El pícaro está en una encrucijada

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Con la revolución el pueblo es el protagonista, y en su nombre se procede a la depredación del erario público. El robo ya no debía ser privilegio de unos pocos (como en tiempos de las cúpulas puntofijistas), resultaba imperioso democratizarlo.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Para finales de los años ‘90 del siglo pasado, la sociedad  venezolana ya admitía abiertamente el triunfo de la picardía sobre la norma. Se daba por sentado la existencia de un homo venezolano, capaz de proclamar algo, y ejecutar exactamente lo contrario según su conveniencia. Las apariencias sepultaban las realidades, e imperaba el relativismo moral consagrado en una valoración de las cosas según el cristal con que se les mire. Los trabajos de Gustavo Martín, Alberto Rial, Mikel de Viana y Axel Capriles entre otros, han dado cuenta de aquel chocante fenómeno de doble registro cultural, de familismo amoral (de Viana) y dejadez ciudadana. Con el advenimiento del sempiterno de Sabaneta, en realidad se produce una confluencia de lunas. Suerte de conjunción astral que logra sintetizar la suma de todos nuestros males culturales. El comandante parlanchín operó sobre terreno abonado, y no podía ser otro el resultado: El gobierno de los pícaros se había instalado. El cinismo político ya no era una ocurrencia más. Ahora nos encontramos frente al poder cínico como norma, como sistema operativo.

El Gobierno de los pícaros, saqueadores y ladrones

Toda sociedad desarrolla mecanismos de control formales (las leyes, las instituciones, la educación formal, etc.) e informales (hábitos, prácticas religiosas, moralidad, creencias, costumbres) para asegurar su continuidad en el tiempo. Si ya la picardía venía ocupando los espacios de la cultura informal, su arribo al poder significó el imperio sobre los resortes esenciales del Estado, la culminación de un proceso de anomia capaz de conducirnos a la disolución como nación. El triunfo de los pícaros ocurrió además, en medio de una astronómica renta petrolera. Poderoso estimulante del robo, la rapiña y el saqueo. Con la revolución el pueblo es el protagonista, y en su nombre se procede a la depredación del erario público. El robo ya no debía ser privilegio de unos pocos (como en tiempos de las cúpulas puntofijistas), resultaba imperioso democratizarlo: Si todos somos iguales, todos tenemos derecho a robar. La abundancia rentista daba para eso y más. Hasta para exportar lo robado, para luego exhibirlo en centros mundiales de consumo. Cierto que la República Rentista nunca llegó a resolver el problema “ético” en el uso consuntivo de la renta y su transferencia desde lo público a los privados; pero al menos logró encasillar el robo dentro de los linderos de la “corrupción administrativa”. Los controles formales limitaban el asunto a las malas mañas de un grupete de funcionarios y sus conexiones. Y es que hasta en eso de robar, que nunca fue cosa nueva, la revolución soltó todas las amarras desechando cualquier freno moral. Los pícaros en el poder arrojaron sus taparrabos y convirtieron la honradez en antigualla reaccionaria.

La acción revolucionaria de los pícaros se hace reaccionaria

Sin la abundancia rentista no es posible la república de ladrones, pues en tiempo de escasez no hay para todos. Pero eso no inhibe la vergonzosa desmesura de los generales importadores de comida, de los ministros de la miseria, los diplomáticos de la golilla. Las

Axel Capriles, psicólogo y Doctor en Ciencias Económicas.

fortunas fulgurantes mantienen un correlato con la pobreza generalizada: Lo que derrochan sin pudor los funcionarios y su familia, lo echan de menos los enfermos, los hambrientos, los postergados. Nada de Robín Hood burlando la autoridad del sheriff de Nottingham para favorecer a los pobres. Acá es una nueva casta, enriqueciéndose con la miseria de las mayorías. Pero como suele ocurrir con las revoluciones, el tiempo está a favor de los ladrones: Con 18 años de latrocinio a cuestas, ya los archienemigos de la propiedad ahora deben defenderla. ¿De qué otro modo podrían asegurar lo robado para sus herederos? Ahora deben mantener los instrumentos de control formales para darle legalidad al saqueo. Necesario es conservar el poder para consolidar lo obtenido y otorgarle abolengo. Lavar capitales es un modo de atribuirle pedigrí al dinero sucio con el paso del tiempo. Así pues, de tanto odiar la propiedad privada, terminaron embriagados con sus bondades. Y en resguardo de los pícaros, la revolución se hace reaccionaria, ahora es conservadora y moralista: ¡Horror! “Métanse con los padres, pero no con el babe boom bolivariano”. Con el cura, pero no con la limosna. Los herederos de lo robado no escogieron padres pícaros, pero… ¿Aprenderán a ser diferentes sin conciencia de lo mal habido?

La ira venezolana ya es global

Para el pícaro, la ira desatada por los venezolanos contra los iconos y beneficiarios de la revolución es un asunto de envidia. Su lógica se fundamenta en la oportunidad que supo aprovechar, a diferencia de los otros, los perdedores, ignorantes de las bondades promovidas desde el poder. En otros casos se trataría de la violencia desatada por la derecha fascista, tanto más grave cuando se trata de los herederos de la revolución. Y es que la ira venezolana se ha hecho sentir en el orbe, lo cual pone de bulto una paradoja propia de la picaresca revolucionaria: Mientras en el mar de la felicidad venezolana se chapotea entre la miseria, ¡Pues, ponemos a nuestros querubes a buen resguardo en alguna capital imperial! Ya tendrán tiempo de regresar para disfrutar las maravillas del país en revolución. Que la rabia de los venezolanos adquiera dimensiones mundiales, no significa para el pícaro la existencia dolorosa de una diáspora, sino la confirmación de una conspiración de la derecha mundial. Pero al apelar a la moralidad, ética y pudor contra los ataques a sus infantes, el pícaro va más lejos: Apela a los resortes del control social informal que nunca supo respetar, para evadir su responsabilidad legal y judicial. Pues lo que gasta su púber descendiente, en algún café madrileño o en las tiendas parisinas, con seguridad está faltando en el J.M. de los Ríos para salvar alguna vida.

Los pícaros en la encrucijada o la sociedad venezolana frente a sí misma

A la inmensa mayoría de los venezolanos de hoy sólo les queda la ira. El tiempo habrá de dar cuenta de las colosales dimensiones

Mikel de Viana, sacerdote jesuita y sociólogo.

del despojo sufrido. Acorralados, humillados, reprimidos, empobrecidos, hambrientos, constreñidos y aventados por el mundo, sólo atinan a expresar su rabia. ¿Se puede esperar menos de quienes han sido despojados de toda noción de futuro? ¿Cómo racionalizar la ira cuando la casta en el poder aún exhibe sin pudor el producto de su picardía? Pero la ira tiene un doble rostro: Si por un lado es el combustible a la mano para luchar por el país perdido, también puede llegar a mostrar el rostro ignominioso de la cacería de brujas. Corresponde al liderazgo procurar la racionalización y conducción de la rabia hacia metas elevadas, como insistir en que se haga justicia en un país espoleado por la impunidad y la viveza de los pícaros con poder. Y la sociedad venezolana toda, tiene la oportunidad de ejercitar la pedagogía política, al sancionar moralmente al pícaro que antes se aplaudía. Es una maravillosa oportunidad para reivindicar el decoro y la decencia etiquetados por la revolución como prejuicio reaccionario. Y de evitar por alguna vez el triunfo de la picardía.