La calle será una carta fundamental para dirimir la crisis

Por Gloria M. Bastidas  @gloriabastidas.- El chavismo, voluntariamente, no respetará la Constitución. Solo lo hará si esa Constitución tiene quien la defienda. De lo contrario, el texto constitucional pasará a ser letra muerta. Cadáver. Aquí no puede haber ni revocatorio, ni enmienda ni mucho menos constituyente fuera de la hoja de ruta que marca la Carta Magna. Entonces: o se produce un acuerdo político, sin necesidad de activar la calle, que incluya un acatamiento de las normas por parte del Gobierno (cosa difícil), o se activa la calle para que, por la vía de la presión popular, se obligue al chavismo a entrar por el carril constitucional.


Gloria M. Bastidas

Gloria M. Bastidas

Por Gloria M. Bastidas  @gloriabastidas.- Hay que hacer una precisión: no ha sido la MUD quien ha convocado a la calle. Ha sido el Gobierno el que ha deslizado a la oposición hacia esta alternativa al escamotear, de manera pornográfica, la soberanía popular que se expresó el 6D.

El chavismo pretende que esta expropiación pase así, como si nada. No pueden pasar como si nada más de 7 millones de votos destinados a promover un cambio en un país que se cae a pedazos.  Imposible: nadie está a gusto en el infierno.

La soberanía popular no solo se expresa en votos. La soberanía también se reclama en la calle cuando los gobiernos autocráticos pretenden confiscarla como si fueran los amos absolutos del universo.

Si estuviésemos ante un gobierno respetuoso de las leyes, tal vez no habría necesidad de apelar al pavimento, a la protesta pública, para que se activaran los mecanismos constitucionales diseñados para conjurar la crisis política: el revocatorio, la enmienda o, incluso, la Asamblea Constituyente. Pero ese no es el caso. Estamos ante un régimen despótico.

¿Qué es lo que puede hacer que un gobierno despótico termine acatando la voluntad de la mayoría?—y llamo voluntad de la mayoría a la nueva Asamblea Nacional que emanó de las legislativas de diciembre pasado.  La movilización ciudadana. No hay otra.

El chavismo, voluntariamente, no respetará la Constitución. Solo lo hará si esa Constitución tiene quien la defienda. Si el muerto tiene dolientes. De lo contrario, el texto constitucional pasará a ser letra muerta. Cadáver. Aquí no puede haber ni revocatorio, ni enmienda ni mucho menos Asamblea Constituyente fuera de la hoja de ruta que marca la Carta Magna, que por algo es magna. Entonces: o se produce un acuerdo político, sin necesidad de activar la calle, que incluya un acatamiento de las normas por parte del Gobierno (cosa difícil), o se activa la calle para que, por la vía de la presión popular, se obligue al chavismo a entrar por el carril constitucional.

Ahora, no nos confundamos: calle no implica guarimba. Calle no implica capucha (lo dijo Chúo Torrealba). En un escenario como ese las cosas se pueden complicar. Pueden desatarse los demonios. La calle, en un contexto en el que la oposición es mayoría electoral, es un mecanismo de protesta para forzar al Gobierno a que acate las normas. Normas que puede terminar cumpliendo, no porque lo desee desde el fondo de su corazón revolucionario, sino porque no le quede más remedio. Ese es el objetivo de la movilización popular. La calle se activa cuando la Constitución falla.

Colas Abastos BicentenarioLa protesta tendría que convertirse en un mecanismo de presión de tal magnitud que pueda hacer posible lo imposible. Lo inimaginable: que los déspotas capitulen.

Claro que Maduro puede renunciar: si la ciudadanía logra cercarlo a punta de movilización. Claro que Maduro puede salir por revocatorio: si la ciudadanía logra precisarlo para que se active este mecanismo constitucional. Claro que Maduro puede ser eyectado de Miraflores vía Asamblea Constituyente: si la ciudadanía le hace sentir que el poder constituyente que tanto invocó su mentor Hugo Chávez también es válido cuando es invocado por quienes ahora adversan a un gobierno nefasto. Un gobierno que tiene al país, como escribió el sociólogo y profesor del IESA, Ramón Piñango, al borde de un cierre técnico.

Todas las opciones para salir de Maduro (y de su gobierno: de su modelo) pasan forzosamente por la calle. Por la movilización de un ejército, que no es el de las FANB, sino el de los ciudadanos. Unos ciudadanos que se expresaron democráticamente en las elecciones parlamentarias y a los que ahora la cúpula chavista enquistada en el poder quiere arrebatarles su triunfo. La única manera que tienen de defenderlo es con la activación del pavimento. La calle no tiene por qué ser un pandemónium, aunque se corre el riesgo de que lo sea.

La calle no son barricadas. Ni guarimbas. La calle, bien llevada, también puede cobrar el peso monumental de un 6D. Es la expresión de la soberanía popular en coro. Un coro de voces ciudadanas que reivindican su legítimo derecho a salir de un gobierno que no da la talla. Un coro que no puede apagarse si se hace monumental.

