Los factores que han hecho posible la destrucción del país más promisorio de Sudamérica: Venezuela

Por Ezio Serrano Páez.- No hay modo de explicar coherentemente los niveles de destrucción ocurridos en la Venezuela bolivariana sin tener que acudir, argumentalmente, a la complicidad, indiferencia o a la aquiescencia de los propios venezolanos. Cualquier juicio con pretensiones de imparcialidad, habrá de vérselas con esa chocante verdad: Las bases de la destrucción revolucionaria y la propia demolición nacional, se produjeron en medio del estruendoso aplauso de millones de connacionales.


Por Ezio Serrano Páez.- La destrucción de Venezuela ha ocurrido de esta manera. Sin la invasión ni ocupación de nuestro territorio por algún ejército bárbaro, sin cataclismos ni bombardeos, pero sí embriagados de populismo. Así logramos el prodigio de arruinar el país más promisorio de Sudamérica.

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La anuencia mostrada por los venezolanos frente a la destrucción de su propio país, parece relacionarse con tres factores de índole sociopolítico:

-La sobrestimación de lo popular (la voluntad de las mayorías).

-La consagración del relativismo legal.

-Y una Oposición guiada por el fetichismo en torno a la democracia y la ley.

De estos últimos aspectos se nutre una idea de lo políticamente correcto. Pero todos son factores encaminados a producir la ruina, sin culpables ni justicia.

1) Lo Popular: Un viraje semántico.

En estos tiempos, el populismo y lo popular reacomodan su semántica. De aquel inapetente significado que los asocia con el nazismo y el fascismo, pasan a emparentarse con la bonhomía que le atribuye dotes de asequible, candor, bondad, sencillez, lo propio del pueblo. Nunca debimos olvidar la importancia de lo popular para el nazismo. Tal como lo señala Juan Nuño, los funcionarios nazis debían ser de origen popular alemán, lo cual no apunta a la extracción humilde, sino a la pureza de la raza alemana, a su originalidad. Popular en alemán “siempre ha poseído una connotación racial”. Y en ello coinciden nuestros maniáticos de la identidad patriótica, siempre en la búsqueda del venezolano originario y verdadero, para el caso, un zambo veguero o un Bolívar digital.

En la lengua de Shakespeare, popular significa célebre, notorio, famoso, renombrado. Tiene sentido, por lo tanto, que el populismo como otras enfermedades, requiera del vector popular para propagarse. Y en ello estriba el afán de todo dictadorzuelo por hacerse el gracioso, por hacerse popular. El talante brutal y la condición dictatorial de su praxis, adquieren un excelente camuflaje. De esto probamos bastante en Latinoamérica, desde Juan Domingo Perón y el peronismo, hasta Hugo Chávez y el chavismo, sin dejar de mencionar a Fidel Castro y el castrismo. Los dictadores de izquierda se convierten en franquiciarios de la pobreza o de la causa popular. Lo cual a su vez sirve como tapa rabos para sus prácticas anti democráticas. Un tiro al piso en términos de business político. Tiene sentido lo afirmado por Ballestas: Entre las dictaduras de derecha e izquierda, las últimas son las peores, porque su fundamento se encuentra en la corrupción del alma de sus pueblos.

2) El Relativismo de la ley

Si bien el populismo no es autóctono de América, sí ha desarrollado su originalidad latinoamericana nutriéndose del casuismo jurídico hispano y la tradicional piedad católico-cristiana. Se acata pero no se cumple, hecha la ley, hecha la trampa. Como en el síndrome de abstinencia, el cuerpo enfermo reclama la dosis de aquello que produce su enfermedad. Más leyes para disimular sus carencias institucionales y cívicas. El populismo requiere de la relativización legal para enseñar que las reglas son una elaboración de los poderosos para su propio servicio. El simplismo va de la mano, pero le saca utilidad al consabido carácter histórico del derecho. Los líderes populistas atizan el resentimiento y ofrecen leyes nuevas y justas, sobre todo favorables a los descamisados. El resultado no puede ser otro: Confusión, ambigüedad, permisividad para quienes tienen el poder y pueden interpretar a su modo la justicia. Se impone la ley plastilina, el derecho acomodaticio.

