A Maduro lo sostiene el tejido autocrático que construyó el chavismo

Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.- ¿Por qué un titán como Chávez fue eyectado del poder y por qué en cambio Maduro —apenas su delfín y sin su carisma— todavía se mantiene en Miraflores, a pesar de que encara una crisis económica y social mucho más aguda que la que debió sortear su mentor? Digamos algo antes: que se mantenga en el poder no quiere decir que se mantendrá. Maduro no goza de una póliza de seguro contra el futuro. Pero es evidente que le ha sido extendido, por ahora, un salvoconducto. Las fuerzas armadas son su principal fuente de oxígeno. ¿Están todas alineadas con él?


Gloria M. Bastidas

Gloria M. Bastidas

Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.- Me inquieta una pregunta. Creo que la respuesta a ella es una clave para entender lo que nos pasa. ¿Por qué un titán como Chávez fue eyectado del poder y por qué en cambio Maduro —apenas su delfín y sin su carisma— todavía se mantiene en Miraflores, a pesar de que encara una crisis económica y social mucho más aguda que la que debió sortear su mentor? Digamos algo antes: que se mantenga en el poder no quiere decir que se mantendrá. Maduro no goza de una póliza de seguro contra el futuro. Eso hay que tenerlo bien claro.

Pero es evidente que al delfín de Chávez le ha sido extendido un salvoconducto que le permite—por ahora, de momento— surfear la crisis. Que a este paciente en estado terminal se le suministre oxígeno es un acto de benevolencia que merece ser analizado. Y eso que carga con un fardo de 80 por ciento de rechazo. Y eso que su partido acaba de ser vapuleado en las parlamentarias. Y eso que las arcas están vacías. Y eso que en el país no hay medicinas. Y eso que en el país no hay comida. Y eso que en el país no hay luz. Y eso que en el país no hay agua. Y eso que en el país cunde el pánico por una galopante inflación. Y eso que la inseguridad nos convierte en cadáver.

A Maduro no lo sostiene el pueblo. Lo sostiene el tejido autocrático que el chavismo fue construyendo para atornillarse en el poder. La edificación de esa especie de anillo de seguridad que protege al régimen nada más y nada menos que de la soberanía popular ha sido una tarea larga. Y eso es lo que marca una diferencia entre la Venezuela que existía cuando Chávez fue sacado del poder y la Venezuela de hoy.

En 2002, se produjo un triatlón inédito. Una movilización de calle espectacular. El miedo no se había constituido en una sombra para los ciudadanos. Era una sociedad más resteada. Y esta épica despertó la reacción de las fuerzas armadas. ¿Por qué tuvo eco en la institución? Porque Chávez no controlaba —porque así lo demostraron los hechos— los mandos estratégicos del estamento militar. Eso le impidió aplicar el Plan Ávila. Su autoridad fue desconocida. Otra cosa fue lo que ocurrió después: que las luchas intestinas entre los militares lo devolvieron a Miraflores y que la figura de Carmona resultó nefasta.

Pero Chávez aprendió de ese episodio. Suena ingenuo, pero es así: él, siendo militar, se dio cuenta de pronto de que tenía que controlar las fuerzas armadas con mano de hierro para que no lo sacaran de Miraflores si su popularidad se venía a pique. Claro, antes no lo necesitaba: su rating era arrollador. Estaba blindado con votos. El poder que da el sufragio. Pero después su nivel de aceptación bajó.

Entonces vinieron las purgas. Los juicios. Las persecuciones. La cubanización de las FAN. Con una tremenda excusa: me dieron un golpe y hay que depurar la institución. Hoy, por supuesto, esas fuerzas armadas, al menos en cuanto a la conformación de su alto mando, son distintas a las de abril de 2002: están alineadas con el Gobierno. Esa es una gran diferencia. Pero no nos confundamos: hablar del alto mando no es hablar de los militares activos en su conjunto. Ni de las fuerzas armadas como cuerpo.

Desde luego que la élite chavista gobernante ya cuenta con la experiencia del 11 de abril y si algo debe haber cuidado es precisamente el control de los puestos clave de las FAN. Porque de las FAN, y solo de las FAN, depende que ella se mantenga en el poder. Ahora, pareciera que la razzia que aplicaron no ha sido suficiente para blindarse: pensemos en el poderoso 6D.

