La soledad de Neomar Lander

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- El joven casi niño muere lo suficientemente solo como para alimentar las dudas acerca del posible asesinato. Las imágenes difundidas lo muestran a la vanguardia, en el frente que sólo los muy convencidos se atreven ocupar. ¿De qué está convencido? Sólo forzando un acercamiento entre la razón y la pasión podríamos pretender aproximarnos a la comprensión de su inmolación. Pues tal vez a los 17 años se siente con más fuerza y vehemencia el valor de la libertad.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Una  quejumbrosa canción de Violeta Parra nos coloca en el punto exacto del climaterio sociopolítico del país en que vivimos. Volver a los 17 es volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios. Porque de eso se trata: De sentir, de la emoción que eriza la piel. Son los ejecutores de nuestros sueños postergados. Como la unidad nacional que el triunfo Vinotinto permite experimentar por apenas segundos. Representación de la pasión añorada convertida en nostalgia por la juventud que ya se nos fue. Que sean jóvenes, casi niños, quienes nos aleccionen, debería ser una poderosa señal de alarma para una sociedad requerida con urgencia del pensar ponderado, con equilibrio y racionalidad.

Y aunque nada de malo tiene permitirse un arrebato, una emoción desbordada, o sentir como niño frente a Dios, otra cosa resulta cuando la juventud se inmola en representación de aquello que los adultos no supimos defender. Porque los niños héroes se convierten en tales, con la fuerza de nuestro fracaso generacional. Nuestra razón quebradiza, sobrada, inconmovible, políticamente maquiavélica, cínica y perversa. Esta comulga con la mentira y se alía a con la corrupción. ¿Puede extrañar el hastío y drenaje pasional hacia la pureza de lo juvenil? ¿Dónde más hallar vestigios de nobleza sin contaminación?

La soledad de Neomar es la misma del luchador republicano que defiende principios irrenunciables, no negociables (Foto: @ipaniza).

La generación de la impotencia

Otras generaciones concibieron la democracia, la libertad, la igualdad. Nos legaron un país libre, cargado de imperfecciones pero con sus propios instrumentos para avanzar y construir. Pero nunca estuvo claro aquello del ser venezolano. No logramos configurar un núcleo duro valorativo para la unidad nacional, libre de toda duda y capaz de soportar la diatriba política inevitable. Por el contrario, una larga y penosa perorata se produjo demostrando la ausencia de unidad de criterios sobre un tema que bien pudo semejarse al estéril debate sobre el sexo de los ángeles.

La democracia, el pluralismo y la aceptación de la diversidad, en lugar de propiciar el marco de respeto a la convivencia pacífica, sirvió para la división traumática de nuestra sociedad y para la incubación de proyectos aventureros que ofrecían el paraíso en la tierra de Dios. Generaciones enteras han sido consumidas (y se consumen) ofreciendo progreso y bienestar, mientras sólo atinan a concretar el hambre, la miseria y el atraso.

Nos prometimos más y mejor democracia y hoy desembocamos en una bochornosa dictadura. A la promesa del cultivo de la civilidad, le sorprende la realidad de un país militarizado: La civilización no ha podido con la barbarie. La glamorosa oferta de un país con inclusión nos muestra hoy el dominio de la secta política. Nos prometimos un país libre de corrupción para legar a las nuevas generaciones en la tierra del saqueo y el pillaje. La democracia participativa sólo sirvió para que se nos participen el fin de la libertad.

En nuestros días, una generación impotente clama por la paz y condena la guerra, para lograr  sólo la muerte y el martirio a destajo, por cuotas macabras. Sus víctimas; los jóvenes casi niños a los cuales les retribuimos su condición heroica.

La generación de lo menos malo

El  cuadro apocalíptico que nos lega la generación 4F-92, no es suficiente para que la razón se imponga sobre la emocionalidad. Las pasiones siguen desatadas aupando la incertidumbre general. No hallamos el punto justo y equilibrado que pudiera asociarse a una noción del bien común, el núcleo duro valorativo del interés nacional. Ahora debemos fiarnos de los mismos que pusieron su empeño en llevarnos al abismo, y amenazados por la barbarie, no nos queda otra que admitir la extorsión: Del chavismo que se divide, debemos admitir lo menos malo, aquello con apariencia de potabilidad. Porque el liderazgo democrático por sí sólo no es capaz de unificar el país.

La generación de la impotencia, cambia su propia agenda, temerosa del fracaso de su propio plan. Ahora sólo atina a pagar un costo de oportunidad, y para ello debe seguir el verdadero legado del comandante eterno, representado por la fiscal Luisa Ortega Díaz, nuestra salvación. De no ser políticamente correcto, uno hasta podría experimentar la náusea derivada de una estruendosa frustración. La generación de la impotencia sólo atina a procrastinar: De una futura convivencia pacífica con el chavismo verdadero nadie podría dar fe. Las sorpresas seguirán signando el proceloso mar de la incertidumbre venezolana para alimentar con sobresaltos y suspenso nuestra emocionalidad, ya golpeada por el sucesivo fracaso generacional.

La soledad de Neomar Lander: La democracia contra la libertad

El joven casi niño muere lo suficientemente solo como para alimentar las dudas acerca del posible asesinato. Las imágenes difundidas lo muestran a la vanguardia, en el frente que sólo los muy convencidos se atreven ocupar. ¿De qué está convencido? Sólo forzando un acercamiento entre la razón y la pasión podríamos pretender aproximarnos a la comprensión de su inmolación. Pues tal vez a los 17 años se siente con más fuerza y vehemencia el valor de la libertad. Al parecer el joven habría escrito una frase muy reveladora de su condición anímica, pero certera a la hora de evaluar los quebrantos de la Venezuela de hoy: “La lucha de pocos vale por la libertad de muchos”. Y eso marca la diferencia respecto a la lucha de masas, la que se mide o aprecia por el volumen, pero sobre todo por el dominio de la opinión general.

He allí el abismo que se abre entre la generación del fracaso y los niños héroes. Los primeros se orientan por la opinión general en su defensa de la democracia, aunque sabido es que llegamos al término de la libertad por la acción de sujetos escogidos democráticamente. Por ello los jóvenes guerreros prefieren luchar por la libertad antes que por la democracia: Asunto de pactos, negociaciones y acuerdos, propios del maquiavelismo político, de la razón engañosa que nos trajo al desastre. Pero también por ello el Gobierno los aísla, los constriñe y mal pone frente a la opinión general. Son los terroristas de la derecha fascista. Ello les facilita el trabajo de asesinarles, segregados, a destajo. La soledad de Neomar es la misma del luchador republicano que defiende principios irrenunciables, no negociables. Sobre él, y sobre la larga lista de héroes juveniles, bien podría aplicarse lo dicho por Rainer Maria Rilke en su poema: Un  hombre solo carga entonces con todo el peso de su época y lo despeña por el abismo de su corazón.