El Presidente es un burócrata y los funcionarios otros burócratas que obedecen para preservar el poder

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- El novísimo socialismo del siglo XXI  devino  en lo mismo que el viejo del siglo XX: una dictadura burocrática  ejercida por la camarilla cívico-militar que controla el partido. El funcionariado nada tiene que ver con vocación de servicio, eficiencia, o meritocracia. Su tarea esencial es contribuir a la preservación del orden vigente, asegurar las posiciones hegemónicas de quienes controlan el poder. Ilusos los que esperan alguna rectificación del gobierno actual.


Ezio Serrano Páez

Ezio Serrano Páez

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- ¿Qué pueden tener en común  la infame golpiza propinada a Julio Borges,  el avieso comportamiento  de Tibisay Lucena en el CNE,  y la represión a perdigones de una protesta contra el hambre en ciernes?

Sin duda podrían exponerse diversas  y creativas conjeturas  al respecto, pero puestos a detallar  hechos, actuaciones y declaraciones, nos percatamos de la existencia de un factor común dentro de una larga lista de sucesos protagonizados por los inefables funcionarios del Estado revolucionario chavista. Esta larga lista podría incluir desde el vergonzoso proceder del TSJ (ampliado), la grotesca exhibición de militancia partidista por parte del general Fabio Zavarse, la perversión incluida en el proceso de validación de firmas para el revocatorio, o el ridículo tongoneo de Nicolás Maduro frente a su feligresía celebrando alguna hazaña misional.

¿Cuál es el factor común? Claro que estamos frente  a manifestaciones  elocuentes del  poder en decadencia, inagotable en su tarea de humillar la dignidad nacional. Pero también podemos observar una etapa, una fase, un momento en  la trayectoria de la descomposición política. Es el momento del burocratismo puro: El ejercicio  del poder de modo descarnado, con pocos miramientos ideológicos,  con el fin primordial de auto preservarse.

1.- El burocratismo puro

Porque  lo usual es el ejercicio del poder revestido con alguna justificación (legitimidad) que permita suavizar los ataques de la mala conciencia en los gobernantes. Como dijera Norberto Bobbio para referirse a los fundamentos del poder en la sociedad moderna: la legitimidad de quienes son portadores de autoridad, se sostiene en la legalidad de sus actuaciones. Esto supone el accionar de acuerdo con  principios jurídicos. Pero el gobierno de Maduro se burla del mismísimo andamiaje legal creado por la revolución que dice representar. En realidad reedita las prácticas de su mentor político, maestro del decirse y desdecirse.

La llamada legitimidad de origen,  ni siquiera sirve como taparrabos para un gobierno terco a la hora de violar su propia legalidad, empeñado en colocarse fuera de la ley.

Max Weber  desarrolló el concepto de Burocratismo puro  para destacar el ejercicio del poder como mera acción administrativa. En tal situación, todo acto de gobierno traduce un simple mandato que,  funcionarios obedientes,  ejecutan sin ninguna consideración relativa a la legalidad, principios éticos, morales o filosóficos. La orden se cumple mediante un procedimiento  que se justifica por sí mismo, en tanto emana del poder reconocido. Los funcionarios actúan como simples apéndices de la fuente de autoridad.

2.- Del sobretodo  a la desnudez  ideológica

 Y no es que se haya renunciado a las arengas libertarias, anti-imperialistas o sobrecargadas de bolivarianismo justiciero. De hecho, la cursilería patriotera y socialista, se sigue exponiendo como el natural brebaje del grupete de saqueadores aferrados al poder.  Pero ocurre que tales brebajes ideológicos ya casi no convencen a nadie. Sin la capacidad  persuasiva de la chequera que caminaba por América latina, los contenidos ideológicos que aportaban legitimidad a las trapisondas revolucionarias, se vuelven rancios, enmohecidos o insípidos, en el mejor de los casos.  Hubo un tiempo en el que el sobretodo ideológico permitía disimular la arbitrariedad violatoria de todo principio constitucional. El sobrecargado pastiche mental  propalado desde el poder chavista, permitía excrecencias ideológicas capaces de evocar consignas como las que pudimos leer en los muros capitalinos: “Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”.  Manifestación contundente del poder alienante de una ideología sadomasoquista trastocada en religión atea. No por casualidad, como viéndose al espejo, Marx definía la religiòn como el opio de los pueblos.

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Pero en la Venezuela de hoy,  el hambre no es una añoranza del patetismo revolucionario, ávido de circunstancias favorables para una imaginaria inmolación literaria o poética. El hambre es hoy, una realidad chocante, anunciada desde el estómago y el cerebro de millones de venezolanos por sus respectivos neurotrasmisores. El abuso y la arbitrariedad que siempre caracterizaron el chavismo, lucen desnudos. La almendra de cianuro perdió su capa de chocolate.  Los ejecutores del mandato ya no actúan movidos por la fe patriótica en la causa. Para actuar, deben figurar en nómina oficial (acto administrativo), los funcionarios no reciben órdenes razonadas de acuerdo a tales o cuales preceptos jurídicos, filosóficos o premisas. Reciben  órdenes a secas. La figura del cuartel se acomoda adecuadamente al marco político venezolano.

3.-  La jaula  de hierro

El novísimo socialismo del siglo XXI,  devino  en lo mismo que el viejo del siglo XX: una dictadura burocrática  ejercida por la camarilla cívico-militar que controla el partido. Pero Weber no tenía por quéavizorar la manifestación de su concepto en los escenarios políticos tropicales. Para el ilustre sociólogo alemán, el burocratismo puro está vinculado al personalismo político, a regímenes despóticos, caudillescos y monarquías absolutas. El aparato burocrático, obsecuente a los dictámenes de quienes mandan,  convierte la obediencia en principio rector de su existencia. Con semejante guía para la acción, el funcionariado nada tiene que ver con vocación de servicio, eficiencia, o meritocracia. Su tarea esencial es contribuir a la preservación del orden vigente, asegurar las posiciones hegemónicas de quienes controlan el poder. Ilusos los que esperan alguna rectificación del gobierno actual.

En Venezuela pasamos del personalismo caudillesco ejercido por el amado líder intergaláctico, a la colegiatura despótica encabezada por Maduro. Es la camarilla formada por civiles, militares venezolanos y asesores cubanos, contrarios a toda autonomía institucional, radicalmente opuestos a la separación republicana de los poderes públicos. Desde su cenáculo, producen las órdenes que bajan a su dúctil cuerpo burocrático.

Se prefiere la transmisión directa del mandato: no es ecología, no es por ahorrar papel,  sino para eludir evidencias puestas en el memorándum, la carta o el escrito formal. De una llamada telefónica puede depender el signo de la justicia, la libertad o prisión de algún ciudadano, un dictamen del TSJ, el acceso a dólares subsidiados, una bolsa alimentaria, la medicina para el paciente crónico, la golpiza para el diputado, la vida o la muerte de algún adversario. Para operar de este modo mafioso, previamente ha debido concentrarse la autoridad de modo férreo.

Y no es que uno dude de la habilidad e inteligencia política del otrora conductor de buses. Su inteligencia se prueba cada vez que logra mantenerse en silencio. Pero tal concentración ya la había recibido Maduro del príncipe de Sabaneta. Maduro, al recibir el trono, también recibió el formato del pacto estamental que hoy nos gobierna: una colegiatura burocrática militarista-castrista, empeñada en mantenernos en una jaula de hierro. Contra esto nos enfrentamos, contra un régimen que no resolverá siquiera uno de los múltiples y graves problemas nacionales, pues su lógica del poder le compele actuar sólo para preservar el mando.