¿Por qué los militares presionaron al Gobierno para que se reconocieran los resultados de las parlamentarias? Porque el alto mando no lo es todo. Es parte. Y ese pequeño (gran) detalle no debe pasar por debajo de la mesa. Significa que dentro de la institución hay cuadros con poder de fuego, con voz y voto, que no estaban dispuestos a correr con el costo de que el país se incendiara y se hicieron sentir en el alto mando.

Es un problema de sentido común. Ni siquiera es ideológico. Es lo mismo que le ocurrió al general Fernando Mattei en Chile cuando se celebró el plebiscito que sacó del poder a Pinochet. Él, que tiempo después de la derrota de la dictadura en las urnas se seguía considerando pinochetista, decía que las fuerzas armadas chilenas habían reconocido el triunfo de la oposición porque, de lo contrario, se habrían desatado desórdenes públicos que ellos, los militares, no iban a ser capaces de contener. Es decir: era un asunto de paz social y no de ideología.

Nicolás Maduro

Nicolás Maduro

En eso mismo deben estar pensando los cuadros de las fuerzas armadas venezolanas que presionaron para que el 6D se reconocieran esos 112 diputados que coronó la oposición. En la paz social. En el orden público, que pende de un hilo en este momento en Venezuela.

Es obvio que dentro de las FAN hay varias fuerzas que pujan en distintas direcciones. Unas a favor de mantener el statu quorevolucionario (más bien pseudo revolucionario) porque su implosión implicaría un riesgo muy grande para ellos (recordemos que hay generales dentro de los altos mandos militares que están en la lista de Estados Unidos por su presunta vinculación con el tráfico ilícito de drogas). Y otras, que no tienen cuentas pendientes con la justicia internacional,  que se inclinan por evitar que se desaten los demonios en el país y que, por tanto, se acogen a la tesis de que la crisis debe dirimirse en el marco de lo que dicta la Constitución.

¿Y por qué esas fuerzas pro 6D no presionan para hacer valer la Constitución? ¿Eso no es contradecirse con la postura que asumieron el día de las elecciones parlamentarias? ¿Por qué permiten que el Gobierno pisotee a la Asamblea Nacional? Porque no es lo mismo decir: señores, las actas dicen que la oposición tiene 112 diputados que internarse en el complejo entramado jurídico que está detrás del choque de trenes entre la Asamblea Nacional y el Ejecutivo. Lo primero es algo concreto. Lo segundo es más abstracto: más subjetivo. Se presta a que las FAN pongan el botón de pausa.

Porque hay un elemento importante: el Tribunal Supremo de Justicia, que forma parte del tejido autocrático que el chavismo fue construyendo para dejar, como diría Francisco Franco en 1969, todo atado y bien atado, también juega en todo esto. ¿Pueden las FAN enfrentarse directamente a la máxima instancia judicial de la República, más allá de que parte de sus miembros hayan sido designados de manera espuria? Quizás pueden presionar tras bastidores. Pero aún tras bastidores el asunto sigue siendo subjetivo.

Por eso el terreno fundamental para dirimir la crisis sigue siendo el político. Este es un asunto entre civiles. De civiles movilizados para defender su voto. Desde luego: con unas fuerzas armadas que están a la expectativa con lo que hagan esos civiles. Porque los hechos apenas comienzan. Porque la batalla apenas se inicia. Porque estamos en el primer round. Esto no se termina. Esto arranca. Nadie ha dicho todavía la última palabra. La sesión está abierta. Acaba de sonar la campana.

Y he aquí otro elemento que distingue a este entorno del que había en 2002: la oposición ostenta una legitimidad electoral tremenda. Eso marca una diferencia atroz. No es lo mismo decir que en Venezuela se celebró la marcha más grande de la historia que decir que la alternativa democrática logró sacar —y bajo un gobierno que incurre en grosero ventajismo y que pone presos a sus adversarios— la colosal cifra de más de siete millones de votos que le dieron el control de los dos tercios de la Asamblea Nacional.

Eso es mucho más que el salvoconducto de Maduro. Sí, se mantiene en el poder. Pero sobre sus espaldas cae una espada de Damocles.