Michael Penfold en The Financial Times: Un acuerdo en Venezuela requerirá presión del exterior

El analista venezolano Michael Penfold señala que “el problema es que el Gobierno y la Oposición están atrapados en un callejón sin salida que parece no tener salida”. Agrega que “Lo que se necesita es un camino creativo, urgente y creíble hacia una solución negociada -esa es la única manera en que Venezuela puede estabilizarse-. Cada lado requerirá garantías y ninguno puede emerger como ganador”.


Por Michael Penfold.- Venezuela está atrapada entre la espada y la pared. El Gobierno ha prometido, en menos de 30 días, elegir una “asamblea constituyente” que dividirá aún más a un país en problemas. El presidente Nicolás Maduro quiere un super-organismo sin controles democráticos para rediseñar la Constitución y consolidar un régimen claramente autoritario. La Oposición está boicoteando un proceso que afirma ser inconstitucional y los moderados advierten del riesgo de violencia si el Gobierno no retira sus planes.

Los economistas que corren números sobre la duración prevista y el costo de un conflicto violento en Venezuela pintan un cuadro sombrío. Los indicadores económicos y sociales de los últimos cuatro años ya son equivalentes a los de un país en guerra civil. Lo que se necesita es un camino creativo, urgente y creíble hacia una solución negociada -esa es la única manera en que Venezuela puede estabilizarse-. Cada lado requerirá garantías y ninguno puede emerger como ganador.

Las condiciones para una solución negociada son adversas. El país está experimentando una alta inflación de tres dígitos, las violaciones de los derechos humanos contra los manifestantes callejeros son crecientes y la población sufre una escasez sin precedentes de alimentos y medicinas. Los niveles de pobreza ya han llegado a los niveles que ayudaron a la revolución “bolivariana” a ascender al poder a finales de los años noventa.

Mientras tanto, el Gobierno y la Oposición están atrapados en un callejón sin salida que parece no tener salida. El Poder Ejecutivo tiene un control férreo sobre la mayoría de las instituciones estatales, incluidos los militares, y prácticamente ha disuelto la Asamblea Nacional; la Oposición tiene un creciente apoyo popular y puede ganar pero no ofrece elecciones. El resultado es un país disfuncional y polarizado, donde las instituciones no pueden servir como árbitros independientes y los líderes gubernamentales no están dispuestos a colocar su revolución socialista ante el riesgo de una derrota electoral.

Los aliados más poderosos del Gobierno y de la Oposición tendrán que hacer una audaz reevaluación de sus intereses. Después de haber desempeñado un papel clave en ayudar a poner fin a la guerra civil colombiana, Cuba -con China y Rusia, y aliados de la Oposición como Estados Unidos, la UE y Colombia- podría desempeñar un papel fundamental en la prevención del conflicto violento en Venezuela. Pero al menos cuatro condiciones deben ser cumplidas.

Primero, la presión acumulada de la implosión económica, las protestas callejeras y los grupos internos de ruptura dentro del Gobierno deben aumentar hasta que quede claro que sólo hay dos salidas potenciales para Venezuela: Una solución negociada en la que se puedan conservar algunos de sus intereses y valores, o un colapso total en el que lo pierden todo.

En segundo lugar, debido a la desconfianza absoluta entre el Gobierno y los líderes de la Oposición, una solución negociada requerirá fuerte presión diplomático externa -casi todas las fuerzas relevantes en Venezuela ya son centrífugas-.

En tercer lugar, habrá que crear una estructura creíble para la negociación, que va mucho más allá de la utilizada el año pasado, dirigida por tres ex presidentes extranjeros y El Vaticano. La estructura tendrá que ser aprobada por tantos Estados influyentes y organizaciones multilaterales como sea posible. Ninguno de éstos necesita desempeñar un papel formal en la negociación -que sería manejado mejor por otros, posiblemente El Vaticano, Canadá o ambos- siempre y cuando muestren un compromiso político total.

Cuarto, al igual que el proceso de paz en Colombia, cualquier negociación duradera requerirá reglas estrictas y registros para asegurar la implementación de cualquier acuerdo.

El mayor enemigo es el tiempo, dado el riesgo de violencia en el período previo a la asamblea constituyente. Sólo un resultado negociado puede ayudar a evitar el triunfo de los extremistas de cada lado, que creen, en contra de todas las evidencias, que la derrota del contrario es el camino para restaurar la gobernabilidad y la democracia en Venezuela.