El socialismo consumista del 2012 y el socialismo hambreador del 2017 son las dos caras de la misma moneda

Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.- Venezuela es el único exportador mundial de petróleo con una parte importante de su población padeciendo hambre. El mismo régimen, el mismo proyecto político, de Chávez a Maduro. Del irresponsable derroche populista del 2012 al 2017, año 18 de la “revolución”, administrando el hambre.


Pedro Benítez.

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Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.- Para cualquier observador desprevenido y poco informado de la realidad venezolana el giro que ha dado esta sociedad desde el 2012 a esta parte es sorprendente. Ese año el país vivió un enorme boom de consumo, alimentado por el mayor pico de gasto público en términos reales de nuestra historia ocurrido desde otro año electoral, el 2006.

Para garantizar la reelección de una persona que se sabía no podría culminar el período presidencial (en realidad ni lo inició), en las elecciones presidenciales del 2012 se incurrió en un déficit fiscal de 18% del PIB, financiados con impresión de dinero y endeudamiento.

No mucho tiempo antes (2006-2007) el tráfico automotor en las ciudades venezolanas colapsó por el ingreso de centenares de miles de autos nuevos. Además, hubo un auge de importaciones y de venezolanos viajando al exterior gracias a un dólar barato suministrado por Cadivi. Mientras unos pocos hicieron fortunas casi increíbles con todo tipo de negocios con el Estado y una parte de la población viajaba al exterior, compraba autos, celulares, televisores pantalla plana, etc., otra parte todavía más grande consumía más pollo, carne, pasta y arroz.

En el camino, ese esquema económico, junto con la ineficiencia y la corrupción, fueron destruyendo la producción y la infraestructura nacional. Pero eso fue posible porque el barril de exportación venezolano (promedio al año) pasó de 24 dólares en 2002 a 86 dólares en 2008. Así cualquiera es populista.

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Hugo Chávez consiguió su sucesión de victorias electorales (no siempre justas) mediante el reparto de apartamentos, neveras, lavadoras, televisores de plasma y subsidios, y prometiendo que en el futuro se repartiría más. Esa fue la Venezuela del 2012. La del 2017 es totalmente diferente. La promesa estrella de Nicolás Maduro son las bolsitas de los CLAP.

Entre 1999 y 2012 las importaciones crecieron mucho más que la producción nacional. En promedio en ese último año consumimos 53% más que en 1998, pero el PIB por habitante sólo se incrementó en 13% en el mismo lapso de tiempo. La diferencia la llenaron las importaciones. Más dependientes que nunca ya no de las divisas que aportaba el petróleo, sino de las divisas que aportaba el precio del petróleo, ese esquema de cosas tarde o temprano colapsaría, como se advirtió una y otra vez. La profecía se hizo realidad en 2014, mucho antes de la caída de los precios internacionales del crudo.

De entonces a esta parte las consecuencias están a la vista. La magnitud y velocidad del empobrecimiento de las familias venezolanas no tiene precedentes. Los efectos sociales de los ajustes de 1989 y 1996 se quedan bien cortos en comparación. En esas dos ocasiones las fuertes caídas del salario real de la mayoría ocurrieron en el plazo de un año, pero al siguiente empezó una fuerte recuperación (1990 y 1997). Ahora llevamos tres años seguidos de caída libre.

Las secuelas sociales y humanas que este desastre está provocando lo recogen estudios como el recientemente publicado por Cáritas de Venezuela. Las cifras que aporta son pavorosas: 52% de los niños menores de cinco años padece algún tipo de desnutrición, 48% a 80% de los hogares han incurrido en alguna forma de privación alimentaria, y 31% de los hogares encuestados separó a algún miembro del núcleo familiar por falta de comida.

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En cuatro entidades federales, Miranda, Vargas, Zulia y Distrito Capital, se encontraron que 25% de los niños evaluados (202 casos) mostraron de alguna forma desnutrición aguda y 28% están en riesgo de desnutrición (225).

Venezuela es el único exportador mundial de petróleo con esta situación. Pero no es el único que en nombre del socialismo ha llegado a este desastre humano.

En todas las sociedades en las que se intentó implantar la utopía socialista (Rusia, Europa oriental, China, Vietnam o Cuba) el balance final fue siempre el mismo: Pobreza, escasez, atraso, represión política y emigración masiva. Cuando los gobernantes de esos países se percataron que el socialismo no llevaría a ninguna de sus sociedades a la abundancia, sino a todo lo contrario, descubrieron en las largas colas para adquirir alimentos o bienes esenciales y las cartillas de razonamiento instrumentos muy útiles para reforzar el control totalitario.

Entonces, comenzaron a predicar el culto a la pobreza como virtud en contraposición al consumismo desenfrenado. En el fondo estaban justificando su fracaso. Eso son los CLAP. La administración del hambre.

Pero eso tiene un costo: El fin definitivo de cualquier forma de democracia. No más elecciones. No se puede tener una cosa y la otra a la vez como tenía Chávez.

La sólo perspectiva de un socialismo de verdad de verdad le costó su primera derrota electoral en 2007. Entonces la “cuña de la carnicería” era una amenaza, hoy es una realidad.

La prioridad es quedarse en el poder, no importa que andemos desnudos.