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La hiperinflación de 2017 hará que los venezolanos extrañen el infierno que era 2016

lunes 05 de diciembre de 2016, 17:07h
Por Danny Leguízamo @DannyLeguizamo.- Mientras la gente se organiza en grupos para recoger comida de la basura en pleno centro de Caracas, muy cerquita del Palacio de Miraflores, el Presidente de la República declara en cadena nacional que “ahora sí” van a arrancar los motores -esos que están fundidos- con los que afirma resolverá el cáncer de la inflación. Pero ya es demasiado tarde.
Por Danny Leguízamo @DannyLeguizamo.- Nicolás Maduro tuvo tres años para extirpar el cáncer de la inflación. Pudo haber unificado el tipo de cambio para derrotar el mercado negro. Tuvo tiempo de sobra para crear confianza interna y externamente. Para sanear PDVSA. Para devolver a sus dueños las empresas expropiadas que ahora no funcionan. O en su defecto, para ponerlas a producir.

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También tuvo tiempo el presidente para nombrar como máxima autoridad del Banco Central de Venezuela a un especialista en materia económica. Uno que sepa por qué los modelos econométricos dan como resultado una relación directamente proporcional entre liquidez y precios y que, en consecuencia, la política monetaria no es un asunto de imprimir billetes para alcahuetear las miserias financieras de PDVSA y el Gobierno central. Pero hay más: Tuvo tiempo para emprender reformas que permitieran una corrección gradual en el sistema de formación de precios en el mercado, cuya distorsión es crónica.

¿Y qué hizo Nicolás Maduro? Exactamente lo contrario. Cantó victoria sobre el dólar paralelo con más controles, y ahora el dólar paralelo se ríe a carcajadas de las promesas del Presidente. Atornilló a Nelson Merentes en el Banco Central de Venezuela (BCV), y mandó a anular la reforma a la ley del ente emisor que sancionó la Asamblea Nacional. Nombró a un general para ocuparse de los asuntos económicos, y destituyó del gabinete a la única voz medianamente sensata que prometía una política cambiaria libre. Nombró su propio “estado mayor” (sic) para atender la crisis. ¿Y qué pasó? En lugar de extirpar el cáncer, lo diseminó. Quiso apagar la candela con gasolina. Candelita que se apagaba, candelita que se volvía a prender. La llanura se convirtió en una inmensa fogata y la gente se dio cuenta de que dimos un salto al vacío.

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Por eso baila salsa el Presidente. Para ver si puede disimular la crisis. Y aunque él no lo sepa, eso es más gasolina para el voraz incendio que está acabando con el estómago de todos los venezolanos, incluyendo a los que forman parte del 20% que todavía se atreven a manifestar su afinidad con el oficialismo.

Ha llegado la hora de la verdad. Y no es posible detener las agujas del reloj. Varios datos que emanan desde el propio Gobierno, dan cuenta de que la situación es irreversible. Mientras la gente se organiza en grupos para recoger comida de la basura en pleno centro de Caracas, a pocas cuadras, el Presidente de la República anuncia que ya vienen en camino los billetes del nuevo cono monetario. No es cualquier cosa. Son billetes cuyo valor facial alcanzará 20.000 bolívares. (Leamos todos los ceros). Facilitará las transacciones. Aliviará los costos de almacenamiento. Pero es la declaración de que estamos pasando del infierno a algo mucho peor. Lo peor es la hiperinflación. Y la culpa es de Nicolás Maduro. ¿O es que nadie se ha percatado que un salario mínimo -con bono de alimentación- equivale a noventa millones de bolívares del año 2006? A este ritmo, habrá que quitarle otra vez tres ceros a la moneda. Volver sobre el camino andado, puesto que hemos perdido 18 años de oportunidades para enmendar la plana.

Lo mejor del año 2016 es que lo vamos a extrañar cuando llegue el 2017. Será el capítulo más negro de la historia. El del colapso, que ya asomó su dentadura. Para ese entonces, la popularidad de Maduro estará probablemente en el eje negativo del plano cartesiano, pero eso a él no le interesa porque ya anuló, igual que en las dictaduras más grotescas, cualquier posibilidad de desalojarlo del poder con el mejor instrumento que derivó de la denominada Revolución de Octubre de 1945: El voto universal, directo y secreto.

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