En el chavismo llegó el momento de las traiciones 

Por Gloria M. Bastidas  @gloriabastidas.- Los fallos del TSJ no son pócimas milagrosas para salvar a los gobiernos que pierden legitimidad: son una burocracia. Una burocracia que no resuelve el problema de fondo: 72 por ciento quiere que Maduro se vaya. El chavismo está colocado en un verdadero dilema. Sabe que la paciencia de los venezolanos se agota. ¿Inmolarse o negociar? Un alto funcionario, ante la crisis terminal que vive el Gobierno, suelta una frase en tono de ranchera: “Llegó la hora de las traiciones”.  Sí: hay chavistas que creen que hay que tender puentes hacia la oposición. Y no se van a hacer el harakiri.


Gloria M. Bastidas

Gloria M. Bastidas

Por Gloria M. Bastidas  @gloriabastidas.- EL Gobierno pretende asestarle un nocaut fulminante a la Asamblea Nacional. Y quien propina los puños es el Tribunal Supremo de Justicia. Pero el problema de fondo es que no por abatir a su contrincante en el ring, el chavismo está a salvo del descalabro. Para nada. Las sentencias no constituyen un certificado de vida.

Al contrario: pueden suponer una carta de defunción porque —repito— los fallos que emitan unos magistrados (muchos de ellos nombrados de manera exprés y espuria) no revierten lo que es una verdad del tamaño de un templo: que 72 por ciento de los venezolanos pide a gritos la salida de Maduro. Esa enorme franja, según la última encuesta de Datincorp, de febrero pasado, quiere que el Presidente concluya su mandato antes de 2019.

Esto es lo medular del asunto. Lo demás son jeroglíficos emitidos por jurisconsultos devenidos en púgiles al servicio del poder.

El chavismo comete un error garrafal si cree que una sentencia amañada puede erigirse en un escudo que lo protegerá de la soberanía popular. No hay boxeador más poderoso que la furia de un pueblo. Esa furia que vimos en 1998. Esa furia que nadie pudo contener. Esa furia que ahora ha regresado porque el salvador terminó convertido en verdugo.

No nos confundamos: esta no es una furia hormonal. Improvisada. No, esta es una furia macerada. Sedimentada. Es una furia sociológica. Producto de la erosión llamada socialismo del siglo XXI, que prometió el Edén y al final acabó con el país.

Esa furia la vemos en los automercados. La vemos en los hospitales. La vemos en la calle. La sentimos en los bolsillos. Se equivoca el chavismo si cree que esa furia va a poder ser domesticada a punta de artilugios jurídicos. O de tanquetas. Esa furia es una masa crítica. O como dicen los filósofos: es un ente. Y para algún lado va a agarrar si al país se le cierra el conducto constitucional como quiere cerrárselo el Gobierno.

¿Qué puede ocurrir si la élite chavista aplasta a la Asamblea Nacional como si fuera un asqueroso insecto?— aquel insecto que describe Kafka en La metamorfosis. Pues que matará al bicho pero la furia seguirá viva.

La furia es un estado sociológico que está configurado a prueba de energía nuclear: sobrevive. La furia no puede ser exterminada con sentencias. Porque las sentencias no son armas letales. Son una burocracia. Pero no son pócimas milagrosas para salvar a los gobiernos que han condenado a sus pueblos al infierno. ¿O no es un infierno que este año vayamos a tener una inflación de más de 700 por ciento? Y eso lo saben dentro de las filas del PSUV y dentro de las filas de los poderes públicos.

He allí el detalle. Esto no es una simple pelea de boxeo. Esto es un juego de ajedrez. Hay que meterle mucho cerebro. Y ya dentro del Gobierno hay gente devanándose los sesos. Están muy conscientes de que la sentencia no es un spray que se rocía y que acaba con los bichos. O más bien: con la furia. Saben que el Gobierno está en fase terminal. Comienzan a sacar cuentas. Por eso uno comienza a ver detalles tímidos. Pero detalles. ¿Por qué la fiscal general sí compareció ante la Asamblea? Hay que seguirle la pista a la fiscal. Las cosas no son como se ven.

La noticia está en la trastienda. La procesión va por dentro. En este momento de crisis, el chavismo no es una estructura monolítica que gira sumisamente alrededor de figuras como Maduro o Cabello. Allí hay distintas opiniones. Distintos enfoques para abordar el manejo de la hecatombe que se viene.  Y habrá sorpresas. Porque no todos están dispuestos a inmolarse. No todos quieren convertirse en piezas de cera del panteón revolucionario. Recordémoslo: hasta las efigies del tenebroso Stalin rodaron cuesta abajo en la pendiente de la historia.

Un alto funcionario que me contactó, lo resumió con una frase digna del cantautor mexicano José Alfredo Jiménez: “Llegó el momento de las traiciones”. En ese punto, el análisis político adquiere tono de ranchera. El Gobierno sentirá la estocada de quienes no quieren enterrarse con él, aunque ahorita simulan que lo acompañan al cementerio.

