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La penitencia incumplida de Francisco Arias Cárdenas

lunes 15 de septiembre de 2014, 07:00h
Por Ricardo Avila.- Arias Cárdenas tuvo un auge que lo convirtió en el rival de Chávez. En mi criterio, quien pertenece al selecto ramillete integrado por Didalco Bolívar, William Ojeda y Hermann Escarrá, entre otros, no la ha tenido fácil. En su cuenta de twitter nada destaca más que la ausencia, ni una palabra, ni una mención a los mazazos, ni un retuit a la existencia de Diosdado Cabello.
Por Ricardo Avila.-Debo confesar aquí mi vergüenza. Lo digo porque de vez en cuando, siento rubor cuando pienso en mi propia ingenuidad y también la de mis contertulios, cuando en aquellas semanas y meses posteriores al fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, presos los desalmados que se habían levantado en armas, en decenas de conversaciones, tomé parte en la construcción de una efímera mitología sobre los golpistas.   Nada sabíamos entonces de estos caballeros, pero nuestra banalidad era más fuerte que nuestro desconocimiento. La necesidad de decir algo, la falta de madurez que reinaba en las mesas donde nos reuníamos a resolver el mundo, nos obligaba a decir algo. A no reconocer la única cosa que era verdadera entonces, y es que no sabíamos, con datos fiables, quiénes eran esos señores llamados Hugo Chávez, Jesús Urdaneta Hernández, Miguel Ortiz Contreras, Francisco Arias Cárdenas y Yoel Acosta Chirinos. No teníamos idea de lo que esto le costaría al país. Y entonces nosotros, y quién sabe cuántas personas más, inventábamos.   Hasta donde recuerdo, en la precaria mitología que circulaba en aquel sorpresivo año de 1992, Jesús Urdaneta Hernández era el hombre de acción, el valiente del grupo. Yoel Acosta Chirinos, era la personalidad soñadora, como si fuese una especie de utopista aparecido en el vientre de la Fuerza Armada Nacional (¡¡¡¡¡qué espantajo!!!!!). Chávez era el político hablador, la radio prendida, pero sin sustancia. A ese perfil de Chávez como el vocero de un palabrerío hueco había contribuido, sin lugar a dudas, la frase de David Morales Bello obsequiada a un grupo de reporteros de televisión, según la cual, lo más importante del líder del golpe, era “la cantidad de paja insustancial” que constituía su discurso. No recuerdo si entonces se decía algo de Ortiz Contreras, quien más adelante moriría en un accidente de tránsito en París.   Paradojas de la estupidez humana, resulta que entonces, de quien se escuchaban las invenciones más elaboradas, era de Francisco Arias Cárdenas. Se decían dos cosas principalmente, en este orden: que era “el espiritual” de la conspiración y, aunque Usted no lo crea, una especie de intelectual devoto, alguien consagrado a leer y releer las sagradas escrituras, que hasta podría considerarse como un conocedor de los Evangelios.   Sobre esta imagen de buen penitente se superponía otra, que convertía a Arias Cárdenas en la figura más fascinante de la historia militar venezolana, de José Antonio Páez a esta fecha: que al frente del Batallón Maracaibo, sin disparar un tiro, había logrado apresar al gobernador del Zulia y obtener la rendición de las fuerzas leales al establecimiento. El rezador era además un estratega, un militar brillante, casi un genio de la ocupación sorpresiva, que el golpe había sacado de la oscuridad de los cuarteles, para beneficio del pueblo venezolano.   Libre por el indulto que Rafael Caldera le concedió a los golpistas en marzo de 1994, Arias Cárdenas aceptó el nombramiento como Presidente del Programa de Atención Materno-Infantil –PAMI-, anunciado por el gobierno con especial fanfarria ese mismo año. Hubo algunos contertulios a los que, de inmediato, se les dispararon las alarmas. Pero eran la minoría. Los que seguíamos cultivando el mito Arias Cárdenas, nos decíamos que aquello era una demostración de la inclinación del hombre de fe ante el diálogo y fruto de su amor por Venezuela. No sabíamos que la única fe de Arias Cárdenas, entonces, ahora y por siempre, es la fe en el cargo, es decir, la fe en el puesto público, en la silla quince y último más todo el almacén de prebendas.   Lo demás es historia muy conocida: Arias Cárdenas tuvo un auge que lo convirtió en el rival de Chávez, perdió las elecciones y también el último rescoldo de dignidad política, caminó de rodillas por varios años, hasta que Chávez lo perdonó y le permitió el reingreso a las filas de la revolución, para que participara en procesos electorales, para que siempre tuviese opción…... a un cargo.   En mi criterio, Arias Cárdenas, que pertenece al selecto ramillete integrado por Didalco Bolívar, William Ojeda y Hermann Escarrá, entre otros, no la ha tenido fácil. Como le ocurre a todo converso: nada produce más desconcierto, en tiempos polarizados, que el que se va y se devuelve. La confianza perdida no se recupera nunca.   Y ese es justo el precio que han tenido los cargos recientes de Arias Cárdenas: ya perdida el aura de sujeto consagrado a las prácticas del espíritu, reposicionado no más que como un puro aprovechado, debe practicar una política de penitencias que consiste en pasar la mayor parte del tiempo calladito, desparramar elogios vía twitter a la FANB y a Maduro y, por supuesto, hacer loas a su propia gestión de gobierno.   ¿Le basta esto a Arias Cárdenas para asegurarse un cargo en el futuro? Nuestra hipótesis: no le es suficiente. Porque hay una penitencia que no ha querido cumplir. Mejor dicho, una falta imperdonable. Un hueco. Quizás porque le resulta insoportable. Un trago de aceite de bacalao demasiado largo y amargo. Pero es una omisión que tendrá un costo, aunque él crea lo contrario: y es que en la cuenta de twitter de Francisco Arias Cárdenas, nada destaca más que la ausencia, ni una palabra, ni un gesto, ni una mención a los mazazos, ni un retuit que recuerde la existencia de Diosdado Cabello, el hombre que gobierna en el PSUV y co-gobierna en Venezuela.

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