Bolívar y el petróleo como fuerzas modeladoras de la identidad nacional

Por Ezio Serrano Páez y Miguel Martínez Meucci.- El advenimiento del chavismo, por lo tanto, se produce en un marco festivo, a toque de redoblantes. Fue como si la sociedad venezolana lo hubiese esperado por décadas, y ya podría disfrutar de su natividad. ¿Cómo explicar semejante atrofia ideológica en una sociedad supuestamente ávida de cambio y progreso? Simplemente porque el tal cambio deseado era y es, la vuelta al festín rentista bajo camuflaje Bolivariano. Como en le novela de H.G. Wells, los monstruos ya estaban entre nosotros, y sólo esperaban el momento adecuado para emerger desde las entrañas de la sociedad.


Ezio Serrano Páez.

Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez y Miguel Martínez Meucci.- La condición paradójica del bolivarianismo y el rentismo petrolero son aspectos que producen un fuerte impulso inicial para la construcción de la república moderna, pero su evolución posterior los convierte en ataduras del tradicionalismo. Rémoras de un pasado negado a perecer, produciendo atavismos operantes en la conciencia colectiva que identifican a una sociedad atrapada entre tradición y modernismo.

Para la construcción de la República de Venezuela, con las notas claves de un país moderno, se ha tenido que lidiar con dos ataduras tradicionalistas. Son dos aspectos de naturaleza esencialmente ideológica, cuya influencia sobre el devenir venezolano los convierten en las dos grandes paradojas de nuestro proceso histórico: a) Bolívar y el bolivarianismo, absolutamente asociados con el proceso de ruptura con el orden antiguo colonial y b) el petróleo y el rentismo, radicalmente asociados con la noción global de progreso. La condición paradójica de ambos aspectos radica precisamente en producir un fuerte impulso inicial para la construcción de la república moderna, pero su evolución posterior les convierte en ataduras del tradicionalismo. Rémoras de un pasado negado a perecer, produciendo atavismos operantes en la conciencia colectiva.

El Bolivarianismo nutre un imaginario decimonónico, los arquetipos del personalismo caudillista, del héroe providencial. En tanto la renta petrolera alimenta la quimera de una cornucopia venezolana: La prosperidad mágica de una economía sin producción. El resultado no puede ser otro: Una sociedad hibrida, a medio camino entre el progreso y el atraso, sujetos cautivos en un punto medio, entre lo sublime y lo absurdo. Una sociedad atrapada por resabios de la tradición, pero inepta para digerir exitosamente los productos de la modernidad.

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Un cruzado inapetente

Los mencionados pivotes ideológicos, con su carga prodigiosa de motivaciones, se mezclan, se entrecruzan con resultados tan diversos y plurales que pueden retar la imaginación de quien se aventure a comprender. Durante la mayor parte del siglo XX, sin entenderlo, nos abrimos al mundo y sus vientos transformadores, pero cargando el viejo libro de un proyecto fallido.

Mientras en el plano material orbitamos el planeta, en el plano ideológico político, nos amarramos a glorias pasadas y provincianas. Lo cual no tendría nada de malo, si el futuro no se mirase a través de un espejo retrovisor. Hazañas rancias y enmohecidas, resultaron preferibles a la nueva épica, implicada en la construcción de una sociedad democrática y plural. Con nuevos añadidos al cruzado ideológico, se hace más pesado y difícil su digestión: El positivismo, el marxismo, la social democracia, el social cristianismo, el nacionalismo, y otros ismos, se untan de Bolivarianismo. El viejo colonialismo español había cedido el paso al colonialismo ideológico, consecuencia inevitable para un país que no atina a comprender su propio proceso. Por fortuna, existió una élite democrática que libró la batalla por el progreso con libertad. Su contribución menospreciada, nos ha permitido sobrevivir.

Rentismo y Bolivarianismo: Los atavismos continúan

Procurando evitar los determinismos, destacamos la marcha y valoración de lo político venezolano, concatenado con los procesos distributivos de la renta petrolera. Así por ejemplo, la noción del buen gobierno queda sujeta a la construcción de obras, es decir, a la transferencia de renta o al reparto clientelar de aquella. No es buen gobierno aquel que propicia la libertad y la auto realización ciudadana, sino el que reparte las consabidas migajas.

Una consecuencia nefasta de tal dinámica, es la instrumentalización de la política en una relación de clientela de la cual participan, tanto el liderazgo como sus seguidores. Si los precios del petróleo bajan y la distribución rentista se restringe, entra en escena el atavismo Bolivariano, mostrando la traición del proyecto originario y la inefable corrupción como variable capaz de explicarlo todo. Hasta allí llega nuestra conciencia crítica. En casos extremos, el Bolivarianismo se manifiesta en forma de Iglesia, es decir, de secta religiosa con militares como sumos sacerdotes, herederos del culto original. La maldición Malinche venezolana, es la traición al “verdadero” proyecto de Bolívar, o la ausencia de un tal proyecto nacional, algo así como el arca perdida de los venezolanos. Recurso por lo demás exitoso, en un país en el cual nadie se atrevería a proclamarse anti-bolivariano.

