Donald Trump al desnudo y detrás del muro

Por César Morillo (Washington).- Estamos ante la presencia de una versión sofisticada de populismo que ha llegado al propio centro del poder planetario y hoy se erige como una posibilidad real. Todas las encuestas dan un empate técnico, incluso las más optimistas a favor de Hillary sólo le otorgan el 3% de ventaja. El asunto está que este hombre que dice poder arreglarlo todo, y se ofrece como salvador y el emancipador de una América para hacerla de nuevo grande, ha despertado los peores fantasmas de la sociedad norteamericana, como el racismo y la xenofobia.


Por César Morillo (Washington).- Algunos dicen que todo comenzó como un juego, una especie de reality show al cual concurriría como concursante para ponerse a prueba, y demostrarse a sí mismo lo bueno que es, y cómo siempre logra lo que se propone.

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Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de EE.UU.

Quienes lo vieron llegar lo menospreciaron, apenas voltearon para observar de reojo ese hombre excéntrico diciendo disparates. “Construiré un muro en la frontera con México” dijo, y todos se echaron a reír; luego aseveró que expulsaría a los musulmanes y que acabaría con ISIS; mandó a callar a periodistas en sus ruedas de prensa y anunció que deportaría masivamente a los mexicanos porque la inmensa mayoría son delincuentes.

Comenzaron a criticarle pero con cierto desdén, como evitando darle más importancia de la debida.

Llegó el momento del arranque y corrió la primera batalla, el estado de New Hampshire, y lo ganó con comodidad, y luego vino Iowa donde perdió y ahí cantó fraude. Los republicanos de la cúpula comenzaron a preocuparse, pero este hombre de un ego tan grande que parece superar el tamaño de todas las torres que llevan su nombre, se movía con una velocidad mayor que las acciones de los adversarios que comenzaron a contemplar atónitos como a sus 70 años, este novato en la política, les estaba ganando la partida.

Donald Trump es hoy una realidad, ya no sólo una amenaza. En cada concentración, cuando anuncia sus propósitos, por muy descabellados que parezcan, la gente lo corea a rabiar.

“Donald, construye el muro, Donald construye el muro” repetían ayer sus seguidores en uno de los mítines de cierre de campaña. “Voy a acabar con los políticos corruptos”, llegó a decir, y de nuevo la gente le acompañaba aupándolo a meter presa a Hillary.

Poco importa que este hombre que se presenta como honesto, no presentase su  declaración de impuestos, como la tradición indica. La gente, o parte de ella, le cree y le sigue ciegamente, y él lo sabe y lo aprovecha. Llegó a decir con el mayor desparpajo que si sacaba una pistola en una calle de Nueva York a plena luz del día y le disparaba a una persona delante de la multitud, aun así no perdería popularidad porque sus seguidores le eran muy fieles.

05 Jan 2016, Claremont, New Hampshire, USA --- Republican Presidential candidate Donald Trump appears at a rally in Claremont, NH --- Image by © Brooks Kraft/Corbis

Estamos ante la presencia de una versión sofisticada de populismo que ha llegado al propio centro del poder planetario y hoy se erige como una posibilidad real. Todas las encuestas dan un empate técnico, incluso las más optimistas a favor de Hillary sólo le otorgan el 3% de ventaja. El asunto está que este hombre que dice poder arreglarlo todo, y se ofrece como salvador y el emancipador de una América para hacerla de nuevo grande, ha despertado los peores fantasmas de la sociedad norteamericana, como el racismo y la xenofobia.

Esta ola de populismo planetario suele tener características similares en cada lugar donde aparece. Un salvador que asegura redimir a los de abajo, que por sí solo le basta para resolver todos los problemas que “los políticos no pueden por corruptos”. Algunos son de derecha, como Le Pen o Fijimori, o Hitler y Mussolini más atrás; otros de izquierda como Castro, Ortega o Chávez; pueden ser militares o civiles, pero el formato es parecido; suelen tener excelentes dotes oratorias y decir u ofrecer promesas irreales y hasta irresponsables con tal de complacer a la masa que ha contenido su rabia por mucho tiempo y que piensa en venganza y que siente llegado el momento para tomarla, y que se ha encontrado con el instrumento para su desahogo.

museo03Eso sí, tengamos presente que ese demagogo, capaz de convertirse en una seria amenaza, que ofrece dulces envenenados a una sociedad ansiosa, ha llegado gracias a un enorme vacío. El populista de turno no ha inventado su caldo de cultivo, sólo lo ha aprovechado para sus particulares intereses.

Aparece con fuerza ahí donde el Estado y sus instituciones han perdido terreno en lo social, cuando la economía se tuerce y empuja a la miseria a muchos ciudadanos, dejándolos en situación de vulnerabilidad. La población se entrega a la búsqueda de un hombre “fuerte”, un mesías redentor dispuesto a decirles lo que desean escuchar, un “salvador”, pero también un vengador, alguien que “castigue a los malvados”, que tome en sus manos la venganza que anhelan y que calme la rabia acumulada. El germen populista aparece ahí donde hay quienes estén dispuestos y necesitados de su discurso. Es más  una consecuencia que una causa, conveniente tenerlo presente. Plantea un reto para quienes defendemos la democracia y creemos que justicia y libertad pueden ir de la mano.

¿Habrá antídoto para este pernicioso fenómeno? Está por verse, y hoy en Estados Unidos  se libra la batalla definitiva. Hoy sabremos si la polarizada sociedad americana se inclina por una opción más diversa, multicultural y progresista, o por la introspección, el racismo y la xenofobia.