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Una vez producida la aclamación popular, una vez controlado el Estado, el mismo será utilizado a placer para conservar el mando. Castro lanzó la línea: Todo dentro de la revolución, fuera de esta, nada. El muyoriginal” líder de Sabaneta hizo lo propio: Todo dentro de la Constitución, fuera de ella, nada. Hay pues, una falsa laxitud jurídica, una libertad ambigua, engañosa. El principal provento del relativismo jurídico es el ejercicio arbitrario del poder sin la descalificación dada a los dictadores: La causa de los pobres no se puede cuestionar. Si los resultados son desastrosos, no hay delito, no hay dolo ni saqueo o crimen: Se trata de errores muy humanos, problemillas de apreciación, todo es relativo.

3) Fe democrática

Se funda en la llevada y traída genética democrática del venezolano. Pese a nuestras reticencias frente al nazismo o nuestro rechazo al positivismo decimonónico, nos complacemos en admitir una genética democrática del venezolano, desvinculada de una patología anárquica criolla. Y no puede ser de otro modo sino “de muy buena fe”, se argumenta, que la actual catástrofe nacional es producto de una intoxicación democrática, algo pasajero y leve, como una ingesta desmesurada de frijoles democráticos, que bien puede resolverse soportando los dolores ocasionales y tomando algún paliativo gástrico.

Tenemos fe en que esto va a pasar, no sabemos cómo ni cuándo, pero tenemos fe en que lo vamos a superar. De esta manera, la destrucción del país, el saqueo y el pillaje, la represión brutal, la violación sistemática de los Derechos Humanos, la militarización de la vida pública, y todo desafuero anti-republicano, aplaudido por millones de venezolanos, se desdibujan como simple indigestión democrática, errores de párvulos que aprenden el oficio público. Y no es que sea malo tener fe en algo, pero al menos la tradición nos advierte “ver para creer”. En tanto nosotros invertimos la polaridad en un “creer para ver”. La fe democrática nos lleva a la ceguera.

4) El venezolano democrático y la fe

Tras la derrota de las movilizaciones de la clase media ocurridas entre el 2001-2004, sobrevino el apaciguamiento y la estigmatización de las luchas democráticas en la calle. Un toque de desprecio suscitó aquellas movilizaciones por no ser representativas de lo genuinamente popular. El apotegma de “golpistas” penetró tan profundamente en el imaginario colectivo que produjo una conciencia política acomplejada y timorata, a la hora de enfrentar el populismo militarista. La mala conciencia del 11 de abril acentuó las diferencias y divisiones entre quienes se oponían a la destrucción del país. La lucha callejera, el arma cívica más poderosa hasta el momento desplegada, entró en desuso para dar lugar al surgimiento del fetichismo legal enfrentado al avance del relativismo jurídico populista. Lo más usual es que ocurra al revés, pero en Venezuela, los pragmáticos relativistas controlan el Estado, y los fetichistas están en la Oposición.

Mientras el populismo despliega su ruinosa y demoledora acción violatoria de la Ley, los fetichistas del derecho recuerdan los códigos, artículos, numerales y literales que sistemáticamente son violentados. Esta postura se hermana con el fetichismo democrático en un punto: Ambos reducen la acción política opositora a los marcos permitidos y delimitados por la dictadura populista. Es la defensa de la democracia reducida a la confrontación Asamblea Nacional vs. Tribunal Supremo de Justicia.

Mientras las masas populares optan por el detestable saqueo, o aceptan las colas humillantes para obtener algún producto. La libertad se juega en los trámites o gestiones opositoras tras la única opción admitida: El evento electoral del momento. El sujeto que se plantee formas de acción fuera de lo permitido, será tachado de antidemocrático o golpista. El activista por la democracia, no sólo debe ser, además debe parecer. Es la mala conciencia surgida del 11 de abril, como si el 4F no fuese anterior. Y es también un modo de preservar una zona de confort político, en tiempos en los cuales no abundan los espartanos. Nadie está obligado a inmolarse, y si lo hace es un pendejo. Al fin y al cabo, no hay mal que dure cien años.

Lo correcto es esperar y aguantar, aunque los escombros caigan muy cerca. La profecía del venezolano patriota debe encajar como elefante en refrigerador. En este contexto, el sentido de un venezolano democrático se asocia a un sujeto dotado con mucha capacidad de aguante, (¿Paciente o indolente?), resignado, obediente. La fe vendría a ser su virtud suprema, pues lo políticamente correcto es creer en el discurso según el cual saldremos de esto en sana paz, sin lesiones, hermanados, sin cicatrices. Y para ello sólo hay un modo: Esperar los resultados de las diligencias ante la tenebrosa burocracia oficial, en procuran de la permisología necesaria para votar. Eso es lo que hay, preservar la fe que no admite dudas, aunque ello suponga el auto engaño. La justicia puede seguir esperando.