Julio Borges no es boxeador sino un prisionero del discurso equivocado

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Por alguna razón aún no del todo esclarecida, la oposición venezolana decidió desde hace un buen tiempo, no llamar las cosas por su nombre. De ello se derivan prácticas y líneas de acción incongruentes. Atrapados en un discurso de paz e institucionalidad, que pretende romper con el pasado y sus vicios, optan por una isla de fantasías, románticas, preñadas por la buena intención. No desean admitir, por ejemplo, que malandro no cree en OEA, ni en ley, ni votación popular.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Ya es un lugar común referirse al gobierno venezolano como el de los “pranes”. No hace falta consultar alguna encuesta de Schemel y asociados para afirmar la aceptación popular de aquella idea: En Venezuela gobiernan malandros. Y más recientemente se ha venido fortaleciendo el uso de conceptos tales como narco-estado, pranocracia, chorocracia y otros. Es el modo como los venezolanos consuelan su desaliento e impotencia frente a un gobierno que ni arrima ni bocha, ni lava ni presta, sólo se goza el poder.

No hallará el lector avisado en los textos clásicos de Aristóteles, Maquiavelo, Sartori, Bobbio, Dahl, etc., ninguna aproximación conceptual a lo que es la pranocracia o la chorocracia. La originalidad criolla no se deja atrapar por aventureros del pensamiento, salvando la responsabilidad de los más antiguos por razones obvias. Pero también, muy a lo venezolano, los usuarios de tales conceptos, tampoco extraemos las consecuencias e implicaciones que supone “disfrutar” de un gobierno de pranes, así como tampoco nos detenemos a reflexionar sobre la profundidad del hoyo en el que estamos sumergidos, precisamente por ser gobernados bajo un narco-estado y su poder disolutorio. En el pensamiento clásico, la vida es más sabrosa.

No se pide que Borges sea boxeador. Nos hubiésemos conformado con algo más de altivez, de hidalguía ciudadana, suficiente para salvar el honor republicano (Captura del video).

¿Las Cosas por su nombre?

Así, con alegría estrafalaria, campanudos y vociferantes, lo admitimos sin remilgos: ¡Nos gobiernan malandros!, para luego reclamar el cumplimiento exacto de la Constitución Bolivariana. ¿Se nota alguna incoherencia? Ha de ser esa ligereza conceptual un modo de ahuyentar la realidad, y tal vez por eso tardamos décadas para admitir la neo-dictadura. Mejor no exagerar llamando a las cosas por su nombre, al fin y al cabo una sobredosis de realismo nos puede matar, y si no, nos aturde. ¡Y hasta podríamos alterar nuestra rutina! De este modo, el sentido trágico que pudiera suponer un gobierno de hampones, tiende a diluirse en medio de una broma, un asunto chistoso, nada serio. Pues hasta en casa tenemos un malandro, una oveja descarriada que en ocasiones nos produce satisfacciones.

En realidad, es un buenandro, tan asequible que hasta podríamos mantener una mesa de diálogo, alguna negociación o algo capaz de granjearnos un modus vivendi. El efecto benevolente de esta visión permisiva ya nos permite la difusión exultante de la imagen del delincuente y su estética. Como en aquel paraíso posible con un buen par de tetas. Mejor no enredarse con asuntos de honor, se debe salvar una zona de confort.

Lo más trágico de esta disociación, entre el lenguaje y práctica social es que también se inocula en el liderazgo. Es decir, los encargados de impulsar a la sociedad por sendas de progreso y bienestar, también evitan llamar las cosas por su nombre y son portadores de aquella incoherencia estrafalaria.

Vivir en apuestas

Los valiosos trabajos del padre y sociólogo Alejandro Moreno, nos alumbran el camino en la comprensión de la incongruencia que se manifiesta al pedirle a los malandros apego a la Constitución y las leyes de la República. La violencia criminal que bordea la vida de estos personajes, según Moreno, nos retribuye la fama de uno de los países más violentos del mundo. En la República Bolivariana ocurre un asesinato cada 30 minutos. De hecho, para el malandro contemporáneo asesinar es una hazaña que prestigia y opera como forma de movilidad al interior de las pandillas. No se hallará culpa ni remordimiento alguno en estas maquinas de muerte.

De manera que, aun admitiendo algunas sutilezas benevolentes frente al tipo de gobierno que nos aplasta, aún matizando la condición delictual del poder en Venezuela, si en algún grado admitimos su condición malandrín o su asociación con aquel bajo mundo, ello debería producirnos algún escozor al persistir en los métodos de lucha tradicionales, institucionales, diplomáticos, pacíficos, etc.

