La economía y la política develan la recta final de la revolución

Por Orlando Zamora.- La revolución es hoy indeclinablemente un paciente terminal, sin posibilidad de sobrevivir bajo medios estatistas, sin recursos en la más grave sequía de divisas, con tácticas engañosamente distributivas, mintiendo sobre éxitos inexistentes, falsificando y tratando de ocultar el derrumbe en lo social y humanitario de los sectores de menores ingresos, y el profundo entrabamiento de la actividad económica.


Por Orlando Zamora.- A pesar de los esfuerzos del gobierno de Nicolás Maduro por salvar al socialismo-estatizador con maniobras de resistencia que incluyen rimbombantes “programas económicos” como los 15 motores que más parecen un parque de diversiones, la economía no responde. ¿Y por qué? Porque lo primero es desmantelar el costoso e ineficiente socialismo estatal. No aparecerán los bienes ni las divisas suficientes para sobrevivir si no se libera la economía en forma integral.

Sólo insisten en el empleo de los órganos de poder, cooptados por el Ejecutivo y el partido oficial: El TSJ, la Contraloría, el CNE, con el fin de apuntalar el débil poder de mando y financiero, contener la implosión de aliados y la explosión ya en pleno desarrollo final, de la más engañosa experiencia y estafa política vivida por las últimas generaciones, minada por la improductividad y corrupción generalizada.

Es el ocaso de un régimen que concentró todo el poder posible y al final resultó la principal víctima de ese mismo poder monopolizador-estatista. Eclosiona por su tamaño, por querer imponer a la fuerza teorías de dos siglos atrás, carentes de soluciones y respuestas frente al país y al cordón de miseria que multiplicó. Colapsa al ignorar la forma correcta de emprender la economía libre, de ciudadanos.

Hoy, aún concentra poder, el cual emplea sin rubor institucional, irrespetando la Constitución de múltiples maneras y artilugios legales ya desprestigiados. Pero no tiene otra salida que entregar el poder por elecciones, insinuadas por Maduro con gran temor. Se les venció el tiempo en el peor momento cuando desborda el descontento popular mayoritario.

La implacable economía marcó el destino final del modelo concentrador-estatista

Manejó la mayor renta petrolera y recaudación fiscal conocida en el siglo del oro negro venezolano. Gastó para imponer una quimera personalista: Lo que tenía y no tenía, liquidó oro, refinerías, entregó a inversionistas más de la doceava parte del subsuelo de la Nación, contrajo deudas como nunca, inventó el derroche de divisas, mediante ventas a futuros de hidrocarburos, canceladas por los chinos con carros, teléfonos, 7.000 autobuses rojos, millones de morrales, etc.

Ese despilfarro acontecido en 18 años, pretendió suplantar a los mecanismos de libre mercado, destruyendo empresas, bancos, centros agrícolas, etcétera. Profundizando con ello las diferencias entre pobres y menos pobres, redujo en tres años un tercio del producto interno bruto, con una contracción del 21%, la escasez de bienes básicos se instaló en sectores empobrecidos.

La desenfrenada acción de destrucción y gasto compulsivo, lo llevó al colapso financiero y técnico de PDVSA, enriqueciendo a testaferros y contratistas del partido gobernante. Tuvo que “fabricar” dinero para cubrir los recurrentes déficits de la petrolera, devoró las reservas de divisas, impidió el ahorro y tenencia de dólares, el BCV no pudo retener e invertir las divisas de los cuantiosos ingresos petroleros, porque los centralizó y devoró la revolución, sin obras trascendentes.

Todo esto disparó sideralmente los precios, después del 2014, a niveles que alteraron los sistemas de formación de precios e hicieron muy penosos los procesos productivos internos con sus secuelas de hambre, escasez y exclusión al acceso de bienes que luego aparecieron, pero, muy caros, lejanos a los sectores determinantes de la población. Se derrumbó la calidad de vida.

Arrojó a una parte de la población a la explotación e intermediación de desechos de basura tanto de alimentos como elementos materiales útiles, renegociables en “mercados de miserias”.

Ante todo este escenario de fracasos socialistas, el Gobierno adopta a medias y sin la honestidad de propósito claros, mecanismos de cuasi mercado, tolera la dolarización de ciertas exportaciones, relanza una subasta de dólares, Dicom, más “flexible” sólo en el discurso optimista y falso de ministros que no creen en la liberación definitiva del mercado cambiario. Aunque no entienden al mercado se aproximan a sectores capitalistas, y pretende arroparlos en los delirios del engañoso y populista programa de las bolsas de comida de los CLAP.

La política asimila el fracaso económico y prefigura un cambio de rumbo

Burlados los canales institucionales y desconociendo la separación de poderes, así como la autoridad de la Asamblea Nacional y retardar los eventos electorales, las fuerzas democráticas se ven obligadas a tomar las calles del país para demandar elecciones y el respeto a la Constitución.

La revolución es hoy indeclinablemente un paciente terminal, sin posibilidad de sobrevivir bajo medios estatistas, sin recursos en la más grave sequía de divisas, con tácticas engañosamente distributivas, mintiendo sobre éxitos inexistentes, falsificando y tratando de ocultar el derrumbe en lo social y humanitario de los sectores de menores ingresos, y el profundo entrabamiento de la actividad económica.

La política logró enrumbar la salida pacífica y digna que veremos en los próximos meses. Año y medio o menos, no es nada, comparado con 18 años de resistencia cívica por parte de los ciudadanos de bien.

¿Por qué estamos en presencia del fin del experimento estatizador?

La economía y la descomposición social lo han dicho todo ya. Pero, constitucionalmente al período presidencial de Nicolás Maduro le restan 20 meses y medio de gestión. Pero es posible que con una gran fuerza social y política se produzca un adelanto del evento presidencial, como se ha dado en el mundo millares de veces, más en un país sin salida visible bajo la actual anomia.

En 59 años en Venezuela no se ha diferido ninguna elección presidencial y no es posible imaginar el estallido social potencial, de amplios sectores, hoy sin duda alguna mayoritarios, que han acumulado años de descontento y paciencia; que procuran con fuerza la alternancia natural del poder, que se reclama como nunca ante un colosal fracaso político-económico-social tan dramático como el actual, sin posibilidad de superar bajo el régimen imperante, que Maduro o cualquiera se le ocurra detener las elecciones presidenciales.

Si el simple y grave anuncio del exabrupto de las sentencias 155-156 del TSJ hizo estallar la “primavera de las autopistas y avenidas del país”, qué no esperar si se materializa la amenaza de suspender las elecciones presidenciales. No habrá fuerza física que detenga tanta fortaleza humana reclamando el rescate de la democracia total.