El liderazgo en lo público y en lo privado, queda atrapado por el método para hacer política y hacer economía: Acceder al poder, es acceder a la renta y a la prosperidad de los negocios. La gran hazaña del Chavismo ha consistido en la distribución personalista de esa renta, con un camuflaje Bolivariano que no llega a tapar las vergüenzas.

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El culto a Bolívar o “la historia soy yo”

Y nuestra maldición no es la de los recursos. Es más bien una suerte de incapacidad para aprender del pasado, una insistencia en cometer los mismos errores. Pero, ¿Qué es lo que nos lleva a recaer del mismo modo? Posiblemente una precaria valoración de los tiempos vividos.

En otras naciones el pasado es noción de origen, representación de nuestros ancestros, historia de aciertos y errores, terreno para sumergirse en la reflexión y la comprensión. Bien público digno de preservarse, oportunidad para la gratitud, recordatorio de nuestros límites y, en general, todo lo que permite al ser humano madurar -como persona y como sociedad-. De esto emerge un capital social de valor vinculante, colectivo. Pero en nuestro caso, la historia existe como arsenal mitológico, la mera representación pueril del héroe supuestamente infalible. Otros pueblos tienen historia; nosotros tenemos a Bolívar. Pero nuestro héroe no conoció el petróleo, la otra gran fuerza modeladora de nuestra identidad. Equiparar el buen gobierno con el buen reparto se instaló en nuestros imaginarios sociales, y lamentablemente una gran parte de nuestros políticos no lograron permanecer inmunes a ese mal. Si Bolívar viviera, repartiría mejor que nadie. Un nuevo liderazgo debe afrontar esta conciencia atávica. Tarea nada fácil si se desean buenos cimientos para construir.

Sísifo, un vanguardista

El advenimiento del chavismo, por lo tanto, se produce en un marco festivo, a toque de redoblantes. Fue como si la sociedad venezolana lo hubiese esperado por décadas, y ya podría disfrutar de su natividad. ¿Cómo explicar semejante atrofia ideológica en una sociedad supuestamente ávida de cambio y progreso? Simplemente porque el tal cambio deseado era y es, la vuelta al festín rentista bajo camuflaje Bolivariano. Como en le novela de H.G. Wells, los monstruos ya estaban entre nosotros, y sólo esperaban el momento adecuado para emerger desde las entrañas de la sociedad.

Por desgracia, no fueron suficientes los esfuerzos de nuestra democracia por superar ambos males. Ni se convirtió a Bolívar en un ser humano, excepcional pero humano al fin, ni se logró superar el espejismo del supuesto “justo reparto” de la riqueza. Y así, pasado el tiempo, de una dificultad en otra, nuevas “vanguardias” políticas van emergiendo, una tras otra, prometiendo el “cambio”, la posibilidad de alcanzar la tan anhelada justicia social, pero sin que la vía para ello parezca modificarse un ápice. Como Sísifo redivivo en El Caribe, pareceríamos condenados a cargar una y otra vez con la misma pesada roca sobre nuestras espaldas, desde Caraballeda hasta la Silla de Caracas. Tal vez sea esa una de las razones por las cuales ha resultado tan difícil decantar el liderazgo opositor.

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El chavismo de oposición

Las mismas mañas, las mismas fórmulas corregidas y aumentadas. No son las grandes diferencias ideológicas las que auspician los impúdicos saltos de talanquera, o impiden una férrea unidad opositora, tanto como las quebradizas motivaciones y la brumosa percepción de la realidad política. Y así, cuando deberíamos estar absolutamente claros en las limitaciones de un Bolívar reencarnado como fórmula salvadora, cuando deberíamos saber como nadie, de qué va la “enfermedad holandesa” (más venezolana que la arepa), o la inflación y sus causas, cuando las patrañas chavistas revestidas con esa mezcolanza mal digerida de nuestros peores mitos, ya debería despertar la repulsa general. En fin, cuando el hartazgo ya parece desbordarse, justamente ahora nos encontramos con que buena parte de las pretendidas vanguardias que nos ofrecen un “cambio” no son más que reproductores de las mismas recetas del fracaso.

De este modo, nuevamente nos encontramos con “oposiciones” que nos hablan de Bolívar, del proyecto traicionado, del país inmensamente rico, de la verdadera justicia social, del verdadero socialismo redentor. Pretenden adecentar el verde militar como opción de gobierno, bajo el argumento de que los “nuevos” o “arrepentidos” o “genuinos intérpretes de Bolívar” sí van a saber repartir esa riqueza inagotable que unos pocos tienen represada.

Los nuevos liderazgos tienen el inaplazable reto de producir un nuevo relato, otra versión acerca de las razones de nuestro fracaso, pero también se deben reconocer nuestros aciertos. Soltar las amarras del rentismo y el Bolivarianismo constituye un reto inaplazable para un liderazgo sensato y valiente.