Ramos Allup sacó el retrato de Chávez, pero los votos sacaron al chavismo de la Asamblea

Por Milagros Socorro @MilagrosSocorro.- Quienes creen que los electores van a desfavorecer la opción demócrata porque esta cumpla con su deber laico, piensan en el fondo que el viraje político de Venezuela   fue un accidente, un golpe de la fortuna; y no que se trata de un cambio profundo en ese pueblo que está harto de aventureros y de ladrones, todos arropados con el manto de Chávez y de Bolívar.


Milagros Socorro

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Por Milagros Socorro @MilagrosSocorro.- Esta nota he debido entregarla hace cinco días. Ya entonces había recabado los apuntes necesarios para su sustentación y tenía –al menos así lo creo- claridad respecto del asunto a tratar. No la entregué, sin embargo. Como tantas veces, opté por poner a prueba mis propias visiones. Escuchar a quienes tenían otras perspectivas y, en fin, asegurarme de que mi percepción del asunto obedecía a una mirada nítida y no a emociones o cualquier otro factor de adulteración del juicio. 

Al grano: hace cinco días pensaba que las fotografías de Chávez debían salir inmediatamente de la sede del Congreso, lo mismo que el Bolívar pergeñado para que pareciera su antecedente. Que el desalojo de uno y otro –para el caso, uno solo- debía hacerse de manera abierta, pública, notoria y manifiesta, puesto que sacar tales pendones, objetos de un culto que pervierte la institución, era el símbolo de una nueva mayoría en la Asamblea y signo de los tiempos por venir, marcados por la civilidad, la pluralidad e incluso la laicidad del Estado.

Pero gravitaba mi profunda antipatía por la figura de Chávez. Repulsión, en realidad. Tengo al golpista del 92 por un charlatán, profundamente ignorante, que increíblemente logró engatusar a gente educada. Jamás vi en él otra cosa que un embaucador cuya inseguridad sobresalía por los bordes de su garrulería (esto era, por cierto, lo que más me asombraba de la gente “seria” que había sucumbido a su vulgar histrionismo). Pero luego fui testigo, con gran mortificación, de cómo este payaso procedió a destruir mi país, pervirtiendo sus instituciones, desmantelando su aparato productivo, degradando su cultura y empobreciendo las vidas de cuantos hemos sido venezolanos en los infaustos tiempos de este patán.

Dado que tal es mi consideración de aquel corrupto tiranuelo, es natural que ver sus fotos sacadas por trascocina me produjera una íntima satisfacción. Pero sé que con eso no se escribe una nota periodística, por más opinativa que sea. Incluso, el hecho de que Chávez haya causado tan enorme daño a Venezuela, que sus acciones hayan producido tanta ruina, deterioro y muertes podría no ser suficiente para argumentar la conveniencia de la iniciativa de Henry Ramos Allup de sacar del hemiciclo las imágenes de Chávez y del Bolívar mandado a hacer para ilustrar la tesis del abuelazgo del mantuano respecto del de Sabaneta.

El punto era otro. Y yo lo tenía, sin duda.

Pero entonces cometí el error de investigar más. Ya lo dijo el maestro Miguel Ángel Bastenier, “el periodista es aquel que sabe lo necesario en el momento oportuno, pero que si supiera demasiado se dedicaría a esa cosa”. Yo sabía lo necesario. Pero escuché amigos inteligentes, cuyo criterio respeto, decir que el nuevo presidente de la Asamblea había vulnerado la sensibilidad de muchos chavistas que habían votado el 6D por la Unidad Democrática… Y eso detuvo mi mano. Yo sé muy bien lo que es tener la sensibilidad herida, porque Chávez y sus repetidores han estado 17 años agrediendo la sensibilidad de muchos de nosotros con insultos, amenazas, alianzas con malandros y con quienes no han procurado sino aprovecharse de Venezuela, mentiras, burlas criminales… Sé de eso, pues.

71Como no creo en la revancha, -también me parece vulgar y expresión de bajeza-, pensé tomarme unas horas para pensar. Salí a dar mis habituales paseos con Lara, mi perrita. Para pensar. Otro error. “Hay dos tipos de periodistas: los que escriben rápido, y los que no son periodistas”, dice Bastenier. Y al regreso, en vez de arrojarme al teclado, busqué la Carta de Jamaica, leí otras cosas y me fui por peteneras. “Hay una falsa oposición”, había dicho el maestro Bastenier, “entre dar bien una noticia o ser el primero. Hay que darla siempre bien, con lo que se sabe, pero hay que ser rápido”. Tiene toda la razón. He tenido que ser rápida. No lo fui. Pero el punto es que, aún habiendo dado tantas vueltas, sigo pensando lo mismo que en el primer momento. Esto me dice que hay cosas complejas solo en apariencia. La expulsión de la imagen del mandón de la Asamblea es un hecho simple y compacto. No se presta a titubeos ni a modulaciones.

