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I love Hugo Chávez

miércoles 21 de mayo de 2014, 17:32h
Por Gloria Majella Bastidas.- ¿Es un presidente o un fetiche? En el altar revolucionario, la figura del comandante no tiene rival. Hasta Bolívar pasa a un segundo plano. Muchos, como ocurre con el jefe del proceso, han sido venerados y se han hecho venerar.

Por Gloria Majella Bastidas.- El pasado 21 de diciembre falleció Saparmurat Niyazov, presidente de Turkmenistán. Aunque pocos retengan este nombre, la noticia de su deceso le dio la vuelta al mundo, no solamente por el gran poder que había acumulado Niyazov, quien estaba al frente de un país con enormes reservas gasíferas, sino por la forma extravagante en que este dictador ejercía el mando. “El culto a su personalidad desborda los límites de lo imaginable: sus retratos y estatuas doradas se encuentran a cada paso en Turkmenistán, y entre los monumentos que se le levantaron en vida destaca una escultura giratoria chapada en oro de cinco metros de altura que siempre está orientada hacia el sol”, señalaba un despacho de la agencia EFE al reseñar la muerte del dirigente comunista, quien, en un alarde genealógico, se hacía llamar Turkmenbashí o "padre de todos los turcomanos”. La creatividad de Niyazov para homenajearse a sí mismo llegó al punto de cambiar los nombres de los meses y los días de la semana.  “Enero pasó a llamarse Turkmenbashí, es decir, recibió de nombre el título que ostentaba Niyazov, y abril, Gurbansoltam edzhe, que es el nombre de la madre del desaparecido presidente”, agregaba el cable de EFE.

Sin duda que el informe secreto que Nikita Kruschev presentó al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en febrero de 1956, en el que criticaba duramente el culto a la personalidad desarrollado en la URSS durante el mandato de Stalin, no fue asimilado en los más mínimo por Niyazov, cuya imagen debía aparecer permanentemente en la televisión de su país en un cintillo ubicado en la parte inferior de la pantalla. Vale la pena citar las palabras de Kruschev: “¡Camaradas!, el culto al individuo alcanzó proporciones tan monstruosas debido, principalmente, a Stalin, puesto que él utilizó todos los medios concebibles para enaltecerse. Múltiples pruebas respaldan lo que acabamos de observar. Uno de los más característicos ejemplos de la forma en que Stalin se enaltecía, se encuentra en la absoluta falta de modestia que exhibe en su «Breve Biografía», publicada en 1948. Este libro es la expresión de la adulación más servil y un ejemplo de cómo se endiosa a un hombre, transformándolo en un sabio infalible, en el más grande líder, en el estratega más sublime de todos los tiempos y de todas las naciones”.

Mao fue uno de los que reaccionó en contra del discurso de Kruschev, bajo el argumento de que los aciertos de Stalin habían sido más importantes que sus errores, pero seguramente tocado en su fuero interno porque el estilo de Stalin no le resultaba para nada ajeno. El líder chino también ha pasado a la historia como un semidios que exigía devoción infinita a sus seguidores. Baste mencionar los desfiles pomposos que se hacían en su honor y el hecho de que de El libro rojo se hubiesen impreso alrededor de siete millones de ejemplares. Hitler, Mussolini, Franco, Saddam Hussein, Kim Il Sung y su hijo, Kim Jong II, Ceau?escu, entre otros, formaron o han formado filas alrededor del culto a la personalidad. El dictador rumano, incluso, disponía de un cetro e hizo cambiar la arquitectura de Bucarest (iglesias y edificios históricos) para ajustarla a sus designios.

El internacionalista Demetrio Boersner, quien se desempeñara como embajador de Venezuela en Rumania, recuerda aquellos años: “En la radio y la televisión no salía sino Ceau?escu. No había programa en que no estuviese él o que no estuviese centrado en torno a su personalidad. En ningún otro país de Europa del Este se desarrollaba ese mismo grado de culto a la personalidad, que era extremo. Porque estamos hablando de la etapa posterior a la desaparición de José Stalin con su emblemático culto a la personalidad y los demás países comunistas se cuidaban un poco más. Pero lo de Ceau?escu era francamente delirante. En Cuba, por ejemplo, han sido más discretos que en el caso exagerado de Ceau?escu. Hay un culto a la personalidad de Fidel, sin duda, y también de otras figuras emblemáticas, como el caso del Che Guevara, pero con algo de más delicadeza. Allí hay un nivel de civilización y un espíritu latino que conlleva siempre algo de autocrítica y de sentido del humor que impide que sea tan excesivo como lo fue en Rumania”.

