Los venezolanos luchan en las calles para no perder de nuevo el futuro

Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.- Mientras los demás países latinoamericanos (con mayor o menor éxito) luchan por ingresar en el siglo XXI, a los beneficios de la globalización económica y tecnológica, los venezolanos luchan contra un proyecto de poder absoluto que les ha negado esa posibilidad desde hace 25 años.


Pedro Benítez.

Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.- El 1ro. de febrero de 1992, Imelda Cisneros, entonces ministra de Comercio, abordó el avión de una línea comercial rumbo a la ciudad de Nueva York junto con el presidente de la República, Carlos Andrés Pérez.

Viajaron en primera clase, acompañados solo por una reducida escolta y un asistente del primer mandatario nacional. En esa época, en sus continuos viajes al exterior, Pérez no hacía uso frecuente del deteriorado avión presidencial por el costo que implicaba. Comprar otro no le parecía ni necesario, ni practico, ni prudente.

El destino de aquel viaje (luego de una escala en la cumbre del Consejo de Seguridad de la ONU, en Nueva York) era la ciudad suiza de Davos, para asistir al Foro Económico Mundial.

Para el Presidente y la Ministra aquella era una reunión muy importante. La economía de Venezuela sería la estrella del Tercer Mundo. No el México de Salinas de Gortari, no la Argentina de Carlos Menem, ni siquiera el Chile que regresaba a la democracia. Por supuesto no lo era Brasil que se sumergía en la crisis política que llevaría a la destitución de Fernando Collor de Mello.

Carlos Andrés Pérez, ex presidente de Venezuela.

Varios de los jefes de estado y de gobierno, así como ministros de los países desarrollados, los más altos funcionarios de las instituciones económicas internacionales más relevantes, directores ejecutivos y presidentes de las más importantes empresas del mundo, los analistas, académicos y periodistas más prestigiosos del planeta manifestaban entusiasmo por la rapidez y el éxito de las reformas emprendidas en el primer exportador de petróleo de Suramérica y uno de los más importantes del mundo. Imelda Cisneros recuerda que entre los más interesados por el caso Venezuela se encontraba Klaus Schwab, el empresario alemán fundador del Foro.

Sí, aquella Venezuela tenía sus problemas. El programa económico no había empezado con buen pie en 1989; una ola de saqueos había sacudido a Caracas solo al arrancar ese gobierno y desde entonces sus ejecutorias reformistas habían tenido mucha oposición. Pero esto último era lo esperado por los observadores internacionales, los cambios siempre generan resistencia, es lo normal. Sin embargo, comparado con sus vecinos, se daba por descontado que una de las democracias más estables del Continente podría sobrellevar esas transformaciones.

El presidente Pérez y sus funcionarios se presentaban con la tarea hecha: El país venía de un crecimiento económico de 8% en 1991, el mayor del mundo luego de China, y cerraba con un déficit en las cuentas públicas de cero. Aunque la inflación todavía se situaba en 30% había la expectativa que siguiera disminuyendo. 1992, 1993 y los sucesivos serían los años de la cosecha.

Imelda Cisneros sólo recuerda a un periodista británico preguntar en una rueda de prensa por la estabilidad del país en el futuro. El presidente Pérez no ahondó en las respuestas, se excusó pues tenía que regresar a Venezuela ese 3 de febrero de 1992, aterrizando en el aeropuerto de Maiquetía a las 10:00pm de una maratónica gira en la que cruzó el Atlántico dos veces en tres días. Horas después, tanto la residencia presidencial de la Casona como el Palacio de Miraflores eran atacados por fuerzas militares que intentaron un golpe de Estado. El resto es historia conocida.

Imelda Cisneros, ex ministra de Comercio.

Las consecuencias políticas de la aventura golpista iniciada en febrero de 1992 frustraron los dos intentos de reformas económicas iniciadas en este país, el Gran Viraje (1989-1992) y la Agenda Venezuela (1996-1998). Mientras tanto, en estos 25 años, el resto de nuestros vecinos emprendieron o continuaron con muchos tropiezos, en medio de enormes problemas políticos y sociales, con mayor o menor éxito las mismas reformas económicas pro mercado. Todos han luchado a su manera por abrirse paso en el siglo XXI (incluso aquellos donde sus gobernantes lo niegan de la boca para afuera).

Contrario a una conseja muy extendida por voceros políticos, académicos y religiosos, en este cuarto de siglo en el denominado Tercer Mundo ha ocurrido una auténtica revolución en las condiciones de vida de millones de seres humanos. La pobreza, el hambre, el analfabetismo y las enfermedades asociadas a malas condiciones sanitarias o de nutrición, han disminuido como nunca antes. La mortalidad infantil y el número de personas con problemas de desnutrición se han reducido a la mitad, y la esperanza de vida global ha crecido 10 años.

Sociedades completas en Asia, América Latina e incluso en África empiezan a cosechar los frutos de esa revolución.

World population living in extreme poverty, 1820-2015

Hugo Chávez y Nicolás Maduro se las arreglaron para dejar a Venezuela por fuera de ese cambio. Por ejemplo: Desde 1980 la población con acceso a agua potable en el mundo ha pasado del 50% al 90%. Pero según datos de la CEPAL, para 2013 Venezuela y Haití eran los únicos países de América donde se había reducido la cobertura de agua potable con respecto a los tres lustros precedentes.

Venezuela es único país (junto con Cuba y Corea del Norte) cuyos gobernantes siguen con un discurso y unas ejecutorias tercermundistas propias de los años sesenta del siglo pasado en plena Guerra Fría, pero con resultados concretos del siglo XIX.

Hugo Chávez, ex presidente de Venezuela.

Ese es legado que el chavismo le deja a Venezuela y que el resto del mundo, en particular nuestros vecinos, miran con asombro.

La mayoría de los venezolanos desconocen estos datos concretos, pero los intuyen porque los padecen. Por medio de las redes sociales saben cómo se vive, no en Estados Unidos, sino en Colombia, Panamá, República Dominica o Perú. Jóvenes que tienen amigos o familiares que han emigrado pueden hacer el contrataste. Los mayores que conocieron la Venezuela del siglo XX lo comparan con su pasado.

Saben que todos esos países tienen problemas pero también tienen futuro. Como la Venezuela de 1992.

Es esa sensación de ausencia de futuro, de falta de perspectivas lo que lleva a los jóvenes venezolanos a emigrar o enfrentarse a los cuerpos policiales y militares en la calle. Ese es el motor de las protestas. Los venezolanos luchan en las calles por no volver a perder el futuro.