La transición española puede servir de paradigma a Venezuela

Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.- Lo que ha hecho el TSJ con la Asamblea es lo mismo que hizo el teniente coronel Antonio Tejero el 23 de febrero de 1981 en España. El comandante entró al parlamento y usó su pistola para pisotear la soberanía nacional. Acá, no se usan municiones sino folios homicidas. El tránsito del franquismo a la democracia puede enseñarnos. El Rey y Adolfo Suárez, arquitectos del nuevo país que se erigió tras la muerte del dictador, vienen de las entrañas de una dictadura de cuarenta años. ¿Quiénes serán en el chavismo lo que el autor alemán Hans Magnus Enzensberger llama “héroes de la retirada”? ¿Quiénes serán los Adolfo Suárez?


Gloria M. Bastidas

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Por Gloria M. Bastidas @ gloriabastidas.- Todo partió de una imagen. De una escena cinematográfica. Es el 23 de febrero de 1981 y el teniente coronel Antonio Tejero irrumpe con un séquito de guardias civiles en el parlamento español. La orden que dan los militares es: ‘¡Quieto todo el mundo!’. Increíble: el templo legislativo devenido en campo de batalla golpista. Al rato, las balas danzaban amenazantes por los cielos del Congreso. Todos los diputados (eran alrededor de 350, incluyendo al muy joven Felipe González) se refugiaron bajo sus escaños. Las curules les sirvieron de escudo protector. Todos los diputados menos tres. Y eso es lo llamativo.

Lo llamativo es que en medio de aquella orgía de plomo tres hombres decidieron quedarse sentados. O parados y luego sentados. En cualquier caso: expuestos. No pasaron a la clandestinidad en ese momento histórico. Y no llevaban chalecos antibalas. O mejor dicho: sus chalecos antibalas eran su gran valentía y su determinación.

Los kamikazes eran Adolfo Suárez, quien ya había renunciado a la presidencia del gobierno y ese día se aprestaba a entregar el poder a Leopoldo Calvo Sotelo, cuyo acto de investidura se estaba votando para el momento en que el comandante Tejero (franquista recalcitrante) toma el hemiciclo; el sempiterno secretario general del Partido Comunista de España (PCE), Santiago Carrillo; y el general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno y mano derecha de Suárez, quien, directamente, y a pesar de su avanzada edad y de sus quebrantos de salud, increpa a los golpistas y casi que los reta a duelo, estando el general desarmado, pero armado de un gran coraje.

Esa escena cinematográfica (aquel trío que se inmola en medio de una balacera), fue lo que llamó la atención del escritor Javier Cercas para escribir una crónica fascinante. Un libro basado en la realidad que no tiene desperdicio: Anatomía de un instante. Cercas ha dicho que primero contó la historia bajo el formato de novela. Pero luego desechó la idea: la realidad era tan atractiva que la ficción no hacía falta.

El novelista español se dedicó, entonces, a desenredar la madeja del golpe en clave periodística. Cercas no solo analiza ese momento en que las balas sustituyeron a los escaños. Ese interregno en que las ráfagas de subfusil reemplazaron a la deliberación. Cercas también indaga en lo que había detrás del complot cuyo máximo líder era el general Alfonso Armada, quien, para 1981, se desempeñaba como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército y tiempo antes había sido secretario del Rey.

Todo el mundo sale salpicado: desde el Rey Juan Carlos para abajo. No se salva el propio partido de Suárez: la Unión de Centro Democrático (UCD). No se salvan los inocentes chicos del PSOE, que es el principal partido de la oposición del momento. No se salva el partido de derecha Alianza Popular. No se salva la Iglesia. No se salva Washington. No se salvan los medios de comunicación. No se salvan los banqueros y los empresarios en general. No se salva, como dije, la Corona. Cada uno, a su manera, y muchos de ellos sin saberlo, puso su alícuota para dar forma a lo que el escritor llama la “placenta” del golpe.

