Latinoamérica busca nuevos caminos políticos e intenta dejar atrás las promesas de la izquierda

Por Ángel Medina Devis @AngelMedinaD.- La desigualdad que provoca pobreza, que excluye o impide avance y progreso, que fortalece el esquema de una distribución injusta de las riquezas está sacudiendo a toda la América Latina. La izquierda ha perdido su fuerza, los proyectos de revolución que llegaron a finales de los ‘90 se van quedando de a poco sin sustento electoral y político. Latinoamérica está cambiando.


Angel Medina Devis.

Ángel Medina Devis.

Por Ángel Medina Devis @AngelMedinaD.- Nuestra región está inmersa en un proceso de cambio profundo, que se expresa a todos los niveles y que de forma indetenible avanza con una fuerza social que se impulsa desde amplísimos sectores de los pueblos latinoamericanos.

2016 pudiera ser el año donde comenzó a expresarse con fuerza la política este cambio, más allá de las consideraciones ideológicas, programáticas o proyectos de políticas pública, la llegada de Mauricio Macri en Argentina, y de Pedro Pablo Kuczynski en el Perú, la elecciones parlamentarias que vivimos en Venezuela, el triunfo del “No” en el plebiscito de Colombia o la derrota de Evo Morales en su intento de reforma constitucional, son las expresiones políticas de un pueblo, el de América Latina, que comenzó a dejar atrás una etapa y una propuesta, que empieza a clarificar su deseo de un nuevo camino para nuestros pueblos.

Pareciera perderse en el tiempo y en las calles de nuestras naciones, esas promesas y sueños del hombre nuevo, las venas abiertas de Galeano se esfumaron en propuestas de cambio profundo que naufragaron en el enjambre burocrático y el modelo de izquierda, de la igualdad que se quedo anidado en los marcos de los millones de cuadros de nuestros próceres y libertadores exhibidos en algún colegio de la Patagonia, de los campos bolivianos o en una comunidad indígena de nuestra Gran Sabana en Guayana.

Mauricio Macri, presidente de Argentina.

Mauricio Macri, presidente de Argentina.

La izquierda ha perdido su fuerza, los proyectos de revolución que llegaron a finales de los ‘90 se van quedando de a poco sin sustento electoral y político, es posible que sobrevivan todavía con fuerza en algunas naciones, pero lo cierto es que Latinoamérica y, sobre todo, los latinoamericanos estamos reclamando un cambio, una nueva ruta, que en ningún caso podrá ser el reciclaje de lo vivido en épocas ya sufridas y convulsionadas o la perpetuidad de lo que hoy tenemos.

El motor de esta necesidad se puede tener en dos factores, movilizadores, que excluyen y sobre todo que destruyen a cualquier sociedad, el primero es la profunda desigualdad social que padecemos, nuestra región es la más desigual de todo el planeta, la diferencia abismal entre ricos y pobres coloca un mundo de distancia entre las oportunidades y el acceso a ellas, entre los derechos previstos en las leyes y su pleno ejercicio.

Esta desigualdad que provoca pobreza, que excluye o impide avance y progreso, que fortalece el esquema de una distribución injusta de las riquezas (si es que existe esa redistribución) y que condena a generaciones a una estructura donde parecieran existir ciudadanos de primera y otros de segunda.

De esta desigualdad se llenan los discursos en las cumbres regionales, los líderes la viven reclamando y achacando a un imperio, pero luego de casi dos décadas de primacía revolucionaria, no sólo es que ha sido imposible acabarla, por el contrario, en medio de tanta retórica a veces populista, se ha incrementado.

El segundo motor, pasa a ser el más cruel e infame de todos: La corrupción. Esa que cual Robin Hood patriota y revolucionario, le quita al Estado sin piedad para dársela al nuevo rico, la corrupción como un fenómeno viral, que tomó por asalto las instituciones y puso vendas en los organismos de control, esa corrupción que no sólo roba dinero, sino sueños y posibilidades, la que sacó a Dilma Rousseff, la que se reclama en mi Venezuela, la que mantiene tras las rejas a Pérez Molina en Guatemala, la que escandaliza con sus constructoras en todo el país, la que reclaman caribeños, centroamericanos y sureños.

Pedro Pablo Kuczynski, presidente de Perú.

Pedro Pablo Kuczynski, presidente de Perú.

Es la palabra que menos se nombra cuando se reúnen nuestros presidentes, fue la bandera que se enarboló por muchos para llegar al poder, pero que se deshilachó esperando un camino para derrotarla, es esa que hace a dirigentes sociales, sindicales, culturales y deportivos del  pueblo, los nuevos ricos y potentados con grandes bienes y un nivel de vida escandaloso para quienes otrora fueron sus vecinos y compañeros de lucha. Una corrupción que denigra, que se avienta en la cara de todos cuando permanecen impávidos elefantes blancos y una justicia que se hace de la vista gorda.

Latinoamérica está cambiando y eso nadie lo va a contener, nuestra región hoy más que nunca reclama una alternativa, ya se está manifestando, esperemos que a quien le toque o nos toque llevarla adelante no frustremos de nuevo la esperanza y el futuro.