Esto es lo que debí escribir.

Una Asamblea Nacional democrática y plural está en el deber de retirar de sus muros todo lo que no corresponda a esa esencia. Imágenes del fallecido autócrata, así como del Bolívar no reconocido por la totalidad del país son cónsonas con el decorado de alguna película de Román Chalbaud, pero no con un hemiciclo emanado de la voluntad popular. Como muchos han dicho, incorrecto fue haber permitido que convirtieran el Parlamento de Venezuela en el consultorio de un brujo. No es un asunto de ambientación esperpéntica sino de esencia de la institución, que debe hacerse explícita hasta en sus más nimios detalles.

En esto hay bastante consenso, pero muchos consideran que haber sacado los horribles pendones tan rápidamente y sin disimulo fue imprudente. Y no falta quien hable de grosería y hasta de error grave. Han llegado a sugerir que Ramos Allup ha debido desterrar los adefesios de madrugada, con sigilo, medio en secreto, para no ofender a cierto pueblo…

Parten de la falsa premisa según la cual la condescendencia es una forma adecuada de trato al pueblo o a los humildes. Incapaces para discernir lo que les conviene, hay que dorarles la píldora, ponerles los regalos al pie del árbol mientras estén dormidos, porque son como niños, no tienen opiniones firmes y si haces algo que les molesten se van a ir corriendo como chivos al abismo, porque son idiotas…

Pierden de vista quienes así piensan que, a diferencia de las transiciones de 1945 y 1958, lideradas por pactos cívico-militares y por sectores castrenses en exclusiva, respectivamente, la que se echó a andar el 6 de diciembre de 2015 fue protagonizado por civiles. Fue ese pueblo, al que según algunos hay que andar adulando para que no se vaya a molestar, el que decidió sacar al chavismo por votos. Eso es una hazaña civil, extraordinariamente excepcional, incluso para la historia de Venezuela.

Y no fue un pueblo de siervos que, como se ha empeñado en divulgar la cúpula chavista, puso fin a su vasallaje por accidente. Al contrario. Para votar por la Unidad Democrática, que era lo mismo que votar contra el régimen, había que vencer muchos miedos, muchas presiones, mucha persecución en algunos casos. El 6 de diciembre se manifestó una férrea expectativa de seguir adelante como país libre, es decir, como república.

Esa determinación necesitaba un gesto que lo refrendara, que lo metabolizara, que lo hiciera real. Dejemos que lo diga el maestro James Salter en un relato que ganó el premio O’Henry en los años 70: “Ella tenía catorce años, cuando su madre llevó su muñeca favorita al río y la arrojó. Había terminado su niñez”.

La niñez de las masas venezolanas no terminó cuando Ramos Allup aligeró la asamblea de símbolos antirrepublicanos, sino cuando admitieron que habían cometido un gran error; y que podían enmendarlo haciéndose cargo de su destino. No ponerlo en manos de otro aventurero que venga a marearlos con cuentos absurdos y a darles una cucharada de redención mediante el expediente de insultar a otro por televisión.

afiches de chavezSi fueran tan tontos no habrían desafiado un régimen que todavía es fuerte. Y que lo era más la mañana del 6 de diciembre, cuando se pusieron en cola para votar contra Maduro y sus secuaces. Ese día unas masas habituadas a la sumisión dieron un paso hacia la participación política en la vida pública. Con el voto. Fue un acto de libertad. Y resulta que el culto coarta e impide la libertad. Resultó que esas mayorías venezolanas  no habían olvidado los principios que rigen la vida civil en repúblicas libres. Por qué temer, entonces, que cualquier gesto las va a hacer correr a guarecerse en las polleras de Maduro.

Quienes creen que los electores van a desfavorecer la opción demócrata porque esta cumpla con su deber laico, piensan en el fondo que el viraje político de Venezuela   fue un accidente, un golpe de la fortuna; y no que se trata de un cambio profundo en ese pueblo que está harto de aventureros y de ladrones, todos arropados con el manto de Chávez y de Bolívar.

Quienes han dicho que hay cosas más urgentes que ocuparse de “minucias como los íconos” están equivocados también. Nada es más perentorio que proclamar la voluntad de cambio, de institucionalidad y de justicia.

Dice Maquiavelo: “un pueblo en que todo ha entrado en la vía de la corrupción, no puede ni un instante vivir libre”. En Venezuela donde, efectivamente, todo ha entrado en la vía de la corrupción, el latrocinio, el narcotráfico, la impunidad, tuvimos un instante de libertad. Quien no lo vea es porque está distraído con minucias.