Carta triste a las madres huérfanas

Por Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.- Ese trabajo infinito de 24 horas diarias, siete días a la semana, donde nos replicamos tantas veces y somos su maestra, su enfermera, su chofer, su cocinera, su aliada… ¿Cómo se recupera todo eso? ¿A dónde va a parar todo ese tiempo que ahora las madres de los jóvenes asesinados saben perdido? ¿Cómo serán sus noches de insomnio cuando solas, absolutamente solas, no exista consuelo ninguno, ni paz, ni fuerzas para seguir en pie?


Elizabeth Fuentes.

Por Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.- No imagino el despertar de la madre de Miguel Castillo. O la de Juan Pablo Pernalete, Armando Cañizales o Paola Ramírez. Esa primera mañana cuando ellas abrieron los ojos -si es que lograron dormir cansadas de tanto llanto-, y se percataron de que su hijo ya no está. Que no volverá, ni temprano ni tarde. Que no lo escuchará reírse de la última barbaridad que haya dicho Nicolás Maduro, o maldecir al Gobierno en voz alta cada vez que una nueva desgracia se les atravesó en el alma. No le tendrán que guardar la comida a su muchacho o lavarle la ropa o aconsejarlo para el futuro.

Ya sin el hijo en la casa, una deja de ser madre de alguna manera. Esa maternidad que es bella y difícil, desde que el bebé no nos deja dormir o no come bien o se porta mal en la escuela pero que, con el día a día, se convierte en la más bella excusa para vivir. Ese trabajo infinito de 24 horas diarias, siete días a la semana, donde nos replicamos tantas veces y somos su maestra, su enfermera, su chofer, su cocinera, su aliada… ¿Cómo se recupera todo eso?  ¿Adónde va a parar todo ese tiempo que ahora ellas saben perdido? ¿Cómo serán sus noches de insomnio cuando solas, absolutamente solas, no exista consuelo ninguno, ni paz, ni fuerzas para seguir en pie? ¿Cuántas veces se repetirán en su imaginación la escena de su asesinato, los consejos a su hijo de que se cuidara mucho, el por qué no debió salir sin chaleco antibalas y los cientos de por qué si hubiera pasado esto en lugar de lo otro, quizás estaría vivo?

“La Piedad” de Miguel Ángel (1498-1499). Sus dimensiones son 1,74m x 1,95m. Se encuentra en la Basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.

Probablemente duden de ese Dios que les lanzó semejante castigo, pero también  probablemente se refugien en que su muchacho debe estar bien allá arriba, vigilando que a ella y a los suyos no les pase nada. Que sea fuerte, pensará que les mandan a decir, que su sacrificio valió la pena porque ahora la rabia del país es infinita, y se crece y se multiplica. Pero ellas en el fondo de su alma saben que eso es mentira, porque si Nicolás Maduro decidiera que debe irse, que el disfrute de sus privilegios no merece que muera un venezolano más, que si él y sus amigos entendieran que deben llamar a elecciones y salir del poder con cierta dignidad -es un decir-, y el país entero se volcara en las calles a festejar la buena nueva, ese mismo día de libertad será, otra vez, el más triste de todas las madres que este Gobierno ha dejado  huérfanas, porque no estarán con ellas sus muchachos, los jóvenes que decidieron salir a batallar para que eso sucediera.

Y vaya que una trata de no ser cursi con el tema del Día de las Madres. Pero ocurre que ya se viene encima y no imagino a las madres de Miguel, Juan y todos los demás jóvenes asesinados  despertando ese día, recordando otra vez que están solas y viendo que el cuarto de su hijo sigue intacto, y ellas sólo quieren llorar sobre su cama.