No es que ellos, como precisa Cercas, estuvieran aliados con los militares. No. Es que ellos, al conspirar de una u otra forma contra Suárez, abonaban el terreno para que el cuartelazo cobrara forma. Mutatis mutandis: algo parecido a lo que ocurrió en Venezuela con la defenestración de Carlos Andrés Pérez.

Cercas devela con maestría las intrigas del poder. Y pasa por un punto interesante: cómo se fue desmontando la estructura paquidérmica del franquismo y cómo se fue construyendo la democracia española después de cuarenta años de dictadura. De eterna noche despótica. Y cuenta que Franco, en un primer testamento, había designado al Ejército como guardián de su legado. Pero, en un segundo testamento, hizo una enmienda. O un agregado: dijo que los militares debían preservar el franquismo y obedecer al Rey. Es decir, a Juan Carlos. Lo que no estaba en el libreto (porque la historia depara sus sorpresas, como indica Cercas) es que el Rey terminaría abonando la placenta para construir el sendero de la libertad.

Lo que ocurrió en el parlamento español el 23 de febrero de 1981 —esa imagen del teniente coronel Tejero sometiendo al poder civil a punta de municiones— y toda la historia que la antecede — el tránsito de la dictadura a la democracia, que se inicia en 1976— puede guardar cierta analogía con lo que ya ocurre y con lo que puede ocurrir en Venezuela.

Con lo que ya ocurre, porque lo que ha hecho el Tribunal Supremo de Justicia nuestro (más bien del PSUV) constituye una asonada equivalente a la del comandante Tejero. En el fondo, es lo mismo: se trata de confiscar la soberanía popular. De abolir la representatividad. De pisotear el hemiciclo. Se trata de violar el sacramento electoral. De hacer que las balas convertidas en sentencias zumben alrededor de la Asamblea Nacional. El del TSJ es un golpe seco.

Una acción que Henry Ramos Allup ha comparado con el asalto al Congreso que auspició José Tadeo Monagas el 24 de enero de 1848. Monagas, por cierto, estaba amenazado por un juicio político cuando se produjo el ataque al parlamento, que dejó un saldo de tres diputados muertos, entre ellos Santos Michelena, el firmante del famoso tratado fronterizo entre Venezuela y Colombia. La imagen es feroz: Michelena recibió una herida de arma blanca el día del asalto al Congreso, y murió dos meses después como producto de las lesiones que le infligieran sus agresores.

Ese canibalismo parlamentario también lo hemos visto con el chavismo. Lo vimos cuando los diputados Julio Borges y María Corina Machado fueron golpeados (golpeados: hablando de golpe) en pleno hemiciclo. Esa también es una escaramuza a lo Tejero. Solo que selectiva. Y constituyó el preludio de lo que vendría después: la patada que le ha dado el Gobierno al Congreso como cuerpo, como institución, a pesar de que más de siete millones de venezolanos votaron por la bancada de la MUD el pasado 6 de diciembre.

Claro que el chavismo podría, en este momento, ser más burdo de lo que ya ha sido. Podría mandar un contingente de militares a la Asamblea. Y ya. Saldado el asunto. No es ciencia ficción imaginarse al comandante de la Guardia Nacional ordenando a los parlamentarios que desalojen el Congreso. Pero no hace falta: una neodictadura que se precie de tal debe recurrir a métodos más elaborados. Más elegantes. Más ambiguos. Eso está bien para Monagas. No para los adalides del socialismo del siglo XXI. Ellos usan otro empaque.

Un empaque que les permita camuflar sus desafueros. Ese empaque se llama TSJ. Un TSJ que es heredero de Tejero (casual juego de palabras), pero que no saca su pistola sino sus folios homicidas. El Gobierno se ha cuidado (hasta ahora): en lugar de mandar tanquetas a la Asamblea, ha recurrido a la artillería seudojurídica. El cometido es el mismo: aplastar la soberanía popular como si se tratase de un insecto repugnante.

