y la arepa pelada. La mesa larga de caoba, llena de sillas vacías, y el caldo humeante y amarillento, al fondo, en la cabecera, le recordaron a Ignacia su soledad. “Los recuerdos acompañan y despertarse de ellos es siempre doloroso cuando no se tiene a nadie cerca”, murmuró antes de sentarse y luego de rezar.

Mientras almuerza, cansada ya de embalar durante toda la mañana, Ignacia oye el crujir de las maderas del techo. De inmediato siente en su imaginación la presencia de sus hijos adolescentes que entran corriendo a la casa, suben ruidosamente las escaleras y se apropian de los escondites del Balcón. Cada tarde se oía en el piso de abajo el crujir de las viejas maderas de arriba cuando Camilo y luego Pedro Manuel, removían los escaparates y entraban por la falsa pared que los llevaba al ático superior. Esos escondites, creados para los tiempos de tumultos, guerras y saqueos, eran en ese entonces, tiempos de cierta calma, el sitio preferido de los muchachos. Ignacia no puede evitar sonreír ante el recuerdo de esas travesuras mientras pellizca la arepa. Y de pronto recordó cuando descubrieron los túneles secretos del Balcón.

-¡Listo Carmen! Tráeme el café.

Un día Ignacia que bordaba en el patio central de la casa, bajo la sombra del cují, sospechó del silencio inusual. Pero la tranquilidad la embelesaba de tal modo que anulaba toda voluntad para ir a buscar sus causas. De pronto, Ignacia vio espantada como una losa del piso del patio comenzó a vibrar y lentamente a elevarse. 

–¡Dios mío! Carmen- alcanzó a exclamar, cuando debajo de la losa movediza se asomaron los ojos de Camilo que, junto con Pedro Manuel, habían recorrido un enigmático y tentador túnel subterráneo.

Como toda ciudad colonial cercana al mar, el azote de los piratas fue intenso en épocas antiguas. Para ello, las familias de Coro habían ideado un sistema de escondite muy efectivo. Construyeron túneles que partían de algunas casas importantes y, atravesando bajo el subsuelo calles y plazas, emergían a la superficie dentro de la Iglesia de San Clemente. Eran túneles muy antiguos y construidos con las precariedades y urgencias propias del momento, pero eran sin duda la tentación más grande para un par de jovencitos inquietos. Camilo y Pedro Manuel ese día atravesaron el túnel a la inversa, con la complicidad del párroco de la pequeña Iglesia de San Clemente. La nube de polvo y la manada de bichos que salieron del túnel, causaron estragos en la casa durante más de una semana.