La calle, de hecho, ya está activada. En las colas frente a los automercados. En los hospitales. En las paradas de las busetas. Y esa calle no la para nadie. Estamos montados sobre un polvorín. Este gobierno no puede garantizar la gobernabilidad porque tiene la calle en contra. La calle, que antes era suya, ahora es la principal enemiga del chavismo.

La gobernabilidad no se decreta. La gobernabilidad se construye. Y la élite atrincherada en el poder no tiene manera de garantizarla. ¿Cómo hacerlo con una inflación que llegará a 700 por ciento este año? ¿Cómo hacerlo si en 2016 —lo dijo Merentes a la agencia AP— las importaciones disminuirán en 40 por ciento?

Estas cifras lo que indican es que habrá menos medicinas y equipos médicos; menos alimentos; menos repuestos para carros. Menos vida y más muerte. Más crisis. Una crisis mayúscula, que impedirá la gobernabilidad. Que hará que crezca de manera exponencial la furia colectiva. ¿Cómo garantizar la gobernabilidad sin agua y sin luz?

Chuo TorrelabaEl chavismo no puede garantizar la gobernabilidad porque no cuenta con plan económico alguno para rescatar la economía del foso en que se halla. Punto. El país está sumergido en una espiral inflacionaria que traerá graves consecuencias sociales. Grandes conflictos.

Un simple ejemplo: el jueves 10 de marzo hubo una protesta en la redoma de San Antonio de Los Altos. Los transportistas exigían un pago de 90 bolívares por persona. La Gaceta Oficial indica que el pago debe ser de 70. Todavía no ha sido autorizado el aumento. ¿Qué ocurrió? Que la gente se molestó. Se paralizó el servicio de transporte.

Hay dos cosas. Una: no se puede adelantar un aumento fuera de la Ley. Dos: es obvio que los costos de los transportistas se deben haber elevado significativamente con un dólar colocado en la estratósfera y no les queda más remedio que, por la vía de los hechos, ajustar la tarifa. Nada más un caucho cuesta 250 mil bolívares. Un caucho. Además: la mitad de las unidades está paralizada por falta de repuestos.

Aquí el problema de fondo no es que el ajuste de la gasolina haya aumentado los costos de los transportistas. Esa es una variable manejable. Lo que no es manejable es la altísima inflación que padecemos. Y con una inflación que escala y escala, las tarifas siempre tendrán que subir y los salarios serán insuficientes. Es lo que los economistas llaman ilusión monetaria.

Conclusión: las protestas que vimos en la redoma de San Antonio se extenderán por todo el país, como ya ocurre. Las protestas cobrarán la forma de una epidemia. Y eso es calle. Calle que erosiona la gobernabilidad. Calle que ejercerá presión sobre el Gobierno para que se abra a un cambio. Y no porque quiera, repito, sino porque no le quede más remedio. Pero esa calle no puede andar de su cuenta. Esa calle requerirá, llegado el momento, dirección política. Liderazgo.

Aquí el gran desafío es que no se desaten los demonios. Que se entienda la calle como la polis y no como un lugar de piras. Esto no es fácil de lograr: por los infiltrados. Por los colectivos. Por los radicales. Porque entonces esa calle que surge como protesta ciudadana puede mutar a caos. A anarquía. Una anarquía de la que Maduro y sus correligionarios no saldrían bien parados, pero que puede dar lugar a fórmulas militares no deseadas.

Cuidado con la calle. La calle también supone muchos riesgos. Y, como dije, todas las opciones para salir de Maduro pasan por la variable del pavimento. Pero la idea es que la calle obligue al Gobierno a acceder a una salida política. Esto es tarea de políticos. Solo que los políticos necesitan apoyarse en la fuerza que da la calle.

La política no está descartada en este juego. Todo lo contrario. Lo primero que hay que hacer es darle luz verde a los mecanismos constitucionales que prevén el relevo del Presidente (y de su modelo: insisto). Pero hay que tener muy claro que el asunto no se reduce a apretar un botón que active el revocatorio o la enmienda o la constituyente.

colas en Venezuela1Porque para cada uno de esos mecanismos ya el chavismo tiene calculado su contraataque (extra constitucional): al revocatorio le dará largas para ganar tiempo hasta llegar a enero de 2017 y apelar entonces al artículo 233 de la Constitución, que permite al vicepresidente completar el período hasta 2019; sobre la enmienda (que es la opción más expedita), dirá que para eso existe el revocatorio; y de la Asamblea Constituyente, dirá que la oposición no cuenta con las dos terceras partes de los votos (112) para poder convocarla o, si la oposición recurre a la alternativa de que sea el 15 por ciento de los electores inscritos en el Registro Electoral quienes tomen esta iniciativa, dilatará el proceso para que le dé chance de aplicar el 233.

Así que, aun cuando la pelea se iniciará con la hoja de ruta que define la Constitución para salir de un régimen que hace aguas, es claro que la calle será un factor determinante en esta disputa.