El chavismo dinamita la vía constitucional para salvarse a sí mismo

Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.- El chavismo empuja a los venezolanos hacia el cuadrilátero. Un gobierno que se niega a reconocer la legitimidad de la Asamblea Nacional en un momento de crisis como el actual es un gobierno que está decretando la violencia. Y a ese factor, ya de por sí muy grave, se suma otro: que estamos al borde del default, en las puertas de una hiperinflación, con un serio problema de caja y Maduro lo que hace es adoptar medidas inconexas. Esa combinación letal (crisis política más crisis económica mal manejadas) puede desembocar en el ring de la ingobernabilidad.


Gloria M. Bastidas

Gloria M. Bastidas

Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.- Todos los caminos conducen al desastre. Primero: el Gobierno, valido de su brazo legal, el Tribunal Supremo de Justicia, boicotea el trabajo de la Asamblea Nacional. Y con ello, la posibilidad de que la grave crisis que sacude a Venezuela pueda conjurarse sin traumas. Es decir: en el terreno en el que los ciudadanos de la polis resuelven sus conflictos. En el terreno civilizado. En el terreno institucional.

Esa ya, de por sí, es una jugada muy cruel. Porque implica lanzar al país por el despeñadero de un ring. Es el cuerpo a cuerpo. Y en el cuerpo a cuerpo se pierde toda racionalidad. Ese cuadrilátero puede estar teñido de sangre.

El chavismo empuja las cosas hacia el pugilato. Hacia la violencia.

¿Para qué contempla la Constitución, la nuestra y muchas otras (no la de Fidel Castro, claro está), mecanismos para relevar de su cargo a los presidentes en caso de que lo hagan mal? ¿Para qué un revocatorio?—propuesta de Chávez cuando se creía un Superman inmune de por vida al rechazo popular y cuando vendía la idea de que era un “demócrata” que postulaba la mejor Carta Magna del mundo.

¿Para qué una Asamblea Constituyente? ¿Para qué una enmienda? Para canalizar por la vía institucional los conflictos que se crean en la sociedad. Para adelantar cambios cuando haya que adelantarlos. ¿Eso es un delito? No.

Delito es lo que hace el Gobierno, que dinamita la carretera constitucional para salvarse a sí mismo. Para atrincherarse. Para inmolarse. Para hacerse de una suerte de seguro de vida que lo proteja frente al cambio que se ha producido en el país en términos de la correlación de fuerzas políticas. Ya el chavismo no es mayoría. Y eso trae consecuencias que el ala déspota del chavismo se niega a asumir.

Pero la cuenta que hay que sacar no es qué beneficio le traerá al chavismo “bypasearse” a esa mayoría contundente que se expresó el 6 de diciembre con más de siete millones de votos en favor del cambio.

La cuenta que hay que sacar —y de allí que la soberanía popular sea un concepto tan sagrado: pasarle por encima puede significar lanzar fuego en un piso lleno de gasolina— es cuánto vamos a pagar los venezolanos (todos: rojitos de base y no rojitos de base) por esta violación flagrante de la Constitución. Lo vamos a pagar con un serio problema de ingobernabilidad. Lo vamos a pagar con agitación de calle. Lo vamos a pagar, probablemente, con un sacudón popular.

Un gobierno que se niega a reconocer a otro poder de tanta envergadura como la Asamblea Nacional en un momento de crisis como el actual es un gobierno que está decretando la violencia.

Y eso no debe extrañarnos: la génesis del chavismo se remonta al 4F. Un golpe de Estado. Tanquetas. Muertos (incluida una niña de 9 años que fue alcanzada por una bala de FAL mientras dormía en su apartamento de la avenida Sucre de Catia: no lo olvidemos). Heridos. Y todo eso ocurrió a finales del siglo XX, cuando se supone que las sociedades, y más la venezolana, con una tradición democrática, debían ya dirimir sus conflictos por la vía institucional y no a punta de plomo.

Pero el chavismo nació así. Con un pecado capital. El de la violencia. Y esa violencia que vimos el 4 de febrero se extiende (porque es un continuo) hasta la que el chavismo promueve hoy. Porque, repito, negarse a aceptar la legitimidad de la Asamblea Nacional y empeñarse en obstruir los caminos institucionales para resolver esta crisis política es abrir el grifo de la protesta en masa. Una protesta que puede desbordarse y que sería la excusa perfecta para que los militares tomen el poder.

