Ante la guerra política del Gobierno cómo debe ser la estrategia de la MUD

Por Ezio Serrano Páez y Miguel Martínez Meucci.- En consecuencia, haría falta una reestructuración de la unidad democrática que le permita combinar su ya demostrada capacidad para competir y ganar elecciones con la hasta ahora ausente habilidad para articular a la ciudadanía en pos de movilizaciones constantes y masivas, necesarias para ejercer la presión imprescindible, para forzar al régimen a ceder verdaderos espacios de poder.


Por Ezio Serrano Páez y Miguel Martínez Meucci.- Cuando 2016 asomaba su rostro, parecía iniciarse un ciclo de cambios a partir de la contundente victoria opositora en las elecciones parlamentarias de diciembre del 2015. La evolución mostrada por los acontecimientos habría de probar el insondable abismo que divide a los venezolanos: Un gobierno que despliega su actuación bajo el esquema de guerra política, mientras la Oposición se empeña en jugar en el tablero institucional diseñado y arbitrado por el Gobierno guerrerista.

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Esta asincronía, exhibida a lo largo de los 18 años de Revolución Bolivariana, no debió sorprender al liderazgo opositor, entrampado para finales de 2016 en un falso dilema: La calle o el diálogo. Las manifiestas incongruencias condujeron a un feliz año nuevo para el Gobierno, y a la amargura de la derrota para la inmensa mayoría de los venezolanos, agobiados por una administración sin frenos y sin escrúpulos.

El esperanzador 2016 había transcurrido de la euforia al desconcierto, de la embriaguez optimista al pesimismo desmoralizante. Y no es para menos, tras las secuelas de un proceso político destructivo que ya arriba a dos décadas. Con tal cuadro a cuestas, el liderazgo opositor  carga sobre sus hombros con una cuota importante de responsabilidad, al no lograr impedir aquellos escalofriantes resultados. Queda probado que las buenas intenciones no fecundan.

1.Y sin embargo, ¡Venezuela vive, la lucha sigue!

Por fortuna, “no es serio este cementerio” y aún los muertos matados algo de salud pueden exhibir. Los hechos políticos del 2016 al menos corrieron el velo que impedía la caracterización apropiada del régimen autocrático venezolano. Con tal sistema al desnudo, encaminado al aislamiento internacional, en bancarrota, imposibilitado para realizar sus compras generalizadas de dignidad, y con un presidente gris hasta la detestación, con tales atributos en el poder, bien vale la pena reagrupar las fuerzas democráticas, persistir y mantenerse de pie.

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Al régimen sólo le queda el fraude y la mentira como líneas de acción. Hemos llegado al punto en el que el menospreciado debate en torno a su caracterización al menos arroja cierto consenso generalizado sobre un punto importante: Más allá de los apellidos, el nombre de este régimen que nos aplasta es el de “autocracia”. A nueva definición, otros procedimientos, porque el asunto no es sólo de semántica y de acuerdo con esto, consideramos que la posibilidad de reedificar la república y de recuperar la democracia amerita que entendamos con qué tipo de autocracia estamos lidiando. Algo debería estar absolutamente claro: Sin organización y sin unidad de acción, la autocracia no será derrotada.

  1. Sobre la presente autocracia venezolana

Autocracias hay de izquierda y de derecha, revolucionarias o conservadoras, dependiendo del tipo de discurso y prácticas que desarrollen. Si las dictaduras de derecha privilegian el orden que suele garantizar la preservación de lo conocido, las de izquierda no temen al desorden si con él creen que modifican las estructuras sociales y mantienen el control político. Y en este sentido, no cabe duda de que a la autocracia que nos oprime, lo último que le importa es el orden.

El discurso utilizado desde el poder, ha estado esencialmente vinculado con la tesis del marxismo y la izquierda global no ha tenido empacho en apoyarlo o verlo con simpatías. La Cuba castrista ha sido no solamente su principal socio y manager, sino el vínculo operativo con una multiplicidad de actores en el plano internacional que comparten su aversión a la democracia liberal. En resumidas cuentas, la autocracia chavista no es de derecha, no estamos ante un Franco, un Pinochet o una junta militar al estilo Videla, Galtieri y compañía. Tampoco nos enfrentamos a una fuerza armada monolítica, que privilegia el orden y apunta hacia algún tipo de estabilidad económica. Enfrentamos más bien un conglomerado de mafias, agremiados para delinquir bajo el amparo de los resortes del poder. Es pues, una agrupación que maneja  el aparato estatal mediante una red de vínculos inter/transnacionales que les garantizan un espacio de acción en el plano internacional, a pesar de su total distanciamiento de los más mínimos estándares democráticos.

