Las paradojas políticas de una generación incómoda

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- El liderazgo opositor opta por lo políticamente correcto y potable, desmarcarse de la violencia y la guarimba. Pero al hacerlo renuncia a la fuerza y vitalidad de una generación que sólo ha conocido la idea de la política como guerra, o la antipolítica de la violencia. Una generación huérfana de formación política que rechaza los partidos y también al poder existente.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Si algo puede caracterizar el proceso venezolano de los últimos años es su carácter paradójico, hoy exhibido de modo estrambótico: Mientras el Gobierno sabotea su propia legalidad avanzando en su labor destructiva, (evóquese la Constitución de 1999), la Oposición se empeña en preservarla. El Gobierno que debiera interesarse en el orden, se nutre del desorden para reafirmar su dominio. De este modo, la Oposición debe ser conservadora y a la vez propulsora del cambio. Tal vez por ello, lo políticamente correcto se vuelve confuso, extraño, muy difícil de precisar.

Porque nada fácil resulta comprender o explicar el apego a una legalidad reiteradamente violada, o que se utiliza cuando el Gobierno requiere justificar algún atropello. Sin embargo, con 18 años soportando el talante mafioso del Gobierno, las dubitaciones sobre tácticas y estrategias para enfrentar la dictadura ya no se justifican, y menos cuando una generación de venezolanos es inmolada por la idiotez política de sus predecesores.

He allí otra gran paradoja: Quienes menos responsabilidad política tienen frente al actual desastre nacional, pagan con sus vidas el intento de corregir el rumbo fatídico escogido por sus mayores.

Juan Requesens, diputado.

La paradoja de lo predecible vs. lo impredecible

Si el Gobierno se afinca en la arbitrariedad y la Oposición se aferra a la legalidad, los usufructuarios del poder, sin escrúpulos, obtienen una gran ventaja: Mientras la acción estatal se hace impredecible, la actuación política de los opositores es absolutamente predecible con anticipación de resultados. Operar con apego a la legalidad equivale en nuestro caso a vulnerabilidad. La dictadura venezolana ha gozado la buena fortuna de no enfrentarse con  organizaciones clandestinas o entidades conspirativas al margen de la legalidad. Ello le permite aplicar la represión y el crimen de forma selectiva y bien planificada, potenciando los resultados. El gansterismo político venezolano no requiere de la oscuridad para actuar.

La paradoja de la presión internacional

En los últimos meses la oposición venezolana ha logrado el importantísimo apoyo de entidades internacionales interesadas en una solución política en el marco de la institucionalidad democrática. Ello ha supuesto una gran presión sobre el Gobierno, debilitado en sus alianzas con otros Estados. Tales logros se fundan en el apego estricto a las normas del derecho internacional. Premian el buen comportamiento opositor y castigan las violaciones ejecutadas por el gobierno venezolano. Paradójicamente el gobierno forajido se muestra dispuesto al aislamiento, se radicaliza, desprecia la opinión mundial y la denuncia como injerencista. Tal como lo señala Evan Ellis, la posibilidad del enjuiciamiento internacional para los responsables de delitos, los compele a reforzar su dominio interno, los aleja de la negociación equilibrada y se cobijan bajo el concepto de soberanía nacional, lo cual nos aleja de una salida pacífica negociada. Dos contraejemplos a la vista ilustran la paradoja de la presión internacional: La dictadura cubana, aupada y bendecida pese a toda presión, y Honduras que se libra de las maravillas de la franquicia chavista, justamente colocándose de espaldas al derecho interamericano. De tanta alabanza del derecho, termina consagrándose la fuerza.

Tomás Guanipa, diputado.