El Gobierno, de manera pornográfica, se empeña en castrar un desenlace de la crisis de manera civilizada. Le echa leña al fuego. Y este exceso pirotécnico resulta de por sí dramático. Pero lo que vendrá a complicar aún más las cosas (y esto es lo segundo) es que a esa crisis institucional se sumará una crisis económica que se  elevará a la enésima potencia en los próximos días. La suma de estas dos variables (el desconocimiento de la legitimidad de la Asamblea Nacional más el cóctel venenoso de las cuentas fiscales) no puede dar como resultado otra cosa que una hecatombe.

Por eso era tan importante lo que Maduro tuviera que decir en materia económica. Porque este es un país al borde de la cesación de pagos (default). Porque este es un país con la inflación más alta del planeta (ya el BCV dio la cifra de 2015: 180 por ciento y el pronóstico del FMI es de 720 por ciento para 2016).

Porque este es un país con un dólar montado en la estratósfera. Porque este es un país con exiguas reservas internacionales: un poco más de mil millones de dólares en plata contante y sonante. Porque este es un país donde no hay alimentos ni medicinas. Porque este es un país al que el Gobierno (no los sectores económicos) le declaró la guerra con su negligencia. Con su utopía trasnochada. Y allí están los resultados. Ruinas. Estamos en el precipicio del default y al borde de una crisis humanitaria.

Pero, caramba, Maduro no dijo mayor cosa. Y es que Maduro no puede decir mayor cosa porque para hacerlo necesita apoyarse en un plan integral de reformas que él no está en capacidad de liderar. Punto.

¿Libre flotación del dólar? Para que opere la libre flotación del dólar se requeriría que el BCV tuviera suficientes reservas como para hacer frente a la demanda que existe. Y no las tiene. La botija está vacía. Ergo: el Gobierno tendría que recurrir al auxilio financiero internacional. Y para que le presten plata, ese gobierno tendría que adelantar un plan integral de reformas económicas y ser creíble.

Tú no eres creíble con pañitos calientes. Tú no eres creíble si persigues a los empresarios como si fueran pranes. Tú no eres creíble si no tienes disciplina fiscal. Tú no eres creíble si prendes la maquinita del BCV para crear bolívares que no tienen respaldo en dólares. Tú no eres  creíble si pretendes, como dijo el economista Miguel Ángel Santos, resolver un déficit de 45 mil millones de dólares reestructurando 12 mil bodegas y aumentando la gasolina. Esa es una gota de agua en el océano. No resuelve el problema de fondo.

¿Qué haría un jefe de estado serio frente al problemón macroeconómico que sacude al país, un país que, si los precios del petróleo se mantienen en el orden de los 25 dólares, tendrá que destinar este año la mitad de sus ingresos para servir la deuda? Tomaría medidas de fondo. Estructurales. De envergadura. Porque el tsunami está cantado. Y Maduro se hace el loco. Se aferra a una tablita de anime cuando en el horizonte lo que se asoma es una ola gigantesca que amenaza con llevarse todo por delante, incluido él.

Maduro, irresponsablemente, intenta surfear la crisis. Pero esta crisis que vivirá Venezuela no es surfeable. Esta  no es una crisis para tablitas de anime. De allí lo extremadamente delicado de la inacción del Gobierno. El chavismo (su cúpula, más bien) pretende que todos nos ahoguemos con él. Pretende  llevarnos a un escenario estilo Zimbabwe: alta inflación, dictadura, escasez de productos básicos y de medicinas. Un país de penurias.

Esa, desde luego, es una poderosa razón para activar los mecanismos constitucionales para relevar a Maduro. Porque relevar a Maduro equivale a relevar su modelo fracasado. Un modelo que nos conduce al suicidio colectivo. Y el gran obstáculo que se le presenta a la oposición es que el chavismo ni hace ni deja hacer. No toma las medidas que tendría que tomar para evitar la hecatombe económica y tampoco permite que otros asuman el timón del barco.

El peor de los mundos posibles. ¿Y ahora quién podrá salvarnos? La política. La política siempre será mejor que la espada.