La tristeza de llamarse Tibisay Lucena

Por Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.- La señora Tibisay Lucena debe estar muy  triste porque debe saber algo que no todos sabemos, ni con tanta certeza. Esa desolación que se le adivina en cada una de sus pocas apariciones tiene el color de la soledad, una nube gris que pareciera seguirla de un tiempo a esta parte y que le anuncia que ya no tiene tiempo de escapar al lado correcto de esta historia, ni más remedio que atrincherarse cada vez más en el búnker donde los poderosos de su especie suelen terminar sus días de gloria.


Elizabeth Fuentes.

Por Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.- Me cuenta un buen amigo, quien fue profesor de Tibisay Lucena en la Escuela de Sociología de la UCV, que era una alumna normalita “de las que sacan 14 ó 15”, más bien silenciosa, con la misma cara de yo no fui que exhibe hoy mientras  el Gobierno reprime y asesina en las calles a los electores y las electoras que salen a diario exigiendo elecciones limpias, de los cuales 60, hasta hoy, no lograron regresar sanos y salvos a sus casas.

Me cuenta el amigo que, ya con el CNE secuestrado por el PSUV, la señora Tibisay Lucena se lo encontró en un evento y se le acercó para abrazarlo, de lo más cariñosa, como si nada. Entonces el profesor retrocedió para impedir semejante contacto ante lo cual ella palideció y se quedó con la sonrisa congelada. “Fuiste demasiado decente”, le comento. Y seguimos hablando, analizando qué será lo que le ocurre a aquellos que, como en la canción de Serrat, fueron pichones de buenas personas y terminaron viajando de incógnitos en autos blindados, sembrando calumnias, mintiendo con naturalidad, como dibuja el poeta catalán a ese tipo de personajes que hoy nos ha tocado sufrir a todos.

“Es el dinero”, le insisto yo. Porque a la hora del dinero es que se conoce quién es quién. Basta haberse divorciado alguna vez para entender de qué somos capaces cuando el asunto pasa del amor más absoluto al odio que genera la sola mención de “separación de bienes”, una feroz batalla entre lo peor de cada quien.

Tibisay Lucena, Presidenta del CNE.

De allí mi hipótesis de que la señora Lucena sigue con su cara de yo no fui desde los días de la UCV y el Sistema de Orquestas -allí también la recuerdan sin mayores aspavientos- pero disfrutando ahora de los mayúsculos beneficios obtenidos luego de 18 años al lado del gobierno más rico y manirrota que se conozca en la historia de Venezuela desde los días de Colón. De hecho, cuenta la leyenda urbana que ella es la nueva habitante de Lomalta, la mansión que perteneció nada menos que a Maruja Beracasa, cuyos vecinos aseguran que está en remodelación constante. Mucho mármol -el favorito de los nuevos ricos boliburgueses-, baños de lujo, aunque la piscina y el jardín parece que han sido respetados. Hasta un video circuló mostrando la planta eléctrica que le estaban instalando para que la rectora no sufriera las mismas calamidades del resto de los terrícolas que habitamos en Caracas. Y por supuesto, todo escondido tras un muro gigantesco, algo que un buen siquiatra podría explicar mejor que sus alarmados vecinos.

Ya en alguna ocasión, el Diario Las Américas, de Miami, publicó que la señora Lucena era asidua de Los Roques, adonde llegaba en vuelos privados (vale recordar que Venezuela es el séptimo país con más jets privados en todo el mundo, otro de los logros de la revolución anticapitalista), y más de un vendedor ha filtrado que su estilo de adquirir el mobiliario para su nueva mansión es así: Llegan primero los escoltas a “peinar” las tiendas (todas de las más caras y exquisitas de la ciudad), a vigilar los rincones. Cuando suponen que todo está bajo control -que no haya clientes indiscretos, básicamente-, la señora Lucena aparece y escoge todo lo que le gusta, sin averiguar precios. Luego, otro de los que la acompañan se encarga de la cuenta mientras ella sigue hasta su despacho del CNE a hacer quién sabe qué cosa, siempre que implique no llamar a elecciones libres.

Sólo que, le agrego a mi hipótesis, pareciera que tanto dinero no la ha hecho más feliz. Basta verla, envejecida, ya sin ganas de esconder las canas -aunque algunas fashionistas sostienen que se trata de una moda ente las mujeres mayores, llamada “sal y pimienta”-, vestida con mucho descuido, pero sobre todo con una mirada triste que no puede simular. Una tristeza que no debe haber nacido por los venezolanos abatidos gracias a su irresponsabilidad o porque algún sentido de justicia todavía le quede o por la necesidad inocultable de pedir algún tipo de  perdón a la hora de la chiquita.

La señora Lucena debe estar muy triste porque debe saber algo que no todos sabemos, ni con tanta certeza. Esa desolación que se le adivina en cada una de sus pocas apariciones tiene el color de la soledad, una nube gris que pareciera seguirla de un tiempo a esta parte y que le anuncia que ya no tiene tiempo de escapar al lado correcto de esta historia, ni más remedio que atrincherarse cada vez más en el búnker donde los poderosos de su especie suelen terminar sus días de gloria.

“Siempre nos queda París”, como dijo el personaje de Casablanca en tono esperanzador, algo que seguramente repite en perfecto francés la coronela Eugenia Sader mientras disfruta en Francia parte de los dineros mal habidos durante su breve paso por el Ministerio de Salud.

Pero ocurre que en el Parlamento Europeo han decidido que, siguiendo el ejemplo del gobierno de Estados Unidos que congeló bienes y cuentas de determinados funcionarios en su territorio, ellos van a ejecutar medidas similares. “No en contra de los venezolanos sino en contra de quiénes no han respetado los Derechos Humanos. No permitimos que alguien imponga un Parlamento porque el Parlamento es producto del voto popular. Vamos a ayudar a los venezolanos y a activar medidas especificas”, advirtió el Presidente del organismo, Antonio Tajani durante la visita de Julio Borges a la sede del organismo.

De allí que no sólo Tibisay Lucena sino muchos funcionarios y magistrados chavistas deberán estar igual de tristes, porque desde este miércoles el dinero que mantienen en cuentas europeas puede estar en pico de zamuro y al trabajo de reprimir, aterrorizar y chantajear, ahora se les agrega que deberán salir a cerrar cuentas y abrirlas quién sabe dónde, apretados por la justicia internacional donde más les duele. Y lo que es peor: Les llegó la hora de confiar absolutamente en sus testaferros, algo que suena a maldición gitana.