No habrá Unidad si no se elabora un relato unitario frente al chavismo

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- La precariedad discursiva venezolana está afectando severamente la acción unitaria, imprescindible para salir del atolladero militarista. Y esto se hizo palmario al admitir la definición Dictadura como asunto meramente semántico.


Ezio Serrano Páez.

Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Doménico Rinaldi es un viejo inmigrante europeo. Con sus más de seis décadas de vivencias venezolanas, ya se dice conocedor del alma nacional, mucho más que cualquier “bambino”, de esos que ahora pretenden conducir el destino nacional. Para comprender al país, Doménico no invierte mucho espacio de su vida cotidiana (dedicada a la sastrería): Confía en su intuición, ya probada en viejas contiendas. Percibe los tiempos actuales como “los peores que le ha tocado vivir” desde su arribo a Venezuela en los años ‘50 del siglo pasado.

Seguro y confiado en su “certeza sensible”, se formula una pregunta y se otorga la respuesta existencial, categórica y precisa: ¿Cómo es posible que el peor gobierno de nuestra historia, con el peor presidente de la historia, con los peores resultados de nuestra época moderna, se mantenga en el poder contra todo pronóstico? Su respuesta es tan simple como perturbadora: Porque este Gobierno ha tenido la peor Oposición de toda la historia.

Abunda en detalles y ejemplos, con su italiana vehemencia, nos enmudece sin permitirse escuchar nuestros argumentos defensivos. Luego de su alud argumental, aprovechando las señas de su propia extenuación, logramos frenarlo con una simple interrogante: ¿Acaso usted no votó por Hugo Chávez y Nicolás Maduro? Sólo se contuvo por unos segundos, pero luego ripostó: “Los de antes eran iguales, fueron ellos los que nos trajeron a Chávez”. Ciertamente, Doménico es tan venezolano como la arepa y prueba de ello es su imperturbable seguridad afirmativa y la vocación para evadir su responsabilidad.

1. Dos certezas muertas 

La certeza vehemente exhibida por Doménico, es en realidad la demostración nerviosa de su propia incertidumbre. Y es que, cuando no encontramos respuestas en un relato o discurso general, coherente y bien fundamentado, pues le damos rienda suelta a la creación de nuestras propias teorías explicativas o echamos mano de cualquier versión que nos resulte atractiva, fácilmente digerible. Las teorías de la conspiración suelen ser las más exitosas, sobre todo en situaciones de orfandad de liderazgo. Por muy burdas y ligeras, estas versiones interpretativas de la realidad sustituyen a los grandes relatos ya muertos o agonizantes, pues resultan preferibles a la insufrible incertidumbre.

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Hasta los años ‘80, cuando en Latinoamérica reinaban las dictaduras, llegó a hablarse del excepcionalísimo venezolano por la vigencia y fortaleza democrática vivida en medio del pantanal militarista. Hoy, tal excepcionalísimo opera al revés. Y no luce tan absurdo culpar a los opositores, vendidos o rendidos. Siempre debe haber algún culpable, sobre todo cuando pocos defendieron lo que hoy se añora. En realidad aquellos tiempos, no tan dorados, de la democracia venezolana, se fundaron sobre dos grandes relatos hoy sepultados: 1) La creencia en el progreso y el ascendente bienestar general, capaz de realizar nuestra versión del American Dream; y 2) La creencia en la superioridad de la opción democrática frente a la otra, la del Socialismo Real, pese a su oferta igualitaria. La misión histórica del chavismo fue destruir estas dos versiones interpretativas de la realidad sustituyéndolas por chatarra ideológica, comprada y procesada por los venezolanos.

2. Un exitoso relato para la destrucción

Una pregunta surge inevitable: ¿Por qué los venezolanos compraron el nuevo discurso, asegurándole su éxito rotundo? La respuesta a esta pregunta, con seguridad, habrá de ocupar tiempo y espacio en la reflexión futura de muchos venezolanos. Pero urge sopesar al menos lo evidente. Las dos certezas mencionadas se sostuvieron sobre el consumo creciente de la renta petrolera, y es posible correlacionar el colapso rentista con la crisis de expectativas entre los venezolanos, quienes luego venderían el alma al Diablo. Pero este tangible no explica, por sí mismo, el agotamiento del discurso democrático y del progreso. Tampoco asegura el éxito del discurso de la destrucción chavista. Doménico, sin proponérselo, brinda una pista con su afirmación categórica: El peor Gobierno de nuestra historia se sostiene porque ha contado con la peor Oposición de nuestra historia. Aparte del reconocimiento de innegables errores tácticos, no existen elementos factuales para sostener tan temeraria afirmación. Pero tal creencia pone de bulto un aspecto trascendente: La responsabilidad primaria de las élites políticas en la producción, difusión y concatenación de la narrativa con la praxis política. Y esta responsabilidad (interpretada por Doménico como culpa) se ha expresado de dos modos:

