Mientras en Colombia unos abrazan la paz en Venezuela pareciera que algunos se nutren de la guerra

Por Carolina Abrusci @caroabru.- Sobre Venezuela se debatirá hoy en la OEA y para Colombia se abrirán nuevas etapas en La Habana. Ambos países son noticia: el primero por informaciones menos placenteras que el segundo. Lo que suceda hoy en ambos casos definirá los rumbos, por lo menos, de los cortos y medianos plazos tanto de los venezolanos como de los colombianos. Y con ello, mientras Colombia transita hacia la paz, pareciera que en Venezuela hay quienes son fanáticos de la guerra.


Carolina Abrusci

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Por Carolina Abrusci @caroabru.- Suena exagerado pero no lo es. En su obra “De la guerra”, Karl von Clausewitz la define como “un acto de fuerza para imponer la voluntad al adversario”. Así nos tiene a los venezolanos el gobierno de este país.  Sometidos. Somos víctimas de una imposición de su voluntad de tenernos desabastecidos, desinformados, atemorizados. Para Clausewitz, la guerra “no es otra cosa que un duelo en una escala más amplia”.  Ese duelo prolongado existe hoy en Venezuela.

Se trata de un duelo político cuya crudeza se ha agudizado por el drama de lo social. Y lo social tiene sus propios tiempos. Quien necesita un medicamento para calmar o curar las dolencias de una enfermedad simplemente no puede esperar a la aprobación de un referéndum revocatorio, o a que se acuerden las condiciones de un diálogo. La madre que, desesperada, lleva los mangos a su hogar para subsanar la falta de otros alimentos –por escasez o por incapacidad económica para adquirirlos-, no puede esperar a que el CNE termine de validar unas firmas, pues las consecuencias de la malnutrición están dejando ya secuelas irreversibles en el desarrollo de sus pequeños.

Y con esto no se pretende sentenciar el tiempo de lo político. Para nada. Lo político es necesario pero hoy no es suficiente. Estas líneas corresponden más bien a  un llamado a diferenciar la lógica de las dos esferas que hoy nos secuestran a los venezolanos. Y sobre todo, un llamado a la humanización de la política. A la consideración de lo social. Con estas palabras se quiere promover una empatía que hoy pareciera que, lamentablemente, no es común ni frecuente, cuando se escucha a propios y extraños enfrascarse en un conflicto que a veces da la impresión de desconocer el contexto que lo alimenta.

Ramos Allup1Hoy en Washington habrá una sesión extraordinaria del Consejo Permanente de la OEA para debatir la aplicación de la Carta Democrática a Venezuela. Henry Ramos Allup, presidente de la Asamblea Nacional, ya ha llegado para asistir al evento y hacer lo propio. Si su participación llega a tener lugar, es probable que el gobierno tome acciones que tengan el efecto equivalente de echarle más leña al fuego. En el gobierno hablan de victorias diplomáticas pero la verdad es que se encuentran perdidos: los notables y no pocos esfuerzos hechos por la delegación venezolana para cancelar la sesión por “improcedente” no prosperaron, y hoy la región y el mundo estarán atentos a lo que se decida sobre el futuro de Venezuela.

En la pasada reunión del Consejo Permanente,  el secretario general de la OEA, Luis Almagro, citó la necesaria “buena fe” del diálogo. Aseguró que “para dialogar hay que saber escuchar”. ¿Hay buena fe del gobierno? ¿Saben escuchar? Pareciera más bien que abrazan la bandera del diálogo por razones obvias. ¿Quién puede oponerse a la idea de diálogo? Golpear tal iniciativa desacredita a quien lo haga.  La apuesta por el diálogo –ese que se ha promovido en tantas oportunidades y que lamentablemente no ha prosperado- es un comodín para evitar a toda costa la aplicación de la Carta. Pero hoy las condiciones parecieran adversas para el gobierno. No se tiene ni la fuerza ni el liderazgo para maniobrar con la flexibilidad con la que se pudo en otros tiempos.

Ojalá que la sesión de hoy esté minada de argumentos y de entendimiento. Que nadie confunda el foro con un Congreso de la Patria. Que México y que Paraguay no tengan que colocar a nadie en su lugar por declaraciones ofensivas e irresponsables frente a la memoria de sus pueblos.

Muchos estaremos sintonizando, esperando que la buena fe efectivamente impere  y  no tengamos que ver a un ex presidente de otro país referirse a su visita a un preso político como una demostración de voluntad de un presidente a favor del diálogo y la paz. Dicha declaración resulta ofensiva en tanto que indica que estamos todos sometidos al designio temporal de un carcelero. Tampoco quisiéramos ver a una Canciller explicando que este año no será el referéndum revocatorio, ya que el mismo no se solicitó el 11 de enero y por lo tanto “no es posible cumplir el cronograma legal para que se lleve a cabo ese mecanismo este año”. Así lo hizo Delcy Rodríguez en la pasada sesión en la OEA, confundiendo su rol con el de Tibisay Lucena de manera impune.

DELCY-RODRIGUEZ-CMientras aquí hay actitudes que parecieran apuntar a un recrudecimiento de las tensiones, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, aseguró que la paz es un hecho, y la noticia recorre el mundo. Un país –vecino y hermano nuestro- que estaba acostumbrado a la guerra y sometido por ella comienza por fin su tránsito firme y seguro hacia una paz real, estable y duradera.

La canciller Rodríguez afirmó que Venezuela se suma al proceso de paz en Colombia. Una paz que es fruto de Hugo Chávez, según declaraciones de Diosdado Cabello en su vitrina semanal en el “canal del  Estado” (gobierno). Nicolás Maduro ha llegado a La Habana para participar en el evento. Aseguró en su Twitter que “con la diplomacia de paz avanzamos”, incapaz de aplicar el significado de esa poderosa frase en su propia tierra.

La canciller de la República Bolivariana de Venezuela  aseguró que los venezolanos “celebraremos la paz de Colombia, que es también la paz de Venezuela  y la paz de la región”. Y es cierto: los venezolanos celebramos la paz en Colombia. La asumimos como propia y le auguramos lo mejor. Lo que muchos no entendemos es cómo abandera la paz del vecino quien con sus acciones y omisiones promueve el conflicto en propio suelo. Y cómo es capaz de atribuirse la paz de otros quien en su misma casa sólo pudo sembrar odios, divisiones y carencias que atentan contra la existencia. Importante tarea para el mundo sería revisar la veracidad de un discurso cargado de retórica y de sentencias altisonantes.