Boersner agrega: “El culto a la personalidad se encuentra, hasta cierto punto, en cualquier gobierno autoritario, pero en los totalitarios, que quieren controlarlo todo, es más pronunciado. El tipo de culto a la personalidad que se desarrolla en torno al presidente Chávez me parece que tiene un cariz totalitario. Es algo que está empezando a parecerse un poco a lo que uno observaba en los países comunistas de Europa del Este y en los gobiernos fascistas”. El profesor universitario comenta que en Venezuela continuamente se ensalza la personalidad del comandante Chávez. “Se están multiplicando sus retratos en todas partes. Incluso hasta el extremo de reemplazar a Bolívar como la figura emblemática. Me da la impresión de que esto va en la misma vía de Cuba o de otros regímenes de corte totalitario Así lo creo, a menos que la oposición logre frenar todo este proceso. Todavía no estamos en una situación de dictadura completa. Todavía no es irreversible el proceso de avance hacia un culto a la personalidad totalitario”.

El acto que se celebrara el pasado ocho de enero en el teatro Teresa Carreño con motivo de la juramentación del nuevo gabinete ejecutivo del presidente Chávez fue elocuente. En el fondo, aparecía una gigantografía con un close up de su cara. Muchos, al ver este paisaje ideológico, evocaron los actos que se celebran en el teatro Carlos Marx de La Habana. Pero no sólo esto. También puede uno señalar las cadenas (van aproximadamente 1500) y los Aló, Presidente para hablar del culto a la personalidad. ¿Quién no recuerda aquella cadena en la que Chávez conmemoró sus cincuenta años? ¿No tiene eso un toque de Niyazov, guardando las diferencias en cuanto al modo de gobierno entre uno y otro? ¿Y qué hay de esas ambulancias de la Alcaldía Metropolitana en las que aparece el rostro del comandante? ¿Y los pendones, también gigantes, que uno observa en las edificaciones oficiales?

¿Chávez necesita ser adorado? El psiquiatra Edmundo Chirinos es tajante: “Todos los seres humanos necesitamos ser adorados. Ahora, cada quien mueve los recursos que puede para ser adorado. Una cosa es el culto a la personalidad y otra diferente es pedir amor. El hecho de que muchos, por sus propios intereses, le rindan culto a Chávez no quiere decir que él, intrínsecamente, necesite de la adulancia. Son dos cosas diferentes. Es más, creo que la rechaza y le molesta. Porque cualquier persona sensata, medianamente inteligente —y Chávez, sin duda, lo es—, seguramente debe estar muy molesta de tener adulantes todo el tiempo al su alrededor. No gente que lo quiera sino gente que lo adule. Eso implicaría ser poco inteligente. Y Chávez, repito, es inteligente”. Para el especialista, la longitud de los discursos televisivos del presidente deben interpretarse de otra manera: “No, en todo caso es un estilo para difundir ideas con el cual se puede estar de acuerdo o no. Hay gente que es cerrada, que es introvertida; hay gente que, por el contrario, es locuaz, extrovertida. Eso no es para obtener adulancia ni reconocimiento. Es simplemente un estilo, una manera de expresarse, como lo puede hacer un músico, que tiene una manera determinada de tocar. Chávez tiene una manera de hablar. Es intrínseca: inherente a la personalidad”.

