Unas notas para aquellos que gritan guerra desde Miami

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- No se puede desestimar la preocupación, el sufrimiento y la angustia que entraña el exilio, como si no fuese legítimo intentar ayudar al país que nos duele a todos. Pero la invocación de los ciudadanos a las armas no parece favorecer la resistencia democrática que, desde adentro, ha venido resquebrajando lo que parecía el muro inconmovible del chavismo.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Se dice que su llegada desde Europa se produjo a finales del siglo XVIII, ¿De boca o por texto? de un tal Picornell. Un conspirador afrancesado que procuraba contagiar a los españoles americanos con esnobismos relativos a la igualdad y la libertad. Manuel Gual y José María España podrían dar cuenta del modo como la muerte se viste de canción. Pues La Marsellesa, escrita por un militar metido a músico, (¿O al revés?), es la convocatoria a una de las actividades más viejas en la historia de la humanidad: La guerra. Se convoca a tomar las armas, y de allí a sus derivados, a matar y morir: “¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! Que una sangre impura empape nuestros surcos”.

Si la ilustradísima Francia de nuestros días mantiene semejante invocatoria como su himno nacional, debería dejarnos bien claro que la guerra y la muerte son como aquel famoso Caballo Viejo del Tío Simón: No tienen horario, ni fecha en el calendario. Tan es así, que la tonadilla en cuestión nos sigue llegando, y sin pasar por La Guaira, sin abordar galeones, bergantines ni goletas. Ahora nos llega desde Miami y viaja por Twitter.

La Toma de La Bastilla, París, 14 de julio de 1789. A pesar de lo imponente de la fortaleza medieval, su caída supuso simbólicamente el fin del antiguo régimen y el punto inicial de la Revolución Francesa.

Cuando los extremos se juntan

No se puede desestimar la preocupación, el sufrimiento y la angustia que entraña el exilio, como si no fuese legítimo intentar ayudar al país que nos duele a todos. Pero la invocación de los ciudadanos a las armas no parece favorecer la resistencia democrática que, desde adentro, ha venido resquebrajando lo que parecía el muro inconmovible del chavismo.

Como si no contáramos con el Gloria al Bravo Pueblo, La Marsellesa se expone justo cuando la lucha pacífica es conducida por una oposición comprometida en bloque, unida y presta a correr los riesgos correspondientes al enfrentar la dictadura, y cuando el pueblo venezolano exhibe muestras de coraje que impresionan al mundo.

El radicalismo involucrado, por el contrario, allana el camino a la profundización de la represión, alimenta las fisuras del campo democrático, se empeña en la descalificación del liderazgo por blandengue y sostiene prejuicios que alimentan mitologías desastrosas para el futuro político del país. Sirvan de ejemplo las falsas dicotomías expuestas por nuestros jacobinos: ¡Calle Sí, negociación No! ¡Libertad Sí, elecciones No! ¡Justica Sí, No a los acuerdos!

Es de este modo como los extremos se juntan, pues aquel ¡Patria, socialismo o muerte! que nos aplastó, se hace similar a ¡Negociación es traición! Y ya que creen en la guerra como opción, ¿Por qué no admiten la unidad de mando como una condición para la victoria? Y es que en tiempos de narcisismo, el afán de figurar suele imponerse sobre el sentido común.

De uno a otro radicalismo

De manera que los radicales gobierneros coinciden con los opositores en un punto: Liquidar la política, descartando una solución electoral al conflicto. La antipolítica los hermana pese a la ferocidad de sus desencuentros. Los primeros, contando con las armas de la República, se presumen fuertes, invencibles. Los segundos, subestiman a los primeros, sobreestiman la presión de calle, confían en un favorable levantamiento militar y presumen algún apoyo extranjero. ¿O tendrán resuelto el modo de armar a los civiles? Es decir, juegan a la ruleta rusa y lo muestran como un asunto de honor.

Unos y otros se equivocan: Los gobierneros por creer en las armas para doblegarnos e imponer la esclavitud, esperan nuestra resignación. Los radicales opositores se equivocan al menospreciar la unidad pero, sobre todo, al no reconocer la vieja conseja: “Nunca hubo guerra buena, ni paz mala” (B. Franklin). Ninguna causa tiene asegurada la victoria al iniciar una guerra, y menos si tiene carácter fratricida. Danton y Robespierre deberían testimoniarlo. Y es que en Venezuela, vaya tragedia, las guerras siempre son fratricidas.

Lucha pacífica vs. Represión.

De revolucionarios a vampiros

El radicalismo oficial se fortalece cuando sus oponentes asumen el mismo lenguaje guerrerista. Pero se debilita al quedarse en solitario, estancado en su propia virulencia. Porque el chavismo se nutre de la muerte, requiere contar los muertos de su bando para cohesionarse, para probar la certidumbre y justeza de su resentimiento, hoy curtido de fracaso.

La suma de tres factores explican el predominio del radicalismo en el oficialismo: El primero, la subsistencia de los revolucionarios convencidos, fundamentalistas de la revolución que juraron lealtad al comandante, y se creyeron el cuento de llevarse su causa hasta la misma muerte. El dogma los guía y ya no tienen remedio. Para estos, llegó el verdadero momento revolucionario, la hora de aplicar la violencia que nunca se debió aplazar. El segundo factor se origina en la condición delictiva de una buena parte del liderazgo chavista. Fuera de la revolución nada, pues la nada tiene rostro de justicia y encierro. Y el tercero es la directriz cubana, con su pesada carga de 60 años de dictadura exitosa, el ejemplo de una opresión ruinosa pero viva, a pesar del período especial signado por el hambre y la decadencia. La definición marxista del capital les viene al pelo, pues el chavismo es hoy por hoy un vampiro que reclama la sangre de los vivos para seguir viviendo. Y sólo la idiotez de los radicales opositores desea ofrecérsela por litros.

La Marsellesa nos llega desde Miami

Ya con los radicales de adentro tenemos bastante. Esclarecidos, infalibles y arrojados, son además clarividentes. Pero al menos están aquí, sorteando las amenazas, algunos colocados en el frente. La Marsellesa, la invocación de las armas entonada desde Miami, en cambio no luce, no atina en sus acordes, parece un postizo. Pues bien lo decía R. Rolland, si se considera odiosa la guerra, lo son aún más quienes la cantan sin hacerla.

Pues si bien el exilio merece respeto, no menos puede pedirse para quienes desde adentro lo entregan todo, para que aquellos regresen. Y si los avatares de la vida, convierten la guerra en opción ineludible, (cualquier cosa puede ocurrir con un país en desdicha), los que entienden de batallas, de conflagraciones y ofensivas, pues que vengan a ayudarnos en un sólo frente. Que nada produce más desazón, repulsión y desconcierto, que observar a los hermanos venezolanos colocando la carreta por delante de los bueyes.