La mentira de los revolucionarios que se erigen en héroes de los pobres y desamparados

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Ya deberíamos haber aprendido a rechazar por repugnante, la conducta de quienes desean ganar notoriedad porque “son más sensibles que el resto y prefieren morir de palabra, antes que admitir la injusticia y el dolor ajeno”. Sin pudor, se mercadean como redentores haciendo uso y abuso de las necesidades del prójimo.


Ezio Serrano Páez.

Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Por desgracia el planeta aún no ha aprendido a encender las alarmas que pudieran protegerle de cada genio que se abrogue el derecho a salvar la humanidad. Está bien que debamos padecer a los súper héroes y redentores en el mundo cinematográfico, pues al fin y al cabo nos distraen y nos ayudan a combatir la modorra que producen los discursos de los otros, los transformadores sociales.

Algún mecanismo habría de crearse, como por ejemplo, difundir un icono, un gesto, un concepto, una señal universal que se pueda practicar cada vez que uno se tropiece con un sujeto presto a enfrentar todos los males e injusticias del mundo, como nunca antes nadie los enfrentó. Un icono, un símbolo que los identifique formalmente con lo detestable, nos ahorraría desastres como el que ahora sufre el país.

Algo debió aprender la humanidad de aquellas órdenes mendicantes cuya regla verificable con los hechos, imponía la pobreza no sólo de los individuos, sino también de los conventos. Por lo demás, los votos de pobreza se cargaban con la prestancia y el orgullo de quien con esa práctica, aseguraba su vida eterna muy cerca de Dios. Pero los actuales redentores y salvadores del mundo, actúan en nombre de los pobres para cobrar anticipos que precisamente demoren en lo posible cualquier juicio sobre su conducta, incluido el juicio divino. Las carmelitas, los franciscanos, dominicos y agustinos sólo pueden despertar la befa de quienes prefieren la seguridad y solidez de una renta petrolera que no hace esperar milagros ni promesas en el más allá.

clap03Con un concepto claro, con un fonema universal que los identifique con el desastre, los hablachentos al mostrarse recibirían el pago merecido por los rufianes, y sus ofertas engañosas pasarían a ser groserías o malas palabras que muy pocos estarían dispuestos a escuchar y repetir. El ostracismo social sería el precio que pagarían los mercachifles de la palabra, los deslenguados de tasca, los desaforados que no reparan en nutrir sus bastardas aspiraciones personales con el dolor, la pobreza y la miseria del mundo. Son los que nunca aprenderán que el silencio es una forma de hablar. Claramente asociados con la estafa, deben ser identificados con un concepto diáfano que también podría asociar la demagogia populista con el crimen y el delito, pues son sus verdaderos ámbitos. La humanidad ganaría respeto por sí misma al poder expulsar de sus entrañas, el miasma que periódicamente surge como expresión particular del género.

Si se teme carecer de fuerza semántica o contenido, suficiente con observar a Venezuela: Un país destruido física y espiritualmente por la plaga revolucionaria y por esa pléyade de ladrones demagogos. Algo que alguna vez parecía imposible es hoy dolorosa realidad.

Y no es que estemos a favor de la indolencia, sino que a estas alturas en el curso de la humanidad, ya deberíamos haber aprendido a rechazar por repugnante la conducta de quienes desean ganar notoriedad porque “son más sensibles que el resto y prefieren morir de palabra, antes que admitir la injusticia y el dolor ajeno”. Sin pudor, se mercadean como redentores haciendo uso y abuso de las necesidades del prójimo. Se debería adoptar como norma de buena conducta, como quien simula un eructo, una práctica del tipo: “Que no se entere la mano derecha de aquello hecho por la mano izquierda”. Porque si uno desea morir por los demás, lo que hace grande y valiosa tal decisión es su intimidad auto determinante, la ejecución real de la sentencia sin esperar el reconocimiento y los premios que, justamente desmeritan un acto de desprendimiento. Lo demás es narcisismo barato y de ocasión. Ser héroe o redentor se corresponde con una decisión muy personal. Si a alguien se le reconoce o no como tal, es una cuestión social que implica valores colectivos, pero sobre todo, es cuestión que se debe sustentar en el implacable juicio de los hechos, y no en las frases y proclamas de cualquier engendro parlante.

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¡Cuántas desdichas nos podríamos ahorrar con la identificación anticipada de los salvadores, héroes y redentores del mundo! Sería como prevenir una epidemia, como liberar el ambiente de charcos en los que el mosquito vector de la demagogia pudiera incubarse. Sería como detectar el cáncer a tiempo. Necesitamos una palabra que adquiera fuerza colectiva y aceptación general para identificarles por anticipado. Que no admita dudas en su aplicación cada vez que con ella, reconozcamos la conducta de los salvadores del mundo, los redentores parlantes, los estafadores materiales y espirituales, los que desean cambiar el mundo y para ello se valen de esa vulgaridad, de ese acto delictual y grotesco que es una revolución. A ver si los auto denominados comienzan a sentir vergüenza de sus obras.