La paradoja de la legalidad contra los legalistas

Como quien defiende su casa, la oposición venezolana ha defendido la legalidad implantada por el chavismo, pero ahora se ve amenazada de desalojo. Y no es que se vayan a realizar reparos a la vivienda (reformas constitucionales), sino que la residencia va a ser demolida mediante un proceso eufemísticamente llamado “constituyente”. El mismo pianito, el mismo canto de sirenas ya usado en 1999 para borrar los resquicios del poder anterior. Lo paradójico de este punto radica en el descuido de las propias herramientas legales que los legalistas tienen a la mano: Con un gobierno que borró su legitimidad de origen, con índices de impopularidad históricos, con una Fiscalía descarriada y vigilante, con un CNE de nula credibilidad, ya sería hora de presenciar una ofensiva política que vaya dibujando el nuevo poder que podría conducir a un país distinto. Recuperar la mayoría parlamentaria, hacer uso de esta, por ejemplo, destituyendo a las damas del CNE, reformar la Constitución para reducir a 5 años el mandato presidencial, fijar el calendario electoral general, son medidas que obviamente tropezarían con el muro autoritario, pero que sin embargo poseen un enorme poder simbólico pues frente al dilema “sumisión o caos”, ya se perfilaría la vía a seguir para recuperar el país. Y es que, tan importante como marchar y protestar es saber el rumbo que debemos transitar.

Juan Andrés Mejía, diputado.

La paradoja de la no violencia

El apego a la legalidad impone la lucha pacífica en los términos establecidos por las normativas vigentes. Ello no ha evitado los estragos de la represión, la tortura y la muerte. La táctica forajida desplegada desde el Gobierno, ha procurado desplazar la responsabilidad de la violencia en los opositores, preocupados por mantener la popularidad-legitimidad de las protestas. Esto conduce a la subordinación de las metas respecto a la opinión general. Lo importante no es tanto si hay violencia, sino a quien se le puede atribuir. La Oposición por consiguiente, no sólo debe confrontar a los cuerpos represivos, sino también el enorme poder mediático del Gobierno, la ausencia de libertad de información, la autocensura y la comodidad de los indiferentes, prestos a rechazar cualquier forma de protesta que perturbe su zona de confort. La gran paradoja de la no violencia radica en que sus logros han debido cotejarse con la violencia y con la muerte. Cierto morbo de la opinión general ha permitido que la causa democrática venezolana incremente su visibilidad al ritmo del incremento de la violencia, en un marco negado al legítimo derecho a la defensa.

La paradoja de la generación incómoda y lo políticamente correcto

Las protestas de la “primavera venezolana” se prolongan al mismo ritmo que se reduce la tolerancia de los indiferentes y se ofrenda la legitimidad de los reclamos. Y aunque esto no signifique, ni de lejos, una recuperación de la popularidad del presidente Nicolás Maduro, sí suponen el enfriamiento de la calle, el único recurso a la mano para oponer a la fuerza arbitraria. Y también supone una merma en la voluntad de los comprometidos con la lucha pacífica, ya hartos de los perdigones, de los gases y de rebotar contra los escudos. Es imprescindible persistir pues todo se puede perder. Y para ello se necesita la energía y vitalidad que son propias de los jóvenes, los mismos que ponen los muertos en la tragedia nacional. Pero una buena parte de estos no admiten conducción política, definen a su modo la forma de luchar y no entienden de jugadas maestras en el tablero del poder. Es el reino de los impulsos y la adrenalina. Los jóvenes voluntariosos se vuelven incómodos: El plantón ordenado se convierte en la guarimba ampliada. Forma de protesta que originó el guarimbero, especie tan detestable como la otra, la propalada por la propaganda oficial: El bachaquero.

Freddy Guevara, diputado.

El liderazgo opositor opta por lo políticamente correcto y potable, desmarcarse de la violencia y la guarimba. Pero al hacerlo renuncia a la fuerza y vitalidad de una generación que sólo ha conocido la idea de la política como guerra, o la anti política de la violencia. Una generación huérfana de formación política que rechaza los partidos y también al poder existente. Vaya paradoja, deslindarse de quienes aportan la sangre reclamada por la dictadura. Son las víctimas de las generaciones anteriores, las que sí pudieron hacer ejercicio libre y pleno de su propia estupidez.