Y para la élite que se aferra al poder quien disienta de su estrategia de inmolación es un traidor. Pero quienes se acogen a la doctrina de José Alfredo Jiménez sacan otra cuenta: es preferible traicionar que morir. Lo saben de sobra: anotarse con un gobierno que está al borde de la quiebra (económica y moral) es un suicidio.

Hay factores del chavismo que saben que con sentencias o sin ellas este Gobierno está gravemente herido. Y por eso no solo ha llegado la hora de las traiciones. También ha llegado la hora de los sacrificios. De las ofrendas. Es una norma: antes de que rueden las estatuas de los ídolos, ruedan las de los hombres de carne y hueso.

Si acá se impone un escenario de negociación (y ya se habla de reuniones que se celebran en el Caribe; por eso digo: la procesión va por dentro; la noticia está tras bastidores), el chavismo tendrá que entregar algunas cabezas. Cabezas que están demasiado comprometidas como para salir ilesas del Juicio Final. Si Caín y Abel se pelearon, los hijos políticos de Chávez también lo harán. No todos los vástagos sobrevivirían en la Venezuela de la transición, si esa Venezuela se da. Habrá unos elegidos y otros no.

¿Por qué digo que habrá sacrificios? Porque en esas negociaciones que se celebran en el Caribe (y no es en Cuba) están presentes factores transnacionales: Del Vaticano para abajo. Sin duda que Washington no está fuera de juego. Está allí, directa o indirectamente. Y el Gobierno acude a esas citas con una gran debilidad encima: las acusaciones de narcotráfico que penden sobre algunos de sus miembros.

Esas acusaciones son supra Venezuela. Están más allá del radio de acción que pueda tener la MUD, por ejemplo, en una mesa de negociaciones. Ese punto álgido entra en la jurisdicción de Estados Unidos. Son palabras mayores. Es muy probable que Washington exija algún trofeo a cambio de auspiciar una transición que para el Gobierno no constituya una salida traumática. Sería un asunto de ganar ganar, pero unos ganarán más que otros.

¿Y por qué un gobierno que estaría negociando una salida a la crisis  —actores internacionales incluidos— auspicia una sentencia como la que acaba de emitir el TSJ contra las potestades contraloras de la Asamblea Nacional?

Uno: Porque el Gobierno tiene que mostrar músculo para sentarse a la mesa de negociaciones. La Sala Constitucional es el instrumento que tiene a la mano para ello. Para hacer ver que todavía es fuerte. Como ya no dispone de músculo electoral, aunque cuenta con una base de apoyo importante, entonces su estrategia se traslada al terreno pseudo jurídico. Por esa vía intrincada de enredos judiciales, coloca a las FANB a la expectativa. El objetivo es que los militares digan: ese es un lío entre ellos. Un choque de poderes. Pero lo real sigue intacto: la furia popular, que no se conjura con el exorcismo del Tribunal Supremo.

Dos: porque de una mesa de negociaciones puede emanar una fórmula exitosa, pero puede también que se levante la sesión y que no haya acuerdo. Y que no haya acuerdo, entre otras cosas, porque las condiciones que se pongan sean demasiado costosas para la élite chavista—como las ofrendas. El Gobierno no puede apostar todos sus dados a lo que ocurra en el Caribe. Juega, así, varios juegos.

Es parecido a lo que propuso Capriles: que se tramitara la vía de la enmienda y la del revocatorio simultáneamente. Son dos estrategias. Igual: el chavismo puede sentarse y conversar (forzado por la propia crisis y por la presión que desde adentro generan algunas figuras rojas), pero al mismo tiempo puede pensar que debe apelar hasta al último recurso para preservarse en el mando (y un último recurso es el choque contra la Asamblea). Toda transición supone riesgos para quienes antes eran los dueños absolutos del poder y ahora tendrían, como mínimo, que compartirlo o que dejarlo.

La negociación implica severos costos para el chavismo. Pero no negociar y obstruir los mecanismos institucionales para conjurar la crisis, también los tiene. He allí el dilema. El Gobierno puede terminar haciéndose el harakiri si se decanta por la fórmula errada de no tender puentes e inmolarse. Una forma de hacerse el harakiri es hacerse la ilusión de que la Sala Constitucional, que no es un árbitro, sino que es parte, podrá anestesiar la furia colectiva con sus sentencias.

Imposible: para que esos narcóticos funcionen, tiene que haber comida en los anaqueles, tiene que haber medicinas en las farmacias, tiene que controlarse la inflación, tiene que haber plata para pagar la deuda externa, tiene que derrotarse la inseguridad. No, esto no es Disneylandia.

Nadie, en política, está asegurado contra los cataclismos sociales. El sondeo de Datincorp es muy claro: 61 por ciento de los encuestados advierte que hará reclamos fuertes al Gobierno si no se resuelven sus problemas. Es lo que la firma denomina “perder la paciencia”.

El chavismo está colocado en un verdadero dilema. Y la oposición, también. ¿Podrán actuar a tiempo antes de que el dique se desborde?