Desde ayer somos un país rehén

Por Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.- Como en cualquier secuestro express, las víctimas somos mal tratadas, sin derecho a medicinas ni comida y contribuimos con el dinero del rescate a enriquecer a las bandas criminales para que sigan haciendo del robo una industria lucrativa.


Elizabeth Fuentes.

Por Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.- “El Gobierno está débil y quebrado“, asegura un empresario que conoce el monstruo por dentro, alguien que de vez en cuando es llamado a hablar con algunos poderosos y le transmiten sus angustias. “Hasta Nicolás Maduro se queja en privado por lo que le dejaron“, asegura. Y dice más. Que la dupla Maduro y Tareck El Aissaimi es de los pocas que finalmente entiende lo que se debe hacer en el terreno económico -estimular las exportaciones básicamente-, porque la dura realidad les ha llevado a pasarse al grupo de los pragmáticos-ideológicos pero, le invade la duda al empresario, algo dentro de las diferentes tendencias del poder les está impidiendo acelerar algunas medidas que son de extrema urgencia.

Pero mientras el país se deshilacha más allá de las batallas que se viven al interior del Palacio de Miraflores, uno o varios de los grupetes que conforman ese nido de alacranes que es el PSUV -como lo definió hace años Alberto Müller Rojas-, sigue actuando como cualquier banda de secuestradores muy bien entrenada. Y de la misma manera como los malandros amenazan a los familiares de su víctima con cortarles un dedo si no les envían el rescate que les dio la gana pedir, los que lideran la banda de los duros que se han atrincherado en el poder han decidido tomar a los venezolanos como rehenes, y ante cada nueva “amenaza“ de la OEA, por nombrar un ejemplo, nos aprietan un poco más la soga al cuello dirigiendo sus misiles anticonstitucionales contra la Asamblea Nacional, que elegimos mayoritariamente, lo que les permitiría ahora decretar un Estado de Conmoción Nacional para poder meter preso a quien les dé la gana, y de paso, suspender las elecciones más o menos hasta cuando los sobrinos de  Cilia Flores culminen su condena por narcotraficantes, por nombrar una fecha muy lejana.

Nicolás Maduro, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

A este secuestro masivo del país, santificado desde el TSJ, no le falta ninguna característica de cualquier otro secuestro que pudo haber planificado el mismísimo Wilmito: Las víctimas no nos podemos mover libremente, no tenemos los medicinas que necesitamos, nos permiten comer de vez en cuando, nadie se puede quejar del horror a que es sometido a voz en cuello -no vaya a ser que lo metan en una cárcel todavía más chiquita y peligrosa- y, para completar las similitudes, los secuestradores se dan la gran vida a costa de todo el dinero extorsionado y robado a nuestras expensas, negocio que luego de 18 años en el poder pareciera ser la única actividad lucrativa que han sabido desarrollar, entre otras razones porque no significa ganarse el pan con el sudor de la frente, toda una ofensa para esos revolucionarios de cafetín que nos gobiernan, y para quienes trabajar quince y último era y es poco más que venderse al capitalismo.

Tareck El Aissami, Vicepresidente de la República.

Para seguir jugando a las semejanzas y diferencias entre un secuestro express y este tipo de secuestro masivo, no faltan los insultos y las amenazas a los intermediarios, que sólo buscan que la libertad de los secuestrados se concrete de la manera menos traumática posible para la víctima. Pero los malandros, apurados siempre en cobrar rápido y completo, responden con mayor presión hacia sus víctimas en ese juego malvado de nunca acabar y que, dependiendo del humor de los bandidos, puede terminar muy mal.

Mientras el país de deshilacha, se derrumba y es extorsionado o comprado por una caja de comida, la dupla Maduro-El Aissami presuntamente batallan dentro de ese nido de alacranes, según asegura el empresario. Y en ese todos contra todos no avanzan ni retroceden y sólo les queda cohabitar en esa peligrosa burbuja oscura desde donde no pueden ver lo que ocurre allá  afuera. Más o menos como Luis XV y María Antonieta, atrapados en el Palacio de Versalles.