Esa es la primera analogía que podemos hacer entre lo que sucedió en Madrid el 23 de febrero de 1981 y lo que sucede en la Venezuela de hoy. Golpe al parlamento. En el caso de España, el propio Rey, que tiempo antes de la irrupción del teniente coronel Tejero había insinuado a Adolfo Suárez que dimitiera (en un mensaje de fin de año transmitido por televisión), con lo que abonaba la placenta de la insurrección, como lo señala Cercas, fue quien paró el golpe.

Todos los factores de poder conspiraban contra Suárez (por la crisis económica, por los atentados de ETA; la palabra de moda en España en vísperas del golpe era, comenta Cercas, la palabra desencanto), pero era muy difícil que alguien, más allá de los golpistas, refrendara la obscenidad que tuvo lugar esa tarde en el Parlamento.

Y menos el Rey, hombre habituado al protocolo y arquitecto de la neonata democracia española. Que el Rey pensara que Suárez debía dimitir no significaba que avalara una salida de fuerza. Pero más lejos estaba todavía de apoyarla si esa salida de fuerza se traducía en una payasada como la representada por el teniente coronel Tejero. Por eso el monarca se deslinda del general Armada y acciona el botón que da al traste con el golpe.

En el caso de Venezuela, la única institución que puede detener el asalto contra la Asamblea es la del pueblo. Porque, como dijo Pedro Pablo Peñaloza en su artículo de ayer, la principal arma que tiene la oposición es la electoral. El voto.

La segunda analogía que podemos establecer entre lo que ocurrió en España y lo que puede ocurrir en Venezuela tiene que ver con el tema de la transición. Hay que fijarse en dos cosas (sobre ellas se ha hablado, pero no me importa repetirlas): las dos figuras primordiales de la transición española fueron el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez. Y las dos provienen del seno del franquismo. El monarca, que fue ungido por Franco como el sucesor, tuvo el tino histórico de propiciar una fórmula democrática para su país. Y para ello, escogió a Adolfo Suárez, que fue nombrado presidente del gobierno por el propio Rey. Y luego resultó ratificado en las urnas, cuando se celebraron las primeras elecciones tras cuatro décadas de dictadura.

Ahora, lo interesante es que esto pudiera ocurrir en Venezuela. Pudiera. Dependiendo de cómo evolucione el guión político. Cercas cita en su libro a Hans Magnus Enzensberger, exponente del pensamiento alemán de la posguerra. Este autor habla de lo que llama los “héroes de la retirada”.

Se trata de una nueva clase de héroes. Son distintos a los héroes clásicos. Los héroes clásicos cosechan triunfos y conquistas. Los héroes de la retirada, en cambio, son los héroes de la renuncia, del derribo y del desmontaje. Así es como resume Cercas la genial definición del alemán.

Y eso fue lo que hizo Suárez en España: desmontar la estructura franquista (más allá de que al final tuviera que renunciar) y auspiciar el establecimiento de una sociedad democrática. De allí que Hans Magnus Enzensberger lo considerara un típico representante del heroísmo de la retirada. Otro ejemplo que propone Hans Magnus Enzensberger es el de Gorbachov.

Cercas apunta que los héroes de la retirada surgen como consecuencia de modelos dictatoriales.

Puede que en esta Venezuela poschavista también surjan este nuevo tipo de héroes. Figuras del Gobierno que al final terminen tendiendo puentes con el otro país. ¿Aristóbulo Istúriz? Es un nombre que ha sonado. ¿Se convertirá en el Adolfo Suárez doméstico? Está por verse. Y si no es él, pueden ser otros. Ojalá que en esto —en lo de la nueva clase de héroes de la que habla Hans Magnus Enzensberger, y que Cercas tiene el mérito de rescatar— guardemos una analogía con lo que ocurrió en España. Que se dé lo que Santiago Carrillo (el dato también aparece en Anatomía de un instante) denominó la ruptura pactada. Él se refería a la ruptura con el franquismo, que debía hacerse de manera estratégica. Igual acá. Eso es preferible a la sangre. O a que los militares al estilo Tejero asalten el Parlamento.