Es un proyecto político de izquierda, cuya aversión a la democracia liberal le ha hecho encuadrarse con cuanto actor antiliberal haya en el planeta hasta convertirse en un Estado forajido y mafioso. Estas consideraciones, ya puestas en evidencia, deberían obligar a la Oposición venezolana a revisar su estrategia de lucha.

marcha023. De la definición a la advertencia

Sin duda, semejante régimen perdería unas elecciones más o menos libres. El oficialismo lo sabe y ha decidido impedir elecciones en condiciones que lo desalojen del Estado. Pero, ¿Y qué pasaría si efectivamente los conductores del Estado mafioso, en algún momento convocan elecciones? La parada electoral no debe ser descartada como estrategia oficial. El Estado mafioso sólo necesita saber los resultados por anticipado de un eventual proceso eleccionario, como un experimento de variables controladas. Y para tal propósito, sólo hacen falta dos condiciones:

1) Apelar al viejo cuento de Pedro y el Lobo, es decir, abocarse a preparar el fraude electoral, ahora  en serio. Con el actual avance de la corrupción institucional, cabe preguntarse, ¿Qué podría impedirle al Gobierno la realización de un fraude electoral?

2) Provocar la participación electoral con una Oposición dividida, lo cual debilitaría cualquier lucha anti-fraude posterior a las elecciones. Es el reino caótico que tanto les fascina. Para esto último ya tienen el entrenamiento del 2016 y la actuación alcahueta de las FA.

La no caracterización apropiada del régimen venezolano, bordea los sucesivos fracasos de una generación de políticos opositores, no entrenados para afrontar la autocracia militarista, y menos de corte mafioso. De allí las confusiones en torno a la viabilidad de un diálogo salvador, propuesto por diversos sectores nacionales e internacionales.

Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional.

Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional.

  1. ¿Y el diálogo qué?

Ni el perfil de quienes manejan el Estado venezolano, ni su comportamiento en diálogos anteriores parecen indicar que aceptarían comprometerse en acuerdos con sus oponentes políticos, máxime si éstos no cuentan con medios, ni disposición para emplear la fuerza. Pero entonces, ¿En qué se basan quienes desde la Oposición insisten en el diálogo? Posiblemente en las siguientes conjeturas:

1) Se presume que el chavismo tarde o temprano deberá afrontar elecciones.

2) Se asume que no hay modo de que el chavismo gane tales elecciones, pero se descarta el escenario del fraude, pues su proclamación en el pasado resultó favorable al chavismo.

3) Se da por sentado que quien quiera votar por una opción alternativa al chavismo sólo podrá optar por la MUD, es decir, se descarta el escenario divisionista.

4) Se considera que a través de las elecciones se puede, efectivamente, propiciar un cambio de gobierno.

5) Se parte de la idea de que cualquier opción a un diálogo con el régimen mediante el cual se busque progresivamente la realización de elecciones es inútil, imposible o demasiado peligrosa.

6) Estas condiciones no se modificarán en el curso de los próximos dos años, el tiempo que resta al mandato de Nicolás Maduro.

Si el lector da por ciertas estas conjeturas, probablemente apoyará el diálogo, pero si las considera al menos dudosas, durará también de la utilidad de ese diálogo entre Gobierno y Oposición, y por ende considerará que se requiere hacer algo distinto a lo que actualmente viene planteando la MUD.

  1. En definitiva, ¿Qué hacer?

El 2016 debió servir para clarificar la tesitura inescrupulosa y mafiosa de quienes dirigen el país. La caracterización adecuada del régimen debe propulsar un replanteo táctico para enfrentarlo. Y al respecto pueden avizorarse tres elementos esenciales:

1) Sólo un bloque opositor monolítico y muy coherente puede enfrentar la autocracia.

Henry Ramos Allup. Diputado y secretario general de Acción Democrática.

Henry Ramos Allup, diputado y secretario general de Acción Democrática.

2) La organización del descontento social, sin exclusiones, es imperativa.

3) Si bien el desenlace debe ser electoral, la trama de la obra no puede obviar cualquier forma de lucha que empuje en la dirección adecuada para desalojarlos del poder.

Hasta ahora el Gobierno ha logrado comprar a destajo, por saldos: Candelita que se prende, se apaga. Los universitarios, por su lado, al igual que la Iglesia, los estudiantes, los comerciantes e industriales y transportistas. Cada quien llevando su propia procesión para su propio entierro. El discurso político opositor debe rescatar una noción del bien común que confronte la miseria del reparto de cargos y prebendas que nos dividen, sobre todo en clima electoral.

En consecuencia, haría falta una reestructuración de la unidad democrática que le permita combinar su ya demostrada capacidad para competir y ganar elecciones con la hasta ahora ausente habilidad para articular a la ciudadanía en pos de movilizaciones constantes y masivas, necesarias para ejercer la presión imprescindible, para forzar al régimen a ceder verdaderos espacios de poder. No se trata de agarrar un fusil e irse al monte, ni de trancar vías sin ton ni son; se trata de comprender que todo régimen se sustenta en la obediencia de los gobernados, y que la articulación de una posición firme, masiva y organizada de la ciudadanía frente a los abusos del oficialismo, es la única vía para presionarlo al punto de hacerle respetar la Constitución y las leyes.