1) La incapacidad de la Oposición para ofrecer una respuesta discursiva capaz de enfrentar el discurso de la destrucción.

Y 2) La incapacidad opositora para formular o reformular el relato democrático que explique la crisis venezolana.

3. No hay Unidad sin relato Unitario: El venezolano contra sí mismo

Porque sin relato creíble, con suficiente fuerza explicativa, toman aliento las certezas singulares o individuales y la incertidumbre, como en Doménico. Lo cual traduce la dispersión de la energía política y fortalece la explicación de uso favorito por parte de la dictadura: La conspiración diabólica como nube negra al acecho del “buen gobierno”. Un derivado todavía peor emerge del pantano discursivo hoy predominante: El venezolano profundiza su proverbial desarraigo afrontando la dura realidad, desprovisto de cualquier herramienta que permita comprender lo que ocurre en su entorno, es la negación de la conciencia política. Es el venezolano naufragante, movido por el más primario de los instintos, el de supervivencia. Bajo tal motivación, no requiere de ninguna explicación existencial. El relato coherente y creíble, por lo tanto, refuerza la unidad en el diagnóstico, en los medios para alcanzar los fines, refuerza la certeza fundada en la mancomunidad de intereses, proporciona una noción de alteridad y favorece el arraigo. Es curioso y contradictorio que la Oposición requerida y afanada por ofrecer esperanza a los venezolanos, descuide el habla, los conceptos, la coherencia y las fundamentaciones de su acción. Porque el relato, el discurso y las certezas que puede originar, constituyen el más poderoso combustible para la movilización. Es ni más ni menos, la ideología, capaz de alimentar sin requerir alimentos, capaz de llevarnos a destruir, pero también a crear.

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4. La Dictadura: Distribuyendo las miserias

La precariedad discursiva venezolana está afectando severamente la acción unitaria, imprescindible para salir del atolladero militarista. Y esto se hizo palmario al admitir la definición Dictadura como asunto meramente semántico. Se olvidan de la estrategia estelar del relato de la destrucción, es decir, la democracia protagónica como entidad superior a la dictadura puntofijista o democracia representativa.

La nuestra no era democracia verdadera, y esto les daba derecho a liquidarla. Los proventos ideológicos de esta leyenda urbana habían sido celosamente cuidados por el militarismo venezolano hasta que el gobierno de Maduro los despojó de cualquier argumento, mostrando  la pelambre dictatorial sin censuras. Pero esta desnudez no ha traducido del lado opositor ninguna variación táctica o estratégica, ni la reivindicación discursiva de la democracia representativa, la única realmente existente. Los mismos métodos, los mismo medios, las mismas acciones. El diagnóstico político no se altera, cuando más unidad se requiere, menos unidad se demuestra. Si una dictadura ciega el futuro de todos, ¿Cómo no discernir sobre la unidad de todos para enfrentarla?

Todo el cuerpo social venezolano es una entidad invertebrada que favorece el desespero, la incoherencia y el sálvese quien pueda. La organización del descontento debería ser la orden del día, pero esto no es posible sin el relato cargado de certeza. Por allí vemos a los comerciantes, los productores, los transportistas, los profesionales. Todos descargando sobre el lomo de la gente el terrible peso inflacionario. Los sindicalistas resignados con su 40% de aumento, frente a una inflación del 500%. Los buhoneros, los policías, los guardias, ladrones y bachaqueros. Todos en una loca carrera por el premio a la picaresca que distribuye pobreza. Las certezas particulares fundadas en el instinto. Con tanta miseria humana desatada, el tal estallido social no pasará de pillaje y saqueo, robo y autoflagelación. Robar auyamas, nunca será alternativa frente al hambre, y justificarlo no fortalece un relato coherente y unitario. Pues todo robo, por muy pequeño que sea, agrega leña a la hoguera de la incertidumbre.