Porque la conducta del malandro es mucho más letal al verse acorralado. Su vida ha transcurrido en una apuesta permanente que incluye su propio pellejo, es el “malandro resteao”. ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Es posible montar la mesa de negociaciones con el choro en peligro? Tal vez sí: Cuando su poder de fuego no le garantice su buena fortuna. Entre tanto, cazará la apuesta por el todo o nada. Malandro no cree en comiquitas, según dicen.

Cuando la lengua castiga el cuerpo

A lo largo de las décadas de los ‘80 y ‘90 del siglo pasado, se fue prohijando la temible asociación entre política y delincuencia organizada. En Venezuela, las primeras lecciones sobre la materia, las aportaba la guerrilla asalta bancos, derivada luego en ladrones a secas. De Colombia llegaban grandes aportes traducidos en abigeato, secuestro, extorsión, cobro de vacuna y narcotráfico. Pronto se llegó a prefigurar una filosofía política que auspiciaba la exportación de drogas al Imperio como una forma adecuada de vencerlo por sobredosis.

Entre tanto, la democracia venezolana era víctima de sus propios hijos. Se puso de moda la exigencia de una Nueva Política. Era necesario superar la vieja, la de los cogollos, la de los pactos, negociaciones y acuerdos entre cúpulas corruptas que se jugaban el destino nacional en una partida de dominó dominguera, por añadidura. Se afirmaba en las élites puntofijistas su impudicia capaz de apostarse el futuro nacional en conciliábulo, propiciado por un mondongo bailable.

Con tales precedentes, la nueva política debía ser diáfana, abierta al pueblo, sin pactos ni acuerdos ocultos que pudiesen ofender el clamor de las masas, las mayorías ardidas por el deseo de participación. Pero hete aquí cómo la lengua castiga al cuerpo. Y los venezolanos pudimos observar cómo la delincuencia organizada toma el poder para convertir el asunto del mando en una espectacular tragicomedia protagonizada por un liderazgo narcisista. La oferta de transparencia derivó en un gobierno con la opacidad de la conspiración permanente. De aquella detestación a las “cúpulas corruptas”, pasamos al dominio de una casta militar-cívica sin limitaciones para el robo. De tanto detestar la vieja política y los políticos viejos, llegamos a privilegiar la edad sobre la experiencia, el tumulto sobre el concierto, la opinión, (según los griegos, epilepsia del cuerpo), prevaleció sobre el conocer desde las causas. La verdad sepultada bajo el punto de vista, el crimen sustituyó a la ley universal. Y así, sin defensas ideológicas ni discursivas, de tanto detestar el pasado, el cuerpo político se hizo inmunosuprimido, apto para el dominio ejercido por antisociales.

Borges no es boxeador

Por alguna razón aún no del todo esclarecida, la oposición venezolana decidió desde hace un buen tiempo, no llamar las cosas por su nombre. De ello se derivan prácticas y líneas de acción incongruentes. Atrapados en un discurso de paz e institucionalidad, que pretende romper con el pasado y sus vicios, optan por una isla de fantasías, románticas, preñadas por la buena intención. No desean admitir, por ejemplo, que malandro no cree en OEA, ni en ley, ni votación popular.

Y no se trata de descalificar a nuestros líderes en medio de una lucha tan desigual. Tampoco se pretende negarles su valentía, ni menos la condición de ciudadanos ejemplares. Es un asunto de mera ubicación en la realidad, de apropiada contextualización. No se pide que Borges sea boxeador, porque si así fuese, igual el coronel malandro no respetaría las reglas y utilizaría golpes bajos sin ocultar su intención.

Nuestro desapego por la realidad nos lleva a interpretar el encontronazo Borges-Lugo bajo la dicotomía civilización-barbarie, como si Gallegos hubiese escrito sobre pranes de uniforme. Como si mantener viva semejante dicotomía por siglos, nos puede salvar de la vergüenza por nuestro rezago de hoy.

Tanto la psicología del malandro como su incubación en la política, atañen a nuestro tiempo, a nuestra dejadez institucional, a nuestra negación de los logros alcanzados en el pasado democrático, y que no supimos defender.

No se pide que Borges sea boxeador. Nos hubiésemos conformado con algo más de altivez, de hidalguía ciudadana, suficiente para salvar el honor republicano. No le pediríamos la valentía de los escuderos que caen víctimas de las bombas, metras, tuercas, tornillos y balas, mientras la OEA toma sus esperanzadoras decisiones. Tampoco le pediríamos que se exponga desnudo para detener un tanque. Nos hubiésemos conformado con que dejara bien claro nuestro hartazgo frente al atropello cotidiano. Al fin y al cabo, su humillación nos pertenece a todos.