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Crónica de Ricardo Fernández preso y el padre muerto

viernes 11 de noviembre de 2011, 03:38h

Aquella noche de 2005 era un hombre. Hace un par de meses, Bernardino Fernández Alonso, era otro. En la primera ocasión, los hijos modernizaban y se hacían cargo del gimnasio del Hotel Caracas Hilton.

Transcurrían otros tiempos. La estrella de la fortuna brillaba para Ricardo Fernández Barrueco y su grupo. Tal vez, Bernardino recordaría los comienzos. Como algunos de los invitados recordaban al adolescente Ricardo trabajando para el padre –un empleado más que cobraba la tarifa- en el estacionamiento del hotel.

La inauguración era una fiesta. Cámaras. Luces acción. El anciano siempre al lado de su esposa, Antonia. Y se nota que los hijos lo adoran, y los empleados lo respetan. Bernardino sonríe, como le es usual. Nada de amarguras. Lo suyo es trabajo, optimismo y, en el centro, la familia.

En la segunda oportunidad – septiembre de 2011- cambia el escenario. La cárcel. El hijo está preso en los sótanos de la División de Inteligencia Militar, se supone un lugar más seguro, pues en el Sebin llegó a temer por su vida.

Esta vez Bernardino llora. Al lado su esposa. Y frente a él, Ricardo, pálido de no llevar sol, metido en carnes, con los ojos enrojecidos de llorar. La cara templada por la enfermedad, por la depresión

–El no ha podido soportar esto, le ha pegado mucho, dice el guardia que me conduce hasta el lugar de visita horas más tarde al encuentro con los padres.

Al empresario, antiguo aliado del gobierno de Chávez y caído en desgracia en 2009, le han salido más canas. Qué se dice. Tiene el pelo blanco. Y estirado hacia arriba. Parece un personaje surgido de una novela de Dostoievski. O de una película de Eisenstein. A lo mejor de una escena de Iván El Terrible.

-Me están matando. Me estoy muriendo. Me estoy volviendo loco –afirma apenas toma asiento.

Previamente ha cruzado una puerta que, ante su estatura y corpulencia, parece pequeña, estrecha. El mismo se me antoja una aparición. ¡Qué transformación!

Y este era el empresario que ayudó al Gobierno a quebrar el paro empresarial de 2002. El que atendió el llamado del ministro Alí Rodríguez para comprar y capitalizar bancos y se puso en manos, en los planes, de los superintendentes de bancos. ¿Por qué después cayó en desgracia? La versión  más acabada es por haberse atrevido a criticar el manejo cubano de las importaciones de alimentos. Por alertar lo que él ha llamado “el saqueo de los cubanos” per dió apoyos y favores. Antes los cubanos lo habían analizado de pie a cabeza. Poseían la radiografía del grupo económico. El también había considerado que los cubanos eran sus aliados.

En la mañana de aquel día de septiembre, lloran el padre,  la madre y el hijo. No se habían visto desde que se desencadenaron los acontecimientos que condujeron al empresario al centro de reclusión. En la tarde, Ricardo Fernández Barrueco llora ante el reportero, recordando al padre.

Este volverá a visitarlo. Volvió la semana pasada, y fue entonces cuando le aparecieron los síntomas del infarto. Lo internaron el Hospital de Clínica de Caracas. De allí salió para ser operado en Ciudad de Panamá, donde ayer murió, a los 82 años.

Bernardino Fernández Alonso era un inmigrante asturiano. Llegó a Venezuela en los primeros meses de la dictadura de Pérez Jiménez. El viaje sólo fue posible con un carnet expedido por la ONU en vista de que la dictadura franquista le negaba el pasaporte. Nació en Godán, pequeña aldea de Asturias.  El padre de Bernardino –abuelo de Ricardo Fernández Barrueco- se llamaba Bernardino Fernández Garrido y según la historia familiar, e ra el único que en la aldea sabía leer y escribir. En consecuencia, era rico. Y de hecho, poseía ganados y tierras.

El abuelo Bernardino contrajo matrimonio con una mujer de origen vasco, Aracelys Zabaleta, quien estuvo siete veces a punto de ser fusilada en la locura de la Guerra Civil Española. Unas por los republicanos, otras por los franquistas, en virtud de que en ocasiones cosía uniformes para los franquistas y en otras para los republicanos. Los persiguieron, como a muchos. Por tanto, tuvieron que emigrar a Suiza, Alemania, Argentina y Venezuela, destino final.< /span>

La abuela de Ricardo Fernández Barrueco murió y está enterrada en Caracas. Al padre Bernardino,  Ricardo Fernández Barrueco le había escuchado decir que la abuela Aracelys –que arribó al país a comienzos de los años 60- siempre subrayaba que en Venezuela se había reencontrado con la libertad. Por ello, el apego de todo el grupo familiar con esta tierra.  Bernardino estaba casado con Antonia Barrueco, oriunda de Salamanca. El matrimonio tuvo cu atro hijos. Todos varones.

Como experto en explosivos, al llegar al país, Bernardino trabajó explotando cerros, canteras, abriéndole paso a carreteras y autopistas. Al caer la dictadura, siguió montando explosivos ahora para despejar el campo a los nuevos desarrollos urbanísticos en el valle de Caracas. Poseía tres casas en la muy caraqueña urbanización de La Pastora, las cuales transformó en residencia de emigrantes pobres que pagaban techo y cama sólo cuando ya se hubiesen emp leado.

En los inicios de la democracia, en 1965, nació el primogénito, Ricardo. Después Bernardino entró en el comercio, arrendando y administrando estacionamientos de vehículos en Caracas. Por 40 años, hasta 2005, mantuvo la concesión del estacionamiento del Hotel Caracas Hilton, hasta que el gobierno deja en suspenso el convenio con la cadena Hilton, convirtiendo el inmueble en Hotel Alba Caracas.  Los Fernández tuvieron que desalojar los sótanos y al menos u n piso de oficinas y también el local donde habían montado el gimnasio.

En la visita de septiembre de este año, padre e hijo remontaron la historia. Pero hubo algo más.  Pues Bernardino intentó cargar sobre sus hombros parte de la culpa de la desgracia del hijo. De los hijos, de los que ahora viven en Panamá. ¿Por qué?

Culpable por levantarlos en la cultura del trabajo. Culpable por enseñarlos amar a Venezuela. Culpable por haberles indicado desde muy temprano que debían crear, construir y echar raíces para no repetir la historia del emigrante.

-No hay peor cosa en el mundo que ser emigrante –les repetía Bernardino a los hijos.

Y lo volvió a decir hace dos meses. Y lo dijo una vez más el fin de semana pasado. Y de tanto repetirlo y recordarlo y culparse, le vinieron los dolores del infarto. Antes había referido todos los intentos por reunirse con la madre del presidente Chávez y aclarar la situación del hijo. Vano esfuerzo.

-Por eso le apostamos a Venezuela –me dijo luego Ricardo Fernández Barrueco –Por ese empeño de papá.

El empeño comenzó temprano. Pues de niño, Ricardo Fernández Barrueco quiso ser pintor y músico, pianista para más seña. ¿Quién lo podía imaginar con esas manos y esos dedos de gigante? También recibió clases de pintura del maestro Pascual Navarro, y con pinturas que vendió en su temprana juventud, renovó la cocina de la madre. ¿A dónde habrán ido a parar esas pinturas?

Pudo haber seguido en las artes, pero una vez que abandona la universidad, viaja a España y de la mano de un tío se hizo broker de astilleros. En consecuencia, ahí se inicia otra historia. ¿Dónde terminará?

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