En el caso venezolano, el culto a la personalidad no es patrimonio exclusivo del chavismo. Un ejemplo paradigmático es el del Libertador. El historiador Elías Pino Iturrieta ha dado cuenta de ello en su libro El divino Bolívar y el también historiador Germán Carrera Damas lo hizo antes con su obra El culto a Bolívar. La búsqueda de un salvador, de un mesías, de un superhombre, de un superhéroe ha estado largamente sembrada en el ideario político nuestro. Otros casos de menor proyección pero que igualmente ilustran el tema son los de Guzmán Blanco y el de Juan Vicente Gómez. Lo que ocurre con Chávez es que su figura ha irrumpido en la escena en plena era mediática. La capacidad omnipresente de la televisión y de la radio se erige en su gran aliado. Quizá también a esto contribuya la locuacidad y extroversión del jefe del Estado, como ha apuntado Chirinos. Fidel Castro, cuyos largos discursos resultan también proverbiales, en la entrevista que le hiciera Ignacio Ramonet y que ha sido publicada en un libro, se ufana de que su presencia en los medios de comunicación es exigua.

 “Por naturaleza, —dice en Cien horas con Fidel—,  soy hostil a todo lo que pueda parecer un culto a la persona, y usted puede constatar, ya se lo he dicho, que en Cuba no hay una sola escuela, fábrica, hospital o edificio que lleve mi nombre. Ni hay estatuas, ni prácticamente retratos míos. Aquí no se producen retratos oficiales. Es posible que, en alguna oficina, alguien haya puesto una foto mía, pero es una iniciativa personal y en ningún caso se trata de un retrato oficial. Aquí ningún organismo del Estado gasta dinero y pierde tiempo realizando y repartiendo fotos oficiales mías o de cualquier otro dirigente. Eso, en nuestro país, no existe. Es conocido que hago lo posible por no aparecer en los medios de prensa o en los noticieros. Sólo me resigno a ello cuando es estrictamente indispensable. Usted observará que uno de los jefes de Estado del mundo que menos sale en los medios de su país, soy yo”.

Para el psiquiatra Franzel Delgado Senior, el espíritu dictatorial y el espíritu democrático tienen una raíz biológica. Partiendo de su idea, Fidel Castro no podría comportarse como un demócrata o un demócrata no podría comportarse como un dictador. “La estructura fundamental de quienes se hacen venerar y hacen desarrollar un culto alrededor de su personalidad es el narcisismo, que es una perturbación, un trastorno de la estructura de la personalidad en la cual la persona tiene la convicción de que es única, especial, que está por encima de los demás y a quien los demás tienen la obligación de reconocerle sus dotes, sus logros, independientemente de que no los tenga. El fenómeno del narcisismo se puede presentar en cualquier persona. En alguien que no tenga poder no pasa de allí, de influir en su entorno inmediato. Pero en una persona que se hace Presidente y que empieza a concentrar poder, como ha hecho Chávez y como han hecho otros dictadores, como Mao o Fidel, el poder y el dinero van generando una dinámica multiplicadora del trastorno. Se produce una progresión geométrica: en la medida en que son más reconocidos y se les rinde más culto más lo necesitan. Hay una especie de insaciabilidad”.

Independientemente de que Chávez sea un promotor de su propio ego a través del uso que hace de los mass media, es un hecho cierto que muchos le rinden culto espontáneamente. “Esto, más que amor, es frenesí”, ha dicho el propio comandante. Un frenesí que está inexorablemente ligado a una palabra: el carisma. Chávez, dotado de un notable histrionismo y de una gran capacidad guionística, alimenta el culto. Y también intenta reescribir su propia historia. En una entrevista radial con César Miguel Rondón celebrada hace dos meses, el escritor Alberto Barrera subrayaba el hecho de que el presidente hubiera confesado que su héroe de infancia no fuera Superman sino Bolívar. “Así es como quiere verse a sí mismo”, comentó el articulista de El Nacional. Y además de darle un giro a la historia, la personal y la nacional, también, con el protocolo que ha instaurado, aspira a monopolizar los colores de sus feligreses. El círculo cromático de la revolución se reduce al rojo. Franelas, chaquetas. Todo es rojo rojito. Quizá por lo que señala el antropólogo y profesor de la Universidad de Harvard, Charles Lindholm, un estudioso del fenómeno carismático: este tipo de líderes reclaman exclusividad. No admiten rivales. Y el culto a la personalidad es el mecanismo para evitar la competencia.

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