La frontera es un paso lleno de riesgos y de negocios millonarios

Por Milagros Socorro @MilagrosSocorro.- La funcionaria venezolana ni siquiera lo miró. Me pidió el pasaporte con el sello de entrada y salida. Le dije que había cruzado por la zona fronteriza, que no necesitaba el pasaporte porque era venezolano. Me contestó con sorna que “eso era antes”. Que, por la situación excepcional de cierre la frontera, todo venezolano necesitaba un pase especial. Ahí comenzó su tragedia


Milagros Socorro

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Por Milagros Socorro @MilagrosSocorro.- Aaay, prepárate, la vaina es contra los venezolanos. A ustedes se la ponen bien difícil –esto es lo que oiría repetidas veces Juan C., venezolano de padres colombianos, cuando regresó de Medellín, donde había ido a pasar navidades con la familia.

Llegó a Cúcuta en avión a las 6:30 de la mañana. Buscó un taxi que lo llevara hasta el fronterizo puente internacional Simón Bolívar. Confiaba entrar a su país, con su cédula venezolana (por ser un paso fronterizo, no es necesario el pasaporte). Fue entonces cuando lo oyó por primera vez. Se lo dijo el taxista: “Qué va, muchacho. No es tan fácil. Ahí tienen un negocio de millones, del que comen muchos, empezando por los militares, que se han forrado. Y con los venezolanos, se afincan”.

Juan C. desestimó el aviso. Qué podía ir mal, si su propósito era regresar a su país y tenía su cédula de identidad en regla. El taxista lo dejó a pocos metros del puente. Cruzaría con dos maletines y un bolso de mano.

–Al llegar, saco mi cédula –dice Juan C.-. La funcionaria venezolana ni siquiera la miró. Me pidió el pasaporte con el sello de entrada y salida. Le dije que había cruzado por la zona fronteriza, que no necesitaba el pasaporte. Me contestó con sorna que “eso era antes”. Que, por la situación excepcional de cierre la frontera, todo venezolano necesitaba un pase especial, firmado por el consulado de Venezuela. Insistí con mucha amabilidad, pero su negativa fue tajante.

Tuvo que regresar caminando hasta que consiguió un taxi que lo llevara al consulado venezolano. Al llegar, a las 7:20 a.m., las rejas estaban cerradas. Y,  apiñadas, estaban alrededor de 20 venezolanos pidiendo que los dejaran entrar. Pero el portero fue categórico: solo se repartían 40 números, a partir de las 7 de la mañana.  Y ya se habían acabado. Debíamos regresar al día siguiente. Muy temprano. Y, eso sí, antes de las 3:00 de la madrugada, si querían coger número.

–Hablé con el portero. No tenía dinero para un hotel. Le pregunté si me podía quedar en algún sitio del consulado. Yo no molestaría. No tenía problema en sentarme en el piso o en cualquier rincón. Me dijo que no. Después de un rato y de tanto insistir, me sugirió por lo bajo que fuera hasta el otro puente de la frontera (Ureña) y que preguntara si podía pasar por allí. A veces, era muy fácil por ahí…

frontera venezolana ureñaAl llegar el puente de Ureña recibió la misma respuesta: siendo venezolano, -o mejor, precisamente por serlo- no podía entrar a su país.

–El funcionario del puente a Ureña era más arrogante. Traté de conciliar. Le rogué que me dejara entrar. Se dignó a decirme que a las 12:30 estaría allí el cónsul venezolano llevando a las 40 personas que estaban en lista para entrar a Venezuela. Regresé al puente a esperar que el cónsul me ayudara a entrar a mi país. A las 12: 40 el cónsul llegó con la lista… y cruzaron solo quienes estaban anotados. Su asistente me dijo que no podía hacer nada. Que debía ir en la madrugada al consulado.

Debía ser evidente su desolación porque lo abordaron unos tipos y le dijeron que había una manera de ingresar a Venezuela. Facilita. En apenas diez minutos cruzaría en moto por un sitio llamado las trincheras. Bastaba que les pagara Bs. 10 mil. Ellos se encargarían de todo. Juan C. les dijo que 10 mil era mucho dinero, pero ellos le explicaron que esa suma debía ser repartida entre la guardia colombiana, la venezolana y otras personas…

Estuvo más de una hora sentado en una esquina del puente, exhausto y con mucho miedo de pasar la noche a la intemperie, con el equipaje. Los tipos iban y venían. En una de esas, Juan C. les dijo que aceptaba el trato. Se encaramó en la moto abrazado a los maletines.

El camino, de tierra naranja, estaba erizado de piedras. A los cinco minutos llegaron a una casucha pintada de verde con techo de zing, de donde salieron unos tipos vestidos con pantalones cortos, camisetas sin mangas y cholas sucias de tierra. Le exigieron el equipaje aduciendo que ellos lo llevarían: a partir de ese momento el trayecto sería a pie. Eso no constaba en el acuerdo. Iniciaron la caminata. Al poco rato llegaron a un río de piedras blancas y enormes, donde había más gente. Le dijeron que se sentara y esperara, porque justo en ese momento los guardias colombianos habían cerrado el cruce. Debían negociar el precio con los guardias.

trochaLa persona a la que le había pagado le advirtió que cruzarían el río a pie, pero que no debía mojarme los zapatos, porque entonces “los guardias venezolanos pondrían problemas”. Lo dejó solo y, al punto, una mujer se sentó a su lado en otra piedra. Había pasado la frontera muchas veces con ese mecanismo. Le comentó que, al cruzar el río, se encontrarían con paramilitares o con guerrilleros. O con ambos.

–Pensé que el corazón se me iba a salir. Me paré, busqué al guía, como se hacía llamar, y le comuniqué mi decisión de regresar. Yo no iba a compartir con irregulares.

El guía, ya impaciente, le dijo que se estuviera quieto. Él era venezolano y a esas se le afincaban más duro. Ya no se podía hacer nada. Todo estaba cuadrado. Y, en efecto, a los cinco minutos les dieron el pitazo para cruzar. Pero hete aquí que a mitad del camino los hicieron detener: los guardias habían cambiado de opinión. Supuestamente, había habido un cambio de guardia. El reemplazo quería su parte.

–Creo que en ese momento lloré. Bueno, en realidad lloré. Sentado otra vez en una piedra, vi alejarse a uno de los tipos que tenía mi equipaje. Estaba tan asustado que no me importó lo más mínimo. Estaría agradecido si no salía de ahí en pedazos. A gritos nos dijeron que ya podíamos cruzar. Y mosca: sin mojarse los zapatos.

Caminaba haciendo un esfuerzo enorme para mantener los pies secos. De pronto, oyó que un guardia le gritaba que se apurara. Estaban frente a un par de casas por donde pululaban tipos vestidos igual que los anteriores, pero ahora había uno ostensiblemente armado. Le pidió Bs. 1.500 para entrar.

–Si no, no puedes entrar –me dijo-. Temblando saqué el dinero y se lo di. Al entrar vi que había cinco hombres en la casa. Al rato vino el guía y me dijo que hasta ahí me acompañaba, que ya estábamos cerca de San Antonio, en territorio venezolano. Y que a partir de entonces, quedaba de mi cuenta. Me aseguró que encontraría un mototaxi para llegar a la ciudad.

Juan C. se encontró en medio de la nada, con aquella gente amenazante. Fue entonces cuando vio su equipaje apoyado en la pared de la casa. No podía creerlo. Entonces, no todo era tan terrible como él pensaba.

–Me quedé solo. Otra vez aterrado y arrepentido de haberme metido en aquel enredo. Hasta que apareció un taxi blanco, curtido y destartalado. Venía muy despacio, porque ya no podía con su alma y porque avanzaba sobre piedras. Le hice gestos sin ocultar mi desesperación. El chofer me dijo que al regreso de dejar a los pasajeros pasaría buscándome. Al volver, insistió en que debía guardar el equipaje, en el maletero.

–¿Eres venezolano? Aaaay, no la tienes fácil.

El taxi lo sacó de aquel lugar por una trilla de arena que a veces discurría entre casas de tablas. “Es una aldea de refugiados”, le explicó el taxista, quien le preguntó con gran interés qué hacía un universitario caraqueño en aquel erial. Feliz e incrédulo de estar vivo, entero y con el equipaje a salvo, Juan C. empezó a contar todo su periplo. El taxista lo interrumpió.

Frontera de Venezuela–Todavía debemos pasar la última alcabala –le advirtió-. De la Guardia Nacional Bolivariana. Te van a revisar todo y se van a quedar con lo que les dé la gana. O con tu equipaje completico. No digas una palabra. Pon cara de tranquilo.

En pánico, Juan C. puso lo que creyó que era su mejor cara de tranquilo. Al pasar ante la alcabala, el taxista aminoró la marcha sin quitar la mirada del horizonte. Pétreo. Pero los guardias ni lo miraron. Estaban muy ocupados revisando los pasajeros de los mototaxis y tal vez juzgaron una pérdida de tiempo ocuparse de un carro que parecía a punto de desintegrarse.

–Pasamos como si fuéramos invisibles –dice Juan C.-. Simplemente, no nos vieron.

Diez minutos después, Juan C. estaba en San Antonio del Táchira. No le quedaba un centavo, pero no tenía nada que lamentar, salvo los rasguños… y las veces que lo